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Ciencia a la vanguardia

    LA Medicina que hoy conocemos en Occidente tiene poco más de 100 años, y creemos que siempre ha sido así. El gran triunfo de los antibióticos, la cirugía, avances de la tecnología y equipos de diagnóstico, junto al desarrollo de fármacos y vacunas, es lo que ha llevado al extraordinario desarrollo de la Medicina actual. La higiene del agua y eliminación de aguas residuales y basuras, junto al control de las enfermedades infecciosas con vacunas y antibióticos, son las medidas que más vidas salvan anualmente.

    Detrás de todo esto hay mucha investigación básica y aplicada. Hay personal, que con su labor callada y sin sobresaltos, llevan toda su vida dedicada a conocer los entresijos de lo que funciona bien y mal en nuestro organismo. Son ellos los que están haciendo que se avance en el conocimiento biomédico, que se conozcan las bases de las enfermedades, que se desarrollen fármacos más específicos como los anticuerpos monoclonales o de diseño, que tengamos técnicas de diagnóstico más sensibles y fiables, y que haya sido posible el desarrollo de vacunas que permitan evitar muertes, enfermedades graves y secuelas.

    Sin embargo, en España, investigar se pone cada vez más difícil. No solo hay continuos altibajos en lo que respecta a la financiación pública, hay escasísimos recursos de origen privado o filantrópicos, a los que se añade que el personal investigador no tiene definida una carrera profesional; suelen ser los mejores expedientes universitarios y sin embargo son los más precarios desde el punto de vista económico, de estabilidad en su trabajo y de futuro profesional. Muchos buenos estudiantes acaban abandonando esta senda, otros se marchan de nuestro país para trabajar en el extranjero (y con difícil retorno). No deberíamos permitir tanta sangría. España necesita definir qué quiere hacer con la investigación y con su personal investigador. Debe acabar el voluntarismo, la vocación sin futuro y la incertidumbre.

    ¿Cómo funciona el sistema en nuestro país?. La financiación pública comienza por solicitar un proyecto muy competitivo, que una vez que lo conceden, comienza una ardua labor de gestión y control del gasto. Si se contrata a algún estudiante pre o postdoctoral, su contrato finalizará con el proyecto. Además, al investigador se le exige no solo tener buenas ideas y tener resultados positivos, sino que tiene que ser un buen administrador, gestor, experto en patentes, promotor de empresas, vendedor, divulgador. El investigador quiere hacer lo que sabe hacer, investigar. Y ya sabemos la frase de: “si mucho abarcas, poco aprietas”.

    Y entonces preguntamos: ¿Qué hacen otros países que no hace España? En primer lugar, invierten mucho más que nosotros (según datos del Instituto de Estadística de la UNESCO, una media mundial del 2,27% del producto interior bruto (PIB) en 2020, casi 5% en Israel, mientras que España invirtió tan solo un 1,25% de nuestro PIB). Ya Unamuno en 1906 dijo: “Que inventen, pues, ellos ...”, y esto es lo que seguimos haciendo.

    Empleando un símil con el deporte, sería como estar en las olimpiadas, pero sin tener nunca opción a medallas. Nuestro futuro como país, si quiere aspirar a medallas tecnológicas-biomédicas, debe pasar por una apuesta decidida a la investigación: para desarrollar las buenas ideas que se tienen, estabilidad de los grupos de investigación en financiación y personal a largo plazo, apoyo decidido a desarrollar patentes y explotarlas por empresas españolas y tejer un sistema productivo estable.

    Se ha estimado que por cada euro invertido en investigación retornan entre el doble y 10 veces más de lo invertido. Siguiendo con las olimpiadas, las medallas conseguidas retornan dinero y mejoran la marca España.

    Pero la investigación es una carrera de fondo, a muy largo plazo. Y, en España, somos cortoplacistas.

    18 ago 2021 / 01:00
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