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La pandemia está ahí,
las mentiras también

    LEYENDO a Bertrand Kiefer, miembro de la Comisión Consultiva Suiza sobre ética Biomédica, me encuentro con un pensamiento que suscribo: civilizaciones, artes, mitologías, emergencia de nuevas capacidades y de nuevos saberes; a su través, conducidos por estos universos simbólicos, somos más que nosotros mismos. Por eso queremos olvidar que una pandemia nos trae a mal traer.

    E incluso no poca gente intenta negarla o, al menos, rechazar su capacidad para dictarnos nuestra conducta. Ni el virus ni los gestores de lo público que, por nuestro bien, decretan normas a veces contradictorias o sorprendentes, cuando no simplistas, que ayudan a alimentar la rebeldía irracional. Si a ello añadimos que la muerte concreta se ha banalizado a través de la aritmética, entenderemos esta tormenta perfecta, bucle interminable.

    En tal caldo de cultivo, se despiertan múltiples variantes de espíritus fantásticos que acompañan al ser humano, ávido de rebatir lo racional para proporcionarse seguridades, lamentablemente ilusorias. Uno de los capítulos más sorprendentes es el que se ocupa de negar la validez de las vacunas, yendo incluso más allá: subrayan su intrínseca maldad.

    Lo entendamos mejor o peor, la ciencia nos dice que las vacunas contra el COVID-19 no modificarán nuestro genoma; pues erre que erre, no falta quien te diga, en una especie de confidencia, que eso no es así, de tal modo que si te vacunas, vas aviado. Y, por supuesto, recelan de su seguridad, pues toda la gente bien informada sabe que “hay” miles de casos que muestran lo contrario, como no podía ser de otra forma, dada la “ligereza” con que se ha estudiado su inocuidad.

    Tampoco trabajar con una línea o estirpe celular es lo mismo que investigar con células madre, y esto se puede ver en cualquier artículo divulgativo para gente como usted o como yo. Así que por ahí no va la demonización de la vacuna, como tampoco debería coger el camino de esa estrofa de cantar de ciegos, que sostiene que los laboratorios guardan en secreto sus investigaciones, cuando se han publicado los datos de los ensayos clínicos.

    Podríamos referir alegaciones más peregrinas, co-mo que quieren utilizar a la tercera edad como cobayas
    –y a la cuarta o a la quinta, véanse la reina de Gran Bretaña y su consorte, ya vacunados–, o que produce este-rilidad, o bien la disculpa que identifica a los “solidarios”: es mejor esperar a ver qué pasa. Digámoslo sin ambages, las mentiras en tiempo de pandemia recuerdan
    a los varios negacionismos que ha habido y todavía hay. Combátanse.

    13 ene 2021 / 00:00
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