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Del Amor 2

La pedagogía aplicada al arte es uno de esos ejercicios a que ya nos acostumbraron en un pasado remoto. Hace poco repasaba la historia del Rhetorica ad Herennium, también conocida como De ratione dicendi ad C. Herennium (recomendada con pasión por San Jerónimo), atribuída tradicionalmente a Cicerón y hoy, aún en plena discusión del tema, bien a Elio Stilón o a Cornificio. Allí se hablaba de retórica, en esencia (todo aquello de inventio, dispositio, elocutio y pronuntiatio), pero también de arte. Pero se empeñaron en enseñarnos cosas muy sustanciosas tanto Catón como el complejo (y más completo en este menester) Plinio el Viejo o Suetonio, y, por supuesto, Tito Livio (Ab Urbe condita, ¿recuerdan?)... Aunque tardara un poco en aparecer un tipo genial llamado Giorgio Vasari (amigo de Cosimo de Medici), en pleno Renacimiento, para hacer una suerte de clasificación global de todo ello... En nuestra era, uno de los pensadores más clarividentes del siglo XX nos enseñó, por encima de cualquier otro, a ver a fondo la pintura. Alguien que afirmaba, parafraseando una cita de Octavio de Romeu, que “Madrid tiene abriles exquisitos y un sin par museo...” Sí. Era Eugenio D’Ors. El libro, absolutamente grande, Tres horas en el museo del Prado... Pocos textos nos han enseñado tanto a abrir las puertas de la imaginación y de la sensibilidad...

RETRATARTE. Hace un par de años descubrimos un libro luminoso que se llamaba Emocionarte. Su autor era un fenómeno llamado Carlos del Amor. Comenzaba con una cita de Picasso que decía El objeto del arte es quitar el polvo de la vida diaria de nuestras almas. Ahora mismo ha vuelto a publicar, en Espasa, lo que es, en realidad, un corolario de aquél. Se llama Retratarte. Cuando cada mirada es una historia. Se centra en una serie de retratos (y autorretratos) famosos, y fabula con ellos de una manera casi holmesiana. Y descubrimos detalles asombrosos, como la historia de la musa más bella del Renacimiento, Simonetta, que viene siendo la protagonista del Nacimiento de Venus de Sandro Botticelli. Nos la cuenta para hablar del Retrato de joven sujetando un medallón. En tiempos, esa pieza estaba en los Uffizzi, justo al lado, precisamente, del célebre cuadro protagonizado por la absolutamente pasmosa Simonetta, y nos aclara que la joven ya llevaba años muerta (lo había hecho a los veintitrés) cuando la plasmó en esa obra. Se había enamorado de ella nada más conocerla. Se la había presentado Vespucci. No dejó de amarla jamás. Y pervive en toda su obra. Y la fascinación no hace más que prolongarse a lo largo de todo el libro, en medio de obras de Klimt, Renoir, Caravaggio, Matisse, Rafael, ...

31 oct 2022 / 01:00
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