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Histerismo en el Congreso

    COMO la decencia política, el respeto al adversario, el rigor jurídico y la buena educación hace tiempo que saltaron por las ventanas del Congreso –por donde también salieron, en abracadabrante imagen para la historia, los hombres de Tejero–, las sesiones en el pomposamente denominado templo de la democracia y la libertad han dado paso al afloramiento de los más serviles y abyectos intereses en pisoteo constante de leyes y valores, de verdades y consensos. Todo, hay que señalar, por la sumisión del Legislativo a un desnortado Ejecutivo obsesionado únicamente con su propia supervivencia.

    En ese clima de aberrante “normalidad”, lo acontecido estos días lleva camino de alcanzar cotas nunca igualadas en la más clara puesta en escena de la Ventana de Overton respecto del terrorismo etarra, que se pretende legitimar como necesaria consecuencia de un supuesto conflicto entre las aspiraciones del pueblo euskaldún frente a las restricciones del Estado en una suerte de desarrollo de lo que la sociología llama teoría del conflicto.

    Lleva años empeñándose en hacerlo valer no sólo el brazo político de dicha banda, Bildu, sino también el PNV en su estrategia de permanente muñidor de las arcas públicas y que ahora se ve, para su desgracia, sorpassado por los hombres de Otegi.

    Fue la llamada “cena de la vergüenza” en la Navidad de 2018 –Ortuzar (PNV), Otegi (Bildu), Lander Martínez (Podemos) e Idoia Mendia (PSOE)– el inicio de esa lenta pero firme amplitud del foco, en la teoría apuntada por el politólogo norteamericano. A partir de ahí, una serie de concesiones –apoyos parlamentarios, acercamiento de presos...– y contemplaciones arribaron en la traca de días atrás en la actitud más histérica que racional de Odón Olorza –el más viviente ejemplo de cómo los principios se someten a la particular conveniencia de una vida a la sombra del salario oficial– recordando a la Cámara que en el Congreso no hay terroristas pero sí “franquistas y una derecha de vocación golpista”.

    Pocas veces en dicha sala de plenos se llevó la mentira a tan altas cotas de ignominia en boca de quien tiene en su particular carrera política suficientes muestras de miedoso compadreo con la banda terrorista. Pocas veces, si alguna hay, la aludida cercanía con las víctimas de ETA en los estertores de su agonía y en medio de los charcos de sangre, en razón de una reivindicada amistad, es aventada con tanta infamia al querer convertirla en la única legitimadora de la verdad, por encima incluso del dolor de los propios familiares de las víctimas.

    Pero el exabrupto no era más que un paso, de los últimos, en el proceso de legitimación del terrorismo etarra, que ascendería un más bochornoso y colegiado escalón con la oposición socialista a la propuesta de ley de Ciudadanos de prohibir los homenajes públicos a etarras excarcelados y que solo alcanzará su pleno desarrollo, desde el propósito de Sánchez, en un futuro tripartito vasco Bildu-Podemos-PSOE, una vez fallado idéntico propósito de Gobierno Frankenstein en Cataluña.

    El diputado de Ciudadanos Guillermo Díaz refutó con la verdad de su propia experiencia y el sentimiento de las víctimas lo infame de los alaridos de un Elorza que, le recordó el diputado centrista acaso como verdad irrefutable, no tendrían más objetivo en la intención del amigo de los bilduetarras que acallar su propia conciencia. ¿También la del socialismo de tantos compañeros asesinados?

    04 dic 2021 / 01:00
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