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Agustín

    A medida que envejecemos nuestro mundo se nos va escurriendo entre los dedos como agua, y aquello que conocimos: personas y lugares amados, viejos amigos y momentos felices o amargos, son devorados por el sumidero del tiempo. Persisten los recuerdos en nuestra memoria que evocan momentos compartidas en un cierto lugar, un cierto tiempo y a cierta edad, como relámpagos que iluminan una época que se va haciendo nebulosa y diluyéndose desde que aquel mundo se convirtiera en otro en relación a aquellas personas, aquella ciudad o aquel paisaje que pasados los años a menudo no podemos ya reconocer.

    El mundo fue después otro para nosotros y acompañantes de un tiempo; otras nuestras vivencias, con otras personas, en otros lugares y con otros problemas. Pero gentes significativas de una época ocupan un lugar imborrable de la memoria.

    Por eso ahora que te has ido, querido Agustín, al evocar los años lejanos de nuestra infancia en que fuimos tan amigos –quizá entre los ocho y los doce años, antes de que ya la adolescencia nos separara–, lo primero que me viene a la cabeza es Michel, vuestro perro negro de pelo rizado y malas pulgas, y eso que me conocía porque frecuentaba vuestra casa de la Senra donde estoy viendo a tu padre allá en lo alto de la escalera saludándonos, en pijama.

    Quizá lo habíamos despertado porque horarios y descansos del atareado médico en su Sanatorio Echeverri, catedrático y luego rector, no eran los de los niños. En aquel Santiago crecimos, el de las campanadas solemnes del gran reloj de la catedral, el de sor Julita y la dulce y bella sor María Luisa en los años infantiles de las Huérfanas, después en La Salle.

    Los Bouza tratamos siempre con afectuosa familiaridad a tus padres y hermanos (Kuki, Javier, Alberto, a tu hermana Consuelo y los gemelos). No volví a saber de ti salvo alguna conversación con Alberto antes de que llegara al Supremo, de modo que leo en EL CORREO tu currículum casi como si fueses un desconocido.

    Adiós querido Agustín Jorje Barreiro. Al dirigirme ahora al niño que fuiste conmigo no sabría qué decirte sino que el alto, voluminoso y centenario eucalipto de la alameda en la bajada al cruceiro do Galo sigue allí, erguido, firme. Como cuando éramos niños y Santiago era todavía una ciudad antigua y levítica, muy pequeña y lluviosa, tan bella como siempre.

    23 feb 2021 / 01:00
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