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Miserere nobis

Salvo algunas raras excepciones seráficas, todo el mundo va al menos una vez en la vida a donde no debería ir. A esta disculpa se agarra Pablo Casado para justificar su asistencia a una misa por Francisco Franco en Granada: no era lo que él pretendía, sólo pasaba por allí, vio luz en las vidrieras y entró a echar unos rezos. Tampoco es un caso tan extraño, se pueden contar por miles las personas que entraron alguna vez en una iglesia sin estar muy seguros de lo que hacían y salieron de ella casados. La ventaja de Casado es que ya estaba casado, pero en su caso la ceremonia en memoria del generalísimo le puede divorciar de un electorado que afortunadamente todavía huye de ciertas exequias.

El errático itinerario con el que el líder del PP pretende llegar a La Moncloa parece diseñado por sus peores enemigos, ese selecto conjunto de políticos de su propio partido entre los que destacan Díaz Ayuso y Cayetana Álvarez de Toledo, con adversarias así en casa quién los necesita fuera. Luego están también los que en Génova 13 se dicen sus amigos, como Teo García Egea, que demuestran tanta torpeza para la política que no se sabe qué es peor. El secretario general de los populares es el típico compañero de estudios que cuando ante cualquier problema te dice que ya lo arregla él, escapas corriendo. Todos menos Casado, que así luego se estresa tanto que necesita entrar en alguna iglesia a descansar su cabeza y también ya es mala suerte que cuando lo hace acierte en la que se celebra una misa por el antiguo dictador.

Casado tiene el don de la oportunidad y una clarividencia extraordinaria para tomar decisiones erróneas. Elige a una portavoz parlamentaria y le escribe un libro glosando sus defectos. Nombra a una candidata para la comunidad de Madrid y le acaba disputando su lugar en la cúspide del partido. Escoge una catedral para pasar un momento íntimo de recogimiento espiritual y en ella se lanzan vivas a Franco. Todo empezó con la elección de García Egea, es evidente, el pilar sobre el que quiso edificar su iglesia y que no está capacitado para aguantar más peso que el de una aceituna. Incluso se podría decir que el pecado original se produjo antes, en la selección del propio Casado para presidir el PP, proceso en el que no cabe echarle toda la culpa a él, que sólo tiene la parte proporcional a su decisión de presentarse, que obviamente tampoco es poca.

Aquel Casado novicio aprovechó dos circunstancias insólitas en su partido para ascender a la prelatura máxima: la repentina escenificación de todo el legado feminista de Rajoy, aquel mujer contra mujer en el que Soraya y Cospedal se quitaron los ojos, y el ateísmo transitorio de la militancia popular ante el desconcierto, que provocó que fueran a Vigo por ver Cangas y no por el propósito verdadero de disfrutar de la ciudad de las luces. Los lectores, que son sabios, entenderán perfectamente estas dos metáforas, la de Cangas y la de las luces.

Casado, pues, tuvo un bautismo extrañamente ateo en un partido atiborrado de creyentes, no hay más que ver las plazas fijas que tienen en la basílica de la Almudena y en el palco del Bernabéu, donde conjugan las dos religiones que profesan, la de la virgen de origen árabe y la de la camiseta blanqueada. El líder del PP fue ungido bajo la influencia del a Dios rogando y con Casado dando, premisa que empieza a no dar más de sí, pero con la que el aludido pretendió asaltar los cielos con misas a sus antepasados y exorcismos al presidente Pedro Sánchez.

Casado entró en una iglesia y se encontró con Franco, igual que antes se topó en otra con el propio Iglesias, el que asaltó el gobierno que él aún no pudo. Casualidades. Por azar evangelizó Ayuso Madrid y ahora ya aspira al obispado de Génova 13.

26 nov 2021 / 01:00
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