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crónica personal

PILAR CERNUDA

Vidas privadas

10.10.2019 
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ACABA de salir una nueva información que recoge que la vida privada de Manuel Pizarro ha sido investigada por el ex comisario Villarejo, presuntamente a petición de un empresario rival.

Todo lo relacionado con Villarejo hiede. Todos los que se han acercado a él han salido mal parados, aunque algunos hay que se acercaron sin saberlo, pero son los menos. Son la excepción que confirma la regla, aquellos que tenían amigos policías, o policías a su servicio, y les pidieron que hicieran determinadas investigaciones sin saber que esos amigos o personas a su servicio acudirían a Villarejo.

Un ex comisario que ha trabajado para gobiernos de distintos signo porque contaba con credenciales que lo convertían en un hombre de fiar, pero que se desvió cuando advirtió que con la información se podían ganar cantidades ingentes de dinero. Sobre todo cuando se trataba de datos conseguidos al margen de la ley.

Villarejo, hoy en prisión preventiva, se encuentra detrás de muchos de los casos de corrupción que hoy investiga la Justicia. Con la publicación de las conversaciones que grabó a lo largo de años, ha destrozado biografías de personas que nunca volverán a ser lo que eran porque la justicia tarda demasiado tiempo en pronunciarse, aunque también ha quitado la careta a otros que eran maleantes; aunque todos, incluso los maleantes, tienen derecho a que las investigaciones sobre sus negocios y su vida privada se hagan conforme a la ley: con autorización de un juez a quien la policía judicial le presenta pruebas de que se puede haber producido un delito.

En la España actual, personajes varios han entrado a saco en ese juego infame de sacar a la luz trapos sucios de cuanto se ponía a tiro. Delincuentes pero también personas respetables que pasaban por ahí y que sin saber que eran grabados, hacían confidencias telefónicas que, sin tratarse de delitos, les colocaban en una situación insostenible ante la opinión pública. Comentarios sobre personajes conocidos o intimidades que rompían su vida familiar o profesional.

Días atrás, un empresario vasco cuyo nombre jamás ha salido en ningún caso de los que nos ocupan, confesaba dolido que por teléfono hablaba teniendo siempre en cuenta que podía ser grabado; incluso tenía cuidado en las conversaciones más intrascendentes, con sus hijos. No es la única persona que actúa con esa prudencia en la España actual, es generalizada la sensación de que nuestras vidas han dejado de ser privadas. Cualquier día puede salir publicada una frase despectiva hacia alguien que conocemos, una confidencia que de ninguna manera deseamos que se conozca, una relación que se guardaba en secreto o un negocio que puede frustrarse si se conoce antes de tiempo.

Estaría bien que en estos tiempos electorales en los que se promete de todo, los candidatos con opciones de gobierno prometieran que trabajarán para que éste sea un país decente con la privacidad garantizada. Hoy no lo está, ni de lejos.

Periodista