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Alta tensión

    DICEN que la luz muestra las tensiones del mercado. La economía se estira y se encoge, todo depende de todo. Alta tensión. La luz viaja a gran velocidad, a la de la luz, en efecto, y la de la factura tampoco es manca. Ahora dicen que el gobierno quiere recortar las alas a tanta iluminación sobrevenida. De toda la Ilustración contemporánea sólo nos va a quedar el recibo de la luz. Todos quieren conocer al magavatio: es un tipo de interés.

    Los consumidores se quejan o se desenchufan. Vamos a una sociedad ‘unplugged’ (desenchufada), pero pensé que no se refería a esto. A tirar del cable de la lavadora y del lavavajillas, criaturas nocturnas. Las regulaciones municipales prohíben en general que todos esos electrodomésticos cobren vida mientras la ciudad duerme. Leí una entrevista con alguien que se levantaba de madrugada para hacer colada y vajilla: dicho así parece que estuviera hablando de actividades clandestinas. De maniobras orquestales en la oscuridad.

    Pronto se escribirán novelas sobre esto. Lo mismo que la rumba, o como se llame ese instrumento limpiador, tiene ya maneras de mascota. Javier Coronas, provocador de oro, surrealista en tiempos de sobredosis de realidad, juega a pasearla por el plató en lo de Buenafuente. Yo mismo, mientras descifraba ayer la factura de la luz, como un Champollion venido a menos, vi cómo el bicho se tragaba una bola de pelo. Claro que una rumba tiene sus aspiraciones.

    En algunos hogares se ha creado una unidad de cortes obligados de fluido, una brigada anti electrodomésticos con vida propia (los dejas y se programan a su manera, sin piedad ni respeto por el megavatio). Conviene vigilar la soledad de la cubertería, el silencio blanco de la ropa de cama, y sobre todo las idas de las ollas. Todo es sospechoso en estos tiempos electrocutados.

    Mientras decido si poner la ropa o las verduras a la plancha (hay que elegir), pienso en las bondades de esta nueva sociedad acústica. Nos iremos desenchufando poco a poco, también de la realidad, que siempre da calambre. Al menos será una forma de rebajar tensiones. Puede que cambien nuestros hábitos. Las salidas nocturnas a la nevera, esas expediciones formidables, llevarán aparejadas ahora una colada o un poco de plancha, porque ya que sales de la cama, mejor aprovechar el viaje.

    Habrá reuniones intempestivas en torno al ciclo de la lavadora. Observadores de las revoluciones del tambor, como cuando éramos niños (siempre tan revolucionarios a esas edades). El ronroneo acuático del lavavajillas podría usarse como somnífero. Por cierto, ¿qué sucede de verdad en el vientre de un lavavajillas? ¿Cómo es su vida interior?

    Coincidiremos (los veremos desde la ventana indiscreta) con vecinos adictos al electrodoméstico en hora valle, gente que generará un ocio de línea blanca: nos saludaremos en las terrazas de la noche agitando el envase de la arielita como una bandera, nos reconoceremos en el perfume mimosín, que ya no nos abandonará nunca, y que inundará el rellano de la escalera de emergencias.

    Habrá una rara solidaridad horaria, una iluminación desiluminada, y puede que a la luz de estos acontecimientos (es una manera de hablar, disculpen) encontremos el amor en los tendales, aunque esté cogido con pinzas. Navegaremos en la noche como Ulises, desplegando las velas: esas que guardábamos en un cajón, por si había tormenta. Y parece que la hay.

    19 jun 2021 / 01:00
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