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Ciudadanos cultos, críticos y bien informados

    NO sé si nuestro país es un “ruedo”, un “laberinto” o un “enigma”, según lo describieron, desde una perspectiva preocupada y preocupante, Valle-Inclán, Brenan y Sánchez-Albornoz respectivamente, o si, dada su complejidad, hecha a base de encuentros y desencuentros, es un poco de todo ello. No lo sé, y probablemente, a juzgar por lo que leo y veo, tal vez no llegue a saberlo nunca, sumido como estoy en una perplejidad que no hace sino acrecentarse con el paso del tiempo.

    La situación que atravesamos, lejos de despejar esta perplejidad, la confirma, y además lo hace por partida doble: por los problemas, reales o supuestos, creados; y por las soluciones, utópicas o distópicas, planteadas.

    Uno de estos problemas, real y no supuesto, por cierto, es el educativo, convertido en campo de banderías políticas de derechas e izquierdas y, como consecuencia de ello, sujeto a toda suerte de arbitrismos de unos y otros. El más reciente de estos últimos, que la actual ministra del ramo, Pilar Alegría, ha heredado de su predecesora, Isabel Celaá, afecta, entre otras cosas, a la educación secundaria, por la modificación de la Ley Orgánica 2/2006 (LOE), de 3 de mayo, de educación, y la derogación de la Ley Orgánica 8/2013 (LOMCE), de 9 de diciembre, para la mejora de la calidad educativa, por la Ley Orgánica 3/2020 (LOMLOE), de 29 de diciembre.

    Al parecer, el objetivo que persigue esta nueva Ley es conseguir ciudadanos cultos, críticos y bien informados, objetivo loable donde los haya, sobre todo porque el punto desde el que se parte, evidenciado en numerosas ocasiones por los propios políticos que lo respaldan, no es la cultura, sino la incultura; no es la crítica, sino la ausencia de ella; no es la información, sino la opacidad. Si me atengo a ello, me asaltan dudas acerca de si lo que realmente se quiere es este tipo de ciudadano o, por el contrario, otro que sea iletrado, dócil y controlable, políticamente correcto, en fin, en línea con lo que habitualmente se necesita para perpetuarse indefinidamente en el poder.

    Y estas mismas dudas me siguen asaltando si echo un vistazo al programa que les espera a los futuros alumnos, poblado de asignaturas como el crecimiento en armonía, el descubrimiento y explotación del entorno y la comunicación y representación de la realidad, que ganan protagonismo en detrimento de otras, como las matemáticas, la lengua o la literatura españolas.

    Si a ello añadimos que a la gestión de las emociones se le atribuye una importancia superior a la gestión del conocimiento, entonces parece inevitable llegar a la conclusión de lo que se busca es convertir a la escuela no en un lugar de formación, sino de protección (safe place), en el que el alumno se sienta cómodo.

    Como colofón a este sorprendente currículo, al alumno se le quiere educar en un concepto como el de la ciudadanía mundial, sin que todavía haya enraizado en él otro más importante y previo, el de la ciudadanía española, y al que no se le presta la debida atención. Con esto no digo que ser ciudadano del mundo esté mal, no, lo que digo es que este es un sentimiento que nace, crece y se desarrolla en el interior de cada uno, sin necesidad de que para ello sea preciso que se convierta en una enseñanza reglada. A este respecto, conviene recordar las palabras de Severo Ochoa, que suscribo una vez más: “Me siento ciudadano del mundo, pero mi corazón está en España”.

    25 oct 2021 / 01:00
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