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Arturo

Recuerdo mi infancia y mi adolescencia allá, en Dacón, cercano a Carballiño, donde un universo cercado por el arte futbolístico de aquél glorioso Arenteiro que dio lugar a gigantes inconmensurables como Rivera (que luego iría a parar al Real Madrid y posteriormente al Sevilla) o Ferradás (héroe del Pontevedra del Hai que roelo). En ese momento, los primeros años 60, nuestros ídolos históricos venían marcados en buena medida por los paraísos que nuestros ancestros habían ido a conquistar (es un decir: en realidad, habían emigrado allí). Sitios, por ejemplo, como México. Suelo recordar que las orquestas que tocaban en las fiestas repetían sistemáticamente los éxitos de, por ejemplo, Jorge Negrete y el Trío Calaveras (jamás olvidaré, por muchos años que viva, La cama de piedra, o Ya supe Lupe, o Ella). Es decir: el país centroamericano estuvo presente en nuestras vidas antes que ningún otro. Recuerdo conversaciones con mi querido amigo Aurelio Miras a ese respecto (hijo del verdadero descubridor del realismo fantástico gracias a El agüista y compañero de ruta muchos años a Oseira, paraíso soñado de gente como Syd Barrett o Graham Greene)... Ahí se fraguó uno de nuestros grandes mitos. Aurelio vivía las aventuras de Pancho Villa, por ejemplo, como muchos otros que, en caso de equivalencia, habrían preferido a gente como el Conde de Montecristo...

LA VERSIÓN DE REVERTE. Villa, Zapata y sus colegas han dado muchísimo que hablar. Y que soñar. Lo repito. Todo aquello nos dio mucho en qué pensar en aquellos años inciertos. Ahora mismo, ese creador infatigable que es Arturo Pérez-Reverte acaba de publicar, en Alfaguara (Penguin Random House) una novela sobre aquellos años tan complejos de la revuelta mexicana. Tiene un título definitivo, Revolución. Y promete ser uno de los grandes bestsellers de la temporada. Reverte no relata una historia real. Simplemente, ficciona a partir de recuerdos familiares para construir a su personaje clave, Martin Garret Ortiz, un joven ingeniero de minas que se ve envuelto en los acontecimientos que allí (gracias a sus conocimientos en el manejo de la dinamita), en torno a 1911, marcan los inicios de la épica puesta en marcha de la revuelta en un banco de Ciudad Juárez. Lo bonito de la cuestión está, como siempre en su caso, en la construcción de esos personajes únicos y entrañables que nos descubre. Y en las circunstancias que lo rodean. Al final, todo consiste en algo fundamental: el aprendizaje vital. El descubrimiento del amor. Y la irrupción en su existencia de algo tan elemental como la conciencia de la vida misma. Una experiencia única. Y una novela francamente inolvidable. Magistral, amigos...

07 nov 2022 / 01:00
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