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Caramoniña

HURGANDO ENTRE MIS LIBROS DE VIEJO, una forma de gastar el tiempo, me encontré con uno de los libros escritos por Heraclio Pérez Placer, Narraciones compostelanas. Este autor nació en Orense en 1866 y falleció en 1926, y, además de médico, fue periodista, poeta y narrador. Parte de su vida transcurrió en Compostela. El libro que comento, tercera edición, vio la luz en el año 1904.

De los relatos del libro, el que más me llamó la atención fue el de Eulalia, la castañera, más que nada por el lugar donde se centran los hechos que se describen, una calle “solitaria y desconocida” para la época, a lo que añado que también para la mayoría de los habitantes actuales, de nombre Caramoniña. Yo he andado por ese sitio más de una vez de la mano de un buen amigo, Paco Carballido, quien cuida con esmero una de las varias huertas aterrazadas que allí existen. No me parece un lugar de muchas visitas, como no sea la de los dedicados al cultivo de sus pequeñas parcelas y la de los necesitados de sitios propicios para realizar sus actividades al abrigo de testigos oculares. La zona fue reurbanizada con fondos cofinanciados por la Unión Europea, con unas miras que están muy lejos de haberse alcanzado. En todo caso, los vecinos actuales se quejan de la poca luz y del mucho abandono. Pero esa es otra historia, así que sigamos con la nuestra.

Confieso que la denominación de Caramoniña siempre despertó mi interés y que también, por algún motivo desconocido, se me manifiesta poco acorde con el paraje, mas bien un calexón, hoy devenido en ruela. En realidad esta calle forma parte de un conjunto que, para mí, tiene un algo de particular, de antiguo, de misterioso, incluso de romántico. Subiendo por ella, a partir de la Rúa de Ramón de Valle-Inclán, una vez sobrepasada la parte de atrás del Centro Gallego de Arte Contemporáneo, a mano derecha nos encontraremos pronto con un gran muro que cierra el parque de Bonaval y, del lado izquierdo, después de rebasar unas casas vecinales de nueva planta, hay otro muro, más discreto que el anterior, en el que se halla una entrada por la que se accede al recinto de las huertas. Allí, dentro, se puede observar que se conservan las ruinas de dos casas, de las únicas que según parece existían en la época del relato. Lo de que se conservan no deja de ser un decir, ya que he observado que cada vez se van deteriorando más. Por lógica es de suponer que en una de ellas viviera la hermosa Eulalia, una de las jóvenes más bonitas de Compostela –las jóvenes más lindas de la ciudad se criaban desde la Almáciga a Sar, o eso es lo que decían-, y, en la otra, el apuesto, díscolo y atrevido Nachiño, el que se encontró nombrado teniente general de los ejércitos del barrio alto. Ambos son los protagonistas precisamente del relato de Pérez Placer. Lo del nombramiento castrense le vino dado al mozalbete por sus capacidades para manejarse en el arte, que no sé muy bien si se puede catalogar de tal, de lanzar piedras, ya que, por entonces, las pedreas entre los de la Rúa de San Pedro, Carricoba, las zonas vecinas y los de Sar, eran moneda corriente.

La amistad nacida al calor de la proximidad y de los juegos propios de la infancia, acabó, con el transcurrir de los años, convirtiéndose en verdadero amor entre los dos jóvenes. Eulalia, un día que esperaba al que ya era su novio declarado, a través de “la movediza luz de un farolillo de mano vio un grupo que avanzaba hacia ella”. Su presentimiento se hizo realidad al instante. El cuerpo ensangrentado que portaban en la parihuela era el de su Negriño, que así lo llamaba cariñosamente por lo muy moreno, muerto en la pedrea de la Trisca.

Eulalia, ya mayor, cuentan que todavía conservaba una cara moniña, los rasgos de una belleza nada común. Los estudiantes de medicina aprovechaban los descansos entre clase y clase para acercarse desde Fonseca hasta donde se encontraba su tenderete, bajo el balcón del Colegio de San Xerome, para comprarle castañas. Les llamaba a todos negriño, como si en ellos no viera más que su primero y único amor.

De aquella muerte quedó en el pueblo un cantar: El día veinticuatro /fue un día muy fatal /mataron a Nachiño /teniente general.

13 ene 2021 / 00:11
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