Santiago
+15° C
Actualizado
sábado, 01 octubre 2022
05:31
h

Hijes, niñes y ministres

Confieso que cuando escuché a la ministra de Igualdad, Irene Montero, hablar de “hijes” y de “niñes”, así, bajo los rápidos efectos de la sorpresa inicial, pensé que se estaba expresando en un incorrecto asturiano, idioma ascendido del bable al que antes se hacía referencia como dialecto en las escuelas y que en los últimos meses lucha con fuerza por convertirse en lengua oficial del Principado. No me extrañó que la líder podemita quisiera reivindicarla, aunque fuera en un acto de campaña celebrado en pleno centro de Madrid, porque de esta gente casi puede esperarse de todo y la verdad es que la capital de España ya soportó demandas mucho más surrealistas que este hipotético respaldo público de una de las cabezas del rupturismo a esta vieja reclamación lingüística de sus compañeros morados que al pie del monte Naranco ya usan el asturiano en el Parlamento autonómico.

Contribuyó a mi confusión, seguramente, el impulso inmediato en querer dar respuesta a esta forma morfológica inesperada en el castellano, pero, sin duda, también el conocimiento del cariño que la pareja Iglesias-Montero profesa a los parajes rurales asturianos, una admiración que les llevó el pasado verano a decidir pasar las vacaciones en el valle del Lena. Lástima que sólo pudiesen disfrutar allí unos días, al verse obligados a interrumpirlas y salir pitando hacia Galapagar por culpa de los amigos del acoso y de los escraches, palabra esta cuya terminación en -es, no está de más advertirlo, no es de la misma naturaleza que la de “hijes” o “niñes” pronunciadas por la ministra, por lo que aquí no hay equivocación posible con el asturiano: su uso es común en el más auténtico español y su abuso, ya no digamos.

Pero mi error poco persistió en el tiempo, pues casi al momento fui alertado de la verdadera intención de la segunda de las Montero en el Gobierno de Sánchez tras la ministra de Hacienda –aunque mantiene la primogenitura de su apellido en el Podemos de Iglesias–, que no era otra que el uso intencionado del lenguaje inclusivo en su versión no binario. Los “hijes” y “niñes”, en este sentido, serían personas (persones) o individuos (individues) que no se sienten representadas ni en el género masculino ni en el femenino, sino en otras categorías del ser que ni necesitan ni están obligados/as (obligades) a explicarlas. Así, si la ministra algún martes cualquiera se levanta y dice que se va corriendo al Consejo de Ministres, los españoles no estaremos tampoco forzados a saber a qué tipo de humanidad gubernativa se está refiriendo exactamente, una exótica circunstancia que, siendo sinceros, en realidad no cambia mucho el panorama conocido, pues la misma o parecida incertidumbre nos suele asaltar cuando alguien opta por la denominación tradicional de Consejo de Ministros.

Bien analizada en el contexto de contestación y renovación social en el que milita la ministra, su variante gramatical en el sufijo de género, que lo deja sin género, es propia de quien conoce la teoría de las hegemonías culturales del pensador italiano Antonio Gramsci, el mismo que hablaba del pesimismo de la inteligencia y del optimismo de la voluntad. Hegemonías culturales que impondrían las élites que dirigen el mundo capitalista para reproducir su esquema social dominante y que se manifiestan también en las estructuras lingüísticas que perpetúan un modelo contra el que se rebela la tenaz Irene Montero, pues sin entrar a valorar inteligencias, voluntad no le falta.

De esta manera, mientras las buenas gentes de todo el país quedan parvos escuchando sus innovaciones en el habla, en realidad la ministra está realizando un ejercicio de alta filosofía política cuya comprensión no es para todos los públicos. Su mérito consiste en que su experimento de reeducación marxista sorprendería al propio Marx, pues supera en audacia a su mismísima teoría de la plusvalía.

Lo que sería interesante saber es si esta manera de expresarse que le escuchamos a Irene Montero es de obligado cumplimiento en las conversaciones cotidianas de su casa, porque entonces, pensando en esos diálogos interminables, a buen seguro que habrá una gran mayoría de españoles que se compadezcan de sus hijos, hijas o hijes.

Menos mal que en Madrid carecen del modelo educativo trilingüe que estableció Feijóo en Galicia, si no los pobres rapaces (sustantivo que ahorra el sufijo nuevo) tendrían que aprender y repetir nueve formas de cada palabra referente al género. Como son tres hermanos, veintisiete. Es más rentable una conversación subtitulada.

23 abr 2021 / 01:00
  • Ver comentarios
Noticia marcada para leer más tarde en Tu Correo Gallego
TEMAS
Tema marcado como favorito
Selecciona los que más te interesen y verás todas las noticias relacionadas con ellos en Mi Correo Gallego.