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Reseña Musical

Ana María Sánchez, desde “Música en Compostela”

    Hace pocos días hemos perdido a la soprano Ana María Sánchez, quien había sido responsable de la Cátedra de Canto de los “Cursos I.U. de Música en Compostela” hasta que voluntariamente cedió su plaza as Mª José Montiel, amiga y compañera y que actualmente ostenta esa plaza. Recordamos a Ana María en la cita de homenaje a Joaquín Rodrigo el 5 de agosto de 2019, en una sesión ofrecida en la Capilla del Hostal de los RR.CC., compartida con Agustín León Ara, y en la que la soprano Nerea Peiró, con la pianista Itziar Barredo, ofreció cuidadas páginas desde una serie de anónimos, a canciones del propio Rodrigo. Nos queda también en la memoria, otro recital en el que se presentaba al tiempo que asumía la cátedra correspondiente, sucediendo entonces a Isabel Penagos, y que con el pianista Julio Alexis Muñoz, había elegido piezas de Óscar Esplá, Antón García Abril, Amadeo Vives, Ferrán Obradors o Xavier Montsalvatge. De aquella fecha, Elena Candanedo recordaba la dedicatoria que ella tuvo a bien obsequiara, y que no era otra que “Pobre chica, la que tiene que servir”, de “La Gran Vía”, de Federico Chueca, para completar con una armonización de “El vito”.

    En cuanto a la toma de la Cátedra, en sustitución de Isabel Penagos, Ana María diría en un entrevista a El CORREO GALLEGO, que ya la conocía desde hacia tiempo y había sido ella con la propuso al consejo directivo del curso, aunque la propuesta en definitiva fue aceptada por Agustín León Ara. Del curso, entonces, ya tenía noticia por su prestigio internacional y esa tentación la tenía en mente hacía unos tres años, ya que una de sus hermanas, había sido alumna. Ana María, recibió el cuadro de alumnos en aquel primer año de 2015, elegidos ya por el curso, y tuvo la fortuna de saber integrarlos, con la colaboración imprescindible de Julio Alexis Muñoz.

    Ana María, había participado en el año 2002, antes de llegar al curso, en el “I Festival de Zarzuela”, que se ofreció en el Teatro Principal, acompañada entonces por Manuel Burgeras, un 17 de diciembre, en el que tomaron mayor protagonismo romanzas de zarzuela, las “Cinco canciones negras”, de Xavier Montsalvatge, o el “Poema en forma de canciones” de Joaquín Turina y un tríptico de Antón García Abril: “Agua me daban a mí”, “Canción de anillos” y “No por amor”. Aquel primer festival, había contado con Manuel Lanza y María Guedán; Ana Lucrecia García, Ana Häsler y Alain Damas, para completar con Carlos Álvarez. Para entonces, Ana María venía avalada por su formación en el Conservatorio Óscar Esplá de Alicante, y en Madrid con Isabel Penagos, iniciando entonces su carrera en coliseos como la Bayerisches Staatsoper, de Munich, la Ópera de Marsella o el Teatro Colón, de Buenos Aires, en roles como “Mathilde”, de “Guillaume Tell” (Rossini), “Anna Bolena” o “Chrysotemis”, de “Elektra”, descarnado Richard Strauss.

    Ahora que venimos de disfrutar de “Norma” de Bellini, en el LXX Festival de Amigos de la Ópera de A Coruña, con unas soberbias Veronika Dzhioeva- “Norma”- y Aya Wakizono-Adalgisa”-, no olvidaremos a Ana María Sánchez como “Norma”, en una producción del Gran Teatre del Liceu, de Barcelona, de éxito notable. Para Ana María, “Norma” necesitaba una voz- y ella lo confirmaba-, que diese fuerza cuando era preciso, porque era la sacerdotisa mayor del templo y tenía que mostrar su poder para llevar a un pueblo detrás de sí. Necesitaba ternura en el momento en el que quiere deshacerse de los niños para que no sufran. Hay ahí una ternura inmensa, un canto de terciopelo puro. A medida que avanza la obra, llega también el momento de la venganza de “Pollione” y tiene que expresar la amistad y el cariño que le tiene a “Adalgisa”. Y todo eso, a lo largo de dos horas y media durante las que no para de cantar. Uno de los personajes más complejos, clave en un momento artística de esta cantante.

    Año glorioso en su carrera, que también repetirá en Dresde con “Norma”, y que facilitará otros trabajos como “Le Roi de Lahore”, de Massenet, en el Teatro La Fenice, de Venecia, además de funciones repartidas entre Francia y Portugal, país por el que siempre sintió un gran afecto. Artísticamente, se venía como una soprano lírico-spinto, espacio en el que pretendía moverse, optando por óperas como “Nabucco”, “Don Giovanni”, “La forza del destino” o el “Requiem”, de Giuseppe Verdi. Mozart, en su caso, insistía en que ningún otro compositor garantiza. Mozart es la pureza y carece de entresijos, precisa ataques puros y no permite ocultar ni una nota. Ana María siempre tuvo una voz especial, podría decirse que era conmovedora, realzada por sus colores y por su registro, al margen de esa permanente vocación destinada a la docencia. Recordemos igualmente una “Elektra”, de Richard Strauss, en Valencia, compartiendo cartel con dos ilustres, como Leonie Rysanek y Eva Marton o un “Roberto Devereux”, de Donizetti, también en el Liceu. No podía faltar Manuel de Falla, y no será otro que el de “La vida breve”, con la Sinfónica del Principado de Asturias, dirigida por Maximiliano Valdés.

    Llegará el tiempo de los protagonismos operísticos con las limitaciones de personales condiciones y será el que dedique en mayor cuantía a los recitales y galas, o las apreciadas labores docentes, una dimensión distinta que permitía una proyección profesional más relajada, la que disfrutamos durante unos años en los “Cursos I.U. de Música en Compostela”, en una entrega generosa y entusiasta, de la que sus alumnos guardarán la última palabra. En el mundo de la ópera y durante tres lustros, dejó lo mejor de sí misma, pero aquí conocimos a esa Ana María dedicada a sus compañeros del curso y a los alumnos agradecidos por su sapiencia. Nos queda ese imborrable recuerdo, que en la actualidad, ostenta Mª José Montiel, en esa fidelidad a la compañera de canto y docencia.

    29 sep 2022 / 02:27
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