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Creer que se cree

Lo contrario de la vida no es la muerte, sino el miedo. De ahí la expresión popular: “Paralizado de miedo”. Si se consigue salir de ese estado larvario puede ser muy triste vivir en Occidente. Te hacen creer que eres libre, que puedes pensar y vivir como quieras. Cuando te das cuenta estás siendo señalado -o silenciado- por el simple hecho de que, en cuestiones que atañen a nuestra coherencia tribal, te atreves a pensar de modo distinto.

Es evidente que para resistir en el llamado primer mundo, donde la violencia nunca debió de ser excluida, nos harían falta creencias. Es posible que el gran déficit de este Occidente abducido por el conductismo de la economía y por el pragmatismo gregario de la información sea ese. Los saberes los tenemos, igual que se empuña una herramienta. Las creencias nos tienen. Por delante van siempre unos sentimientos, prejuicios o intuiciones atávicas que nos preceden. Por detrás va la razón, una conciencia que avanza como puede, con frecuencia cojeando o haciendo trampas. Es posible que en este punto otras culturas, despreciadas día a día como autoritarias, nos den cien vueltas en cuanto a fidelidad a lo real, que solo se sostiene con un cultura que le dé algún lugar a lo ahistórico. La espiritualidad que envuelve a algunas civilizaciones les salva de la entrega masiva al imperio de la opinión pública, que entre nosotros hace estragos.

Los progresistas nos pasamos la vida imaginando cortes epistémicos que dejan atrás grandes bloques de costumbres, de ideologías y hábitos. Ahora bien, aparte de la lentitud infinita de los cambios, bajo el impresionismo de la costra histórica subsisten registros de existencia que apenas pueden conocer mutaciones de una época a otra. Es posible que en regiones profundas de la conciencia el ser humano ignore la coacción espectacular de los movimientos colectivos. Cambiarán con relativa prontitud la coreografía externa del amor o de la guerra, no tan fácilmente su esencia, sus intensidades cruciales. Tampoco las relaciones entre la verdad y el saber, entre los ideales y el miedo. De no ser así, la influencia de los clásicos de la literatura y el pensamiento apenas abarcarían unas décadas. Y lo cierto es que seguimos encontrando en Hesíodo y Séneca verdades, certezas y creencias que valen perfectamente para hoy y mañana. Y a veces mucho más que las estrellas virales del momento. De Borges a Lispector, es posible que los occidentales sigamos encontrando en los clásicos un especial potencial de retorno, un camino de vuelta a claves de vivir que se mantienen a salvo de la superstición de la cronología.

No debía extrañar entonces que las creencias sean capitales como guía, mapa mudo de distintos modos de conocimiento, incluso en la ciencia. Como decía Foster Wallace en el inolvidable Esto es agua, no hay “ateos” en las trincheras de la vida corriente, pues siempre es necesario adorar algo. Solo debemos procurar que aquello que adoramos no nos devore. Por delante va la patología de las creencias e intuiciones, la inteligencia inconsciente de algo parecido a un instinto. Detrás corren las categorías de la conciencia, una razón que busca con prisa argumentos. Nos pasamos la vida intentando demostrar aquello que ya creemos, o queremos creer, de antemano. No existe en ningún lado un conocimiento puro, no contaminado por los intereses, los prejuicios y, en el mejor de los casos, el deseo. La información es una muestra especialmente rotunda de esta servidumbre del conocimiento con respecto a las pulsiones previas, pues ha de ocultar los prejuicios que le permiten buscar, destacando algo como noticia.

27 mar 2022 / 01:00
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