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Galicia, la profunda

    MUCHO se ha hablado estos días acerca de la “Galicia profunda”, a tenor de las referencias que sobre ello hizo la ya famosa jueza María Belén Ureña Carazo administrando justicia desde su idealizada Marbella. Lo primero que me viene a la cabeza al pararme a pensar sobre el revuelo montado es el exilio de cuatro meses de Miguel de Unamuno en Fuerteventura, en 1924, por criticar abiertamente el régimen de Primo de Rivera. A Don Miguel le castigaron regalándole el Cielo; dándole la oportunidad de conocer desde dentro, desde su esencia de piedra y volcán, su alma, el corazón de gente buena y sencilla que vivía del trabajo sacrificado del mar y la tierra, sin lamentarse por vivir olvidados del mundo, allá en la lejanía del océano, más cerca de África que de la Madre Patria que tan poco los quería.

    Algo así vivió Ramón María del Valle-Inclán, escritor del esperpento y viajero de un mundo que redujo a Compostela para pasar sus últimos días rodeado de la serenidad de su “rosa mística de piedra”. No era necesario más; su Derby, su Alameda, su Obradoiro... El patrimonio del alma enriquecida por la belleza que singulariza los rincones donde sigue obrando la mano de Dios.

    Siempre conocí Galicia, pero desde el año pasado la vivo, como Unamuno vivió Fuerteventura y Valle-Inclán Compostela, desde su alma, sus piedras, su mar, su lluvia y su sol, sus vinos y su gente... La vivo desde su profundidad.

    Llegué y me acogió en el abrazo de la amistad que desbordan sus gentes hacia quien revela en su mirada, reflejo del sentir del corazón, las ansias por degustar los rincones de una tierra de leyendas, eterna, cuyo latido llena el espacio, rebosando vida, en la parsimonia del toque de campana, sonido grave que guía entre la bruma de las primeras horas al peregrino, igual que el faro guía al marinero que trabaja en la fiereza de su mar.

    Te acercas a Galicia y cambia el paisaje, cambia el aroma del aire, y te ves sumido en la paz milenaria de viejos bosques de carballos que guardan, allí en la línea con Castilla, los secretos de las lareiras desde donde nacen las historias de la Santa Compaña, los Mouros y las meigas.

    Penetras en su corazón y éste te contagia la alegría de mil fiestas, en verano y en invierno, ya orballe o caigan chuzos, donde, a ritmo de gaita y pandereta, el pulpo y el Ribeiro vienen y van, mientras los más atrevidos danzan la muiñeira y los demás aplaudimos sintiendo plenitud en el espíritu.

    Terra do fin do mundo, miña terra, donde lo rural salvaguarda que la industrialización no haga perder su carácter enxebre a sus metrópolis. Tierra que emerge desde los tres sarcófagos del Libredón y se extiende, abrupta, fuerte, hasta el antiguo final de un mundo que en la historia la temía y ahora la anhela, enamorado, por su “profundidad”.

    Así eres, Galicia, meta del mundo; eres bota vieja, aroma de magosto, eres riachuelo y son da badalada, poema antiguo y festa rachada, lume é néboa, eres colorido de pesquero y rumor de tractor lejano, risa de gaviota y ladrido de palleiro, eres jolgorio de taberna, licor café o de herbas, barullo de mercado y silencio de camposanto... Eres profunda, Galicia; tanto, que eres única.

    28 oct 2021 / 01:00
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