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La política del absurdo

    EN este año se cumplen, entre otras efemérides, dos de singular importancia, ambas relacionadas con Albert Camus. En primer lugar, ochenta años desde que publicó su primera novela, El extranjero, en 1942; y, en segundo lugar, sesenta y cinco desde que pronunció su discurso de aceptación del premio Nobel de literatura, en 1957. Si la primera, metáfora del absurdo, es un símbolo de la pérdida de la razón, el segundo lo es, a su vez, de una apasionada defensa de la verdad y la libertad.

    Unos símbolos que, pese al tiempo transcurrido desde entonces, no han dejado de conservar su actualidad, al menos para aquellos que consideramos a este autor como un autor de referencia, de ahí el interés en traerlos ahora a colación para analizar a través de ellos algunos de los acontecimientos más recientes de nuestra política actual.

    En El extranjero, la indiferencia de su protagonista, Meursault, respecto al fallecimiento de su madre, el asesinato a sangre fría del árabe en la playa y, en última instancia, la posterior condena a muerte, son reflejo del hombre absurdo, al que nada le afecta, nada le conmueve, nada le preocupa. Pues bien, esta condición de “extranjero”, con lo que ésta lleva aparejada de indiferencia, parece estar presente en la forma de actuar del Ministro de Consumo, Alberto Garzón, ya que sólo desde esta perspectiva pueden entenderse las declaraciones que hizo al rotativo británico The Guardian el pasado 26 de diciembre, poniendo en duda la calidad de la carne española (”poor quality meat from ill-treated animals”), sin la menor prueba y sin asumir por ello la más mínima responsabilidad ante el sector.

    Con todo, lo absurdo de la situación, tanto por el alcance de estas declaraciones como por si las hizo o no a título personal, cosa que él negó, pese a los desmentidos de algunas ministras, se agrava todavía más con los posteriores intentos del propio presidente del Gobierno de defender al sector, pero sin desautorizar al ministro.

    ¿Es posible, en este contexto, conciliar posturas tan distantes como las del propio presidente y de su ministro sin que ello afecte a ambos? ¿O es que el presidente, enfrentado a un dilema similar al de la vagoneta, cuya primera versión presentó Philippa Foot en 1967, debe tomar la decisión de sacrificar a Alberto Garzón para salvar la imagen del Gobierno en su conjunto? Y si no lo hace, ¿no cabría interpretar entonces sus hechos como una confirmación del ministro y con ella una nueva “organización del desgobierno”?

    Si de El extranjero pasamos ahora al discurso que Albert Camus pronunció cuando aceptó el premio Nobel de literatura, conviene retomar lo dicho al principio sobre su apasionada defensa de la verdad y la libertad, dos servidumbres del oficio de escritor, extrapolables al de político. A la primera de ellas, la verdad, faltó sin rubor el presidente del Gobierno cuando presentó ante los medios el último balance de su gestión, proclamando sin ambages que la pandemia no ha sido un freno, sino un acelerador del crecimiento.

    Al hacerlo, mintió sobre la situación real de la economía, constituida a día de hoy, entre otros factores, por la ralentización del producto interior bruto, reconocida internacionalmente; el descenso del consumo privado; el aumento descontrolado de la inflación, el déficit o la deuda pública; y el fuerte incremento de los concursos de acreedores.

    Si mentir sobre lo que se sabe es una falta a la verdad, guardar un silencio cómplice, para preservar ciertos apoyos parlamentarios, sobre los programas catalanes de inmersión lingüística o los homenajes vascos a los etarras, es una vulneración de los principios más elementales. En el primer caso, estos programas, aparte de contravenir derechos y libertades fundamentales y quebrantar resoluciones judiciales en la materia, echa por tierra el tan traído y llevado proyecto sobre el español y el “Valle de la Lengua”, que el Ejecutivo hizo suyo.

    En el segundo, que no es sino un paso más en una estrategia política claramente definida, los organizadores de esos homenajes, y por extensión el propio Gobierno que los consiente, con un clamoroso olvido de las víctimas, parecen pensar que la libertad de unos puede ejecerse a expensas de la libertad de otros.

    15 ene 2022 / 01:00
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