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Reseña Musical

La violinista María Dueñas con la “OSG” en Granada

    Concierto de la ”OSG” dirigida por Juanjo Mena en el Palacio Carlos V -22´00 h-, en las actividades del Festival de Granada, contando con la joven violinista María Dueñas para la interpretación del “Concierto para violín en En M. Op. 61”, de L.v. Beethoven, en un monográfico que tendrá continuidad dos días después, con otras tres obras del compositor en año conmemorativo. Las dos obras que se añadirán, serán la obertura “Egmont Op.84” y la “Sinfonía nº 7, en La M. Op. 99”. Juanjo Mena, con una importante etapa con la “BBC Philharmonic” llegando a ser titular durante siete temporadas, llegó a ser considerado el heredero de Frühbeck de Burgos, uno de sus principales valedores. En uno de los últimos conciertos en Manchester, dejó patente su defensa del legado español, ofreciendo “El ópalo mágico” de Albéniz y “La Vida breve” de Manuel de Falla, con la especial colaboración del “Coro de la RTVE”. La obra de Albéniz había sido grabada, aunque solo la obertura y se caracterizaba precisamente por ser la única obra de la etapa inglesa. Falla, como se esperaba, tuvo una excelente respuesta tanto por parte de los músicos como del público en general. Ya en los “Proms” había ofrecido “El sombrero de tres picos”, con la compañía flamenca de Antonio Márquez, ante un público rendido

    La violinista María Dueñas será la primicia como constatación de un talento con reconocimiento internacional por la serie deméritos adquiridos. Es su caso, Vladimir Spivakov fue un absoluto garante, quien no hace tanto la había dirigido en Alicante, en el “Concierto nº1, en Mi b M.”, de Nicolò Paganini, obra con la que fue premiada en el Concurso Yankelevitch, galardonado con un instrumento histórico, un “Eugenio Degani”, de 1890. Para ese reto, se valió de un “Nicolò Gagliano”, cedido por la “Deutsche Stiffung Musikleben”. La serie de premios, se consolidaría tras el conseguido del “Concurso Vladimir Spivakov”, el “Leonid Kogan”, de Bruselas, el “Internacional Mozart” de Zhuhai, en China. También en el ámbito de la composición, aventura de riesgo para una persona tan joven, merece mencionarse el Concurso “Von Fremden Ländern und Menschen”, para el que presentó su obra “Farewell”.

    La obertura de “Egmont”, pieza que forma parte del grupo de otros nueve fragmentos, que concluyen con la ”Sinfonía de Wellington” y quedará destinada al drama teatral de Goethe. El encuentro de ambos genios, se había realizado en la cuidad balneario de Teplitz, en el mes de julio de 1812, con seguridad en una iniciativa de Bettina Brentano, amiga del poeta y escritor, además de musa del compositor. La música para la escena, se dio a conocer anteriormente en el otoño de 1810, junto a los “lieder Op. 85” y “Op. 83”, además de pasajes escogidos del drama goethiano, escrito hacia 1788 y que había atraído el interés del músico tras una representación en el “Burgtheater” vienés, en 1810. En lo fundamental, la lucha contra la tiranía en los Países Bajos, entonces bajo el dominio de los Austrias españoles (siglo XVI) y que sería liderada por el conde Egmont, héroe de la libertad de Flandes. El resultado en conjunto será una obra grande y conmovedora, y profundo valor simbólico. La obertura en concreto, está marcada por el heroísmo que trasluce el drama goethiano, en su amplitud de sentimiento reivindicativo.

    La “Sinfonía nº 7, en La M. Op. 92”, mantendrá el apelativo de “la apoteosis de la danza”, aquella definición acuñada por Richard Wagner, de quien se acepta como curiosidad que en una velada de su último invierno en Venecia, en el Palacio Vendramin, tuvo la osadía de bailarla, en una presentación de Ferenz Liszt, en una reducción para piano. No faltaron permanentemente a las sugerencias descriptivas más diversas. El “Poco sostenuto” de entrada, será para Berlioz, largo y pomposo y la obra a lo largo de su discurso, será considerada un puente necesario hacia las dos finales; la unidad de su estructura y la economía de medios empleados, la convierten en una de las más interesantes, orgánicas y completas. Nacida al tiempo que la “Octava”, quedará indefectiblemente asociada a ella por el anhelo de serenidad y alegría. Bastará con acercarse a la valoración de Boucourechliev, para recuperar la opinión sobre el “Allegreto”, el movimiento más secreto de la obra, si bien en apariencia el más simple. Su admirable tema es siempre el mismo, casi obsesivo; se desarrolla alargándose en círculos concéntricos, toda vez que las variaciones lo dejan intacto.

    El “Concierto para violín, en Re M. Op. 61”, es obra que para el insigne Joachim será definitivamente el “concierto de los conciertos”, una composición de 1806, justo el año del sonado fracaso de su ópera “Fidelio”, lo que se empujará a dedicarse en plenitud de ánimo a la resolución de la obra, con una obsesiva intensidad y sin el más mínimo reposo. Algo tendrá que ver la escritura de otras obras cumbre, como los “cuartetos Razumowsky Op. 59”, concluidos en el mismo año, 1806. Superará con creces los conciertos para el instrumento escritos por músicos de su tiempo como Vioti o Kreutzer. Será para Manzoni una de las composiciones más sombrías y trágicas compuestas por el maestro, en toda su vida. Se inscribe de forma imborrable, en la memoria del oyente desde el dramatismo del inciso inicial, por la inquietud del primer tema anhelante y por el noble lirismo del segundo tema en Mi bemol. De todas formas, en el capítulo de sus conciertos, este dedicado al violín, fue el más desafortunado en cuanto a la acogida por parte del público y de la crítica, que se mostró abiertamente en contra. Baillot, Tomasini, Vieuxtemps o Joseph Joachim, velarán por su defensa y recuperación a lo largo de los años.

    22 jul 2020 / 18:00
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