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El rey y la adversidad

    PASA la sombra del 23-F, que glosábamos ayer, aprovechando la cifra redonda del calendario. Cuarenta años. Cuatro décadas para meditar y para olvidarse de aquellos ropajes, que siempre huelen. Pero, al final, la libertad creció, a pesar de las enormes dificultades, y se construyó un edificio que se mantiene en pie. Ahora es el momento de ver cómo va la resistencia de materiales, las tensiones de los cables que sustentan los puentes del futuro.

    Leí a Javier Cercas, que un día me dijo, como quien llama al pan, pan, y al vino, vino, que todo, absolutamente todo, es realidad. La realidad pesa muchos kilos, es imponente. Trufó sus novelas de esos fragmentos de realidad, tipo collage, habló con gente real, y luego todo lo envolvió en una bruma de ficción, como el celofán de las tartas, pero la realidad desbordaba por debajo, a la manera del merengue, entre las lascas de la imaginación.

    Ayer, en El País, vino a explicar que las teorías sobre el 23-F constituyen un test de españolidad. Lo mismo que todos llevamos un seleccionador de fútbol dentro, el español se ha especializado en teorizar sobre lo que Cercas llama “el mito fundacional de la democracia española”. Todo mito ha de tener su envoltorio de bruma, ha de bascular entre lo real y lo ficticio, ha de mantener esquinas en sombra. Pero dice Cercas que aquí no las hay, y que el secreto es que no hay secreto.

    Unas horas antes hablé con José Antonio Zarzalejos. El periodista acaba de publicar Felipe VI, un rey en la adversidad (Planeta), un libro en el que pretende explicar la soledad del monarca, la dificultad del instante, y todo lo que nos ha traído hasta aquí. Para él, a Felipe VI le ha tocado reinar en “un momento confundido de nuestra historia”.

    Ayer se celebró la Constitución como anclaje de las libertades, también como parapeto a las asonadas y al aventurerismo, como se demostró aquel día. El rey actual aprovechó para reivindicar, en este capítulo crucial, la figura de su padre ausente. De pronto, el espíritu de concordia de otro tiempo se alza ante nosotros, y nos interroga con gravedad sobre el presente. Afortunadamente, las democracias suelen fortalecerse con las dificultades. Puede que aquello, tan atroz, nos inoculara una sólida resistencia.

    Tan sólo unas horas antes, sin embargo, Zarzalejos me dice que el rey actual está sometido a esa situación heredada, que parece de raíz freudiana y que yo veo más propia de un drama de Shakespeare. Dice que no pudo hablar con Felipe VI para el libro, pero que entiende el silencio en tiempos de confusión. Le hubiera gustado, pero ahora mismo le parece imposible. Tiene confianza en lo que a él le parece un rey que se aleja, según cuenta en el libro, del perfil de Goyescos y castizos que tanto hemos tenido en nuestra historia. Pero ve, y aquí hay más Shakespeare, como una sombra alargada de fatalidad. Me cuenta que es difícil dedicarse así a la tarea principal. “Tiene la alegría por el conocimiento, pero carece de joie de vivre”, viene a decir.

    En el libro se detecta cómo la historia se torció, cómo, explica, el rey emérito propició “la colectivización de la culpa”, lo que acabó en decepción, cuando, según Zarzalejos, aquel discurso de Rubalcaba debería haber abierto un tiempo verdaderamente nuevo. “No tendrá Felipe VI la asistencia socialista que tuvo su padre”, afirma, pensando en González. Pero, al tiempo, asegura que la relación con el presidente es buena y fluida. “La abdicación no cubrió todos los objetivos”: ahora, esperar y ver.

    24 feb 2021 / 01:00
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