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Fuego y caballos

    HABLÉ con María Oruña apenas dos o tres días después del triste e inesperado adiós de Domingo Villar. Mi sentimiento era que la novela negra estaba de luto, y el suyo también. Nos había dejado un autor de muchos lectores, un autor extraordinario, pero me alegré de que María Oruña apareciera con una nueva novela entre las manos, El camino del fuego (Ediciones Destino). Una forma de ver que, a pesar de la tremenda desgracia de la muerte, y más de la muerte prematura, la vida sigue, y la literatura también. De alguna forma Leo Caldas y Valentina Redondo se cruzaron en algún lugar, en ese momento indefinible en el que los personajes buscan y abrazan al autor, en el que los autores dejan que ellos vivan su vida, que será larga y provechosa, si los lectores quieren. Y parece que quieren.

    María Oruña ha crecido en el noir con su regusto anglosajón, y lo hizo en las playas y caletas de Cantabria. Siendo viguesa ella, heredó la pasión de infancia del paisaje de Suances, y allí creó el Puerto Escondido, con el oleaje de las pasiones. Su aspecto afable, como le sucedía a Villar, apenas puede augurar tanta muerte literaria, tanto asesinato inexplicable, pero ella siempre guarda un as en la manga, otra vuelta de tuerca, sin perder la naturalidad. Estos de la novela negra sonríen como si nada raro les pasara por la cabeza.

    En apenas unos años ha logrado reunir muchísimos lectores. Y ha logrado convencerlos de que sus historias, trenzadas con mimo y con ecos clásicos a menudo (como ahora), ofrecen esa atmósfera oscura, pero a la vez doméstica, de la gran literatura policial. Más que historias desbocadas, María Oruña va construyendo su rompecabezas, va llevándonos de la mano, peligrosamente.

    Pensé en cómo el noir, aunque dependa de la electricidad de los personajes y de su corazón, vive también de la energía de los escenarios. Camilleri y su pueblo. Villar y los contornos de Vigo, delineados con precisión. María Oruña y los puertos cántabros. O Galicia, en El bosque de los cuatro vientos, que terminó, incluso, impulsando a la propia realidad desde la ficción, con la historia del hallazgo de los anillos de los nueve obispos medievales, aquellos obispos de Santo Estevo.

    Ahora, en cambio, Oruña nos traslada a Escocia. Ha viajado allí al menos en dos ocasiones, me cuenta, llegó al castillo de Huntly por el camino opuesto a los turistas y supo que aquel era el lugar que estaba esperando su historia. Y decidió construir allí una arquitectura narrativa que es, en realidad, un homenaje a la literatura. Lord Byron y el enigma que flota sobre sus memorias recorren estás páginas. Hay un descenso hacia el siglo XIX, en las figuras de Mary MacLeod y Jules Berlioz, inspirados en una historia real. A Oruña le intrigaba la saña con la que muchos libros, cómicos, humorísticos, eróticos, y las memorias más o menos prohibidas, fueron dados al fuego.

    Mientras leo a María (y releo a Villar), contemplo lo nuevo de los Coira. Rapa (Movistar) me atrapa en la niebla y en la negrura del norte de Galicia. Ellos saben cómo manejar el paisaje. El escenario. Los actores: grandiosos en su dolor oscuro. La muerte entre caballos, la muerte también tan doméstica. Y la amenaza de la mina, la lucha contra el deterioro de la naturaleza, que es una lucha muy real. Así estoy: embebido en estas historias negras de nuestros paisanos, esperando el sol del verano.

    25 may 2022 / 01:00
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