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Ganó el caos

    Parecía sencillo ordenar una casa hace cuatro años, cuando conocimos a Marie Kondo. Nunca hasta entonces lo había sido, o no si tenías que ordenarla tú, pero apareció ella, colocando y tirando cosas para llevar la felicidad a los hogares, y casi nos lo creímos. Aquella mujer lo hacía tan fácil todo que era como si cada objeto tuviese un sitio natural. Patrañas, por supuesto. Su fe en el orden le permitió hacerse de oro, pero al cabo de estos cuatro años, y tras ser madre de tres hijos, confiesa que el orden ya no le parece tan importante. No alegrarse de algunos fracasos ajenos sería de tontos. No está la vida para andar desaprovechando oportunidades de disfrutar de fiascos que, por una vez, no son los tuyos propios.

    Éramos demasiados seres humanos, incluso muchas especies animales, y durante demasiados siglos, avalando con nuestras costumbres teorías contrarias a las de Kondo. Las cosas tienen el sitio que la dejadez, o las prisas, o la angustia, o cosas más importantes que esas les asignan. A veces te das la vuelta y la inercia de las casas lo coloca todo encima de una silla, o en el suelo, o en el sofá del salón. En los días más complejos, estudias la mesa en que trabajas, o el dormitorio, o el interior de un armario, y no encuentras nada de lo que buscas, porque todo fue colocándose en el lugar que no le correspondía. Pero no es preocupante.

    Nada se pierde lo bastante bien nunca. Da igual lo que hagas, y más si lo haces a propósito: es imposible extraviar algo para siempre. Basta un milagro, o que pasen 30 años por el medio, y sale a la luz. Todos quisimos en algún instante ocultar algo tanto que nadie, ni nosotros mismos, pudiese encontrarlo, para sentirnos seguros, como los restos de nuestros primeros gramos de droga, y al poco cayó por casualidad en manos de nuestros padres. A veces esos hallazgos imposibles son lo único que puedes estar seguro que se producirá.

    Los días se suceden mientras buscas no sé qué en un mar de caos y no lo encuentras, o mientras buscas y al fin das con ello, o, y esto es lo más fascinante, mientras no persigues nada y lo encuentras igualmente. Hace tres años, salí una mañana a tirar papel al contenedor azul, y empecé a ver hojas de libro desperdigadas por la acera y la calle, componiendo un extraño rastro. Lo seguí, y recuperé docenas y docenas de hojas más, por el parque, en un estanque de agua, y finalmente, lo que quedaba del libro, que era La montaña mágica, de Thomas Mann.

    Muchas veces el desorden no sabe lo que hace, y, sin embargo, provee. Mi abuela tomaba 15 pastillas al día en un período de su vida, y nunca se encontraba tan bien, según ella, como en aquellos en que se confundía e ingería las que no eran. No hay que renegar del caos solo porque sea caos. A su manera, empuja la belleza. Recordemos la última escena de Grupo Salvaje, de Sam Peckinpah: son 10 minutos de interminable tiroteo, en los que se desata la anarquía total. Eran cuatro contra doscientos, y no sobrevivió nadie: final perfecto.

    06 feb 2023 / 06:00
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