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De Lolitas y Nevenkas

    LA reivindicación pasa también por la relectura. La de un personaje clásico y controvertido, como lo ha sido siempre la Lolita de Nabokov. Y la de la protagonista de un caso real de acoso sexual y vergüenza gregaria como el de Nevenka Fernández en Ponferrada.

    Empecemos por el segundo ya que está de vuelta en el candor del debate social gracias a la miniserie estrenada recientemente en Netflix. Se cumplen 20 años desde que la exedil del Partido Popular en Ponferrada, Nevenka Fernández, denunciara por acoso sexual a Ismael Álvarez, su jefe y por si fuera poco alcalde de mayorías absolutas de la localidad berciana y dos años antes el más votado de España. El caso fue de sobra conocido en la puesta de largo del milenio y atrajo la atención de los medios nacionales que por primera vez llenaban sus portadas con un término hasta el momento poco habitual: acoso sexual.

    Aquello marcó un hito importante en la historia de nuestro país. Nevenka no solo le plantó cara a su acosador, sino que además inició un proceso judicial inédito en España que acabó dándole la razón y compensando su sufrimiento con unos raquíticos 12.000 euros y con la reprobación de su propio pueblo. Dos décadas después la víctima ha tenido que rehacer su vida en el extranjero, buscando el anonimato lejos de los dedos acusadores y de las miradas insidiosas. El victimario, sin embargo, ha seguido viviendo y desarrollando su actividad empresarial, e incluso política, en la capital del Bierzo. Como si todo hubiera sido solamente un mal sueño que amanece sin consecuencias. Un 30 de mayo de 2002 el Tribunal Superior de Justicia de Castilla y León dictó sentencia. Pero aquella Ponferrada y aquella España también.

    Con una pandemia mundial cubriendo el cielo de nubarrones desde hace más de un año, ya nadie duda de que la realidad supera con holgura a la ficción, pero también en la segunda la discriminación de género arrastra tras de sí ruidosas cadenas. Vladimir Nabokov publicó en 1955 su famosa novela que cuenta la historia de una “nínfula”, aprendiz de femme fatale, que pervierte y conduce a la locura al inofensivo viudo blanco Humbert Humbert en un largo viaje por la Norteamérica puritana y con urticaria ante las transgresiones morales.

    Este clásico de la literatura universal que trata sobre la relación incestuosa de un hombre adulto y su hijastra preadolescente pide a gritos una relectura más. Y los ecos de esa llamada a la reinterpretación rebotan desde el interior de sus propias páginas. “Supongo que este libro será leído cuando se publique, hacia los primeros años del siglo XXI (1935 más ochenta o noventa, amor mío)”, conjetura el neurótico Humbert Humbert en medio de la vengativa pelea final con Clare Quilty que cierra el libro. En pleno 2021, ha llegado el momento. Atravesamos precisamente esa horquilla para revisitar a la Lolita que habíamos leído o que nos habían contado.

    Visto el texto desde las lentes de nuestros días, y con la graduación afinada que permite el paso del tiempo, parece que la recepción por el gran público de Lolita ha obviado por completo el abuso sustituyéndolo por el mito de la seducción y la atracción fatal. El viaje hacia ninguna parte de un pederasta incapaz de reprimir su pulsión sexual hacia una niña huérfana llamada Dolores Haze ha quedado solapado durante décadas por las portadas hipersexualizadas de una joven con gafas de sol, labios color carmín y piruleta sugerente. Véase la película de Kubrick. Pero como todo, también la iconografía admite reinterpretaciones. Desde hace algunos años, no muchos, la editorial Anagrama ha empezado a representar la obra eterna de Nabokov con el dibujo de una joven manipulada como un juguete de cuerda. Y este hecho, aunque no cambie ni una sola coma del texto, ya nos desplaza como lectores y lectoras a una posición muy diferente desde la que leer Lolita.

    La historia de papel de Lolita y la de carne y hueso de Nevenka son ejemplos de cómo las sociedades carnívoras mastican y engullen sus propios relatos para que puedan calzarse en los zapatos que les resultan menos incómodos. Después de todo, ficción y realidad se retroalimentan la una a la otra. Sin ir más lejos Lolita devuelve un reflejo real que tuvo gran influencia en Nabokov para construir su obra maestra: el angustioso secuestro de Florence Sally Horner, una niña de 11 años que en 1948 desapareció de su casa de Camden (Nueva Jersey) y permaneció 21 meses cautiva de un depravado sexual de mediana edad hasta que logró escapar. Al mismo tiempo no deja de resultar paradójico y cuasi ficcional que, una vez conocida la sentencia firme del juez, 3.000 personas salieran a las calles de Ponferrada para respaldar al regidor condenado por las menos de 300 que se contramanifestaron para gritar en sus pancartas “ninguna mujer sola frente a las agresiones”.

    Si algo hace falta para releer, para reinterpretar, es tiempo. Pausa y distancia que nos ayuden a cuestionar la rigidez de los moldes que asfixian las historias, ya sean reales o ficticias. Una perspectiva más amplia que nos muestre a Nevenka y a Lolita como dos de las precursoras del #MeToo cuando ni siquiera existían hashtags y el ruido era tan ensordecedor que no permitía escuchar los ecos de protesta. Tiempo en su justa medida que acelere la justicia y la reparación, a menudo lentas, y nos ofrezca calma cuando juzgamos temprano por la portada.

    09 abr 2021 / 01:00
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