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Lienzo

¿Una primera impresión de materiales de desecho? No, no exactamente. Más bien resaltan en esta exposición de Murado la rotundidad de algunos materiales, los bastidores, los lienzos y las mezclas espesas de color. Y todo ello en tonos apagados, como si asistiéramos al declive de un viejo mundo industrial. Es como si en este trabajo de Murado se tratara de eliminar lo accesorio para dejar hablar a las manchas, la herrumbre, el lienzo viejo, las formas lentas de la madera. Es cierto que cuando el pintor se extiende sobre un color puro y liso -teja, verde pastel- el resultado es espléndido, refulgente. Pero incluso ahí eso no deja de hacerse en medio de un envoltorio irregular donde la impresión de cierta antigüedad de la herrumbre, heredera de un pasado, predomina. Hasta la pátina del color tiene una densidad de heráldica medieval, por donde podría haber ecos de musgo.

Murado reconoce que ha estado largo tiempo volviendo a estos cuadros para mirar detenidamente, retomar direcciones y recordar lentamente sensaciones. Toda su exposición recuerda la monumental mezcla de modernidad y ruina que vemos en las afueras de nuestras grandes ciudades, sean americanas o europeas. El tamaño imponente de los lienzos facilita una buena relación con el óxido de vivencias anteriores.

Madera de bastidores, grapas, lonas dobladas y tejidas. La propia tela sobre la que se pinta podría ser ya usada. Los colores lisos alternan con los tonos carcomidos, manchados, a veces con un cierto deshilachado en los bordes. Todo este trabajo de Murado, sin dejar de ser elegantemente estético, mantiene una buena relación con lo feo, con la deformidad que es intrínseca a nuestros ámbitos, a cualquier antropología cultural de lo popular.

Las superficies de Murado son irregulares, como si fueran trozos arrancados de un sueño mayor, fragmentos de un gran libro destripado. Como piezas de otro territorio, en estas superficies es difícil calcular el sentido, incluso el área y las dimensiones. Más que grandes ventanales que se abren hacia fuera, los cuadros parecen solo dar a sí mismos, como si cada lienzo estuviera saturado de un mundo formal y cromático que se condensa ahí, intentando vibrar en ese vórtice. Quizá Lienzo insinúe la aproximación a algo enterrado, la leyenda de un cofre que deberíamos abrir. Pero se dijo una vez que el tesoro está en cavar, en escarbar con la escucha y la mirada, no tanto en esperar un supuesto relumbre final. Tal vez por esto la exposición de Murado adquiere un aire de taller, ocupado por obras que se hacen a sí mismas en proceso, perpetuamente inacabadas.

Lo que vemos no es quizá tanto otra reflexión sobre la pintura como una meditación sobre lo real, sobre un misterio sensible que es revisitado de nuevo y revitalizado. Murado usa la contundencia de materiales de hoy mezclados con una borrosa referencia a algunos clásicos de la pintura. Entiendo que los guiños al pasado -no solo a Goya- no son solamente un homenaje a los grandes maestros, sino también el tributo a una pregunta muda que, acerca de la vida y de las visiones, permanece en la memoria de la especie. Es debido acaso a esta atemporal interrogación, que el pintor reconoce que hay que tratar igual a Picasso que a un zapatero.

23 ene 2022 / 01:00
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