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Padre Esteban, in memoriam

    NO es la primera vez que escribimos sobre la figura humana del padre Esteban. Han sido cientos y cientos –miles en realidad– los alumnos que desde aquel gélido 9 de diciembre de 1934 hasta agosto de 1999 llegase por vez primera y se fuese por última vez del colegio de los Escolapios de Monforte. Han y hemos sido muchos los que hemos testimoniado a lo largo de los años la ejemplaridad de un hombre único, desde su bondad y humildad absoluta con desprendimiento de todo y sólo alojado su corazón en el servicio a los demás y a Dios, hasta una abnegada entrega por el estudio y la educación. La nobleza de la enseñanza. La utilidad del saber y el afán por aprender contagioso.

    Se cumplen estos días, el pasado martes 19 de abril, veinte años desde su fallecimiento en Madrid, en la residencia escolapia de Gaztambide donde pasó sus casi dos últimos años de vida y donde alcanzaría los noventa años un 21 de noviembre que celebramos con entusiasmo y enorme cariño aquella tarde rodeado del afecto de los suyos sobre todo del P. Ramón Prieto y Juan Martínez Villar. Tal día como hoy en 2016 sus restos llegaban a Monforte para cumplir su deseo, ser enterrado en esta ciudad que tanto quiso y en la que todos le quisieron.

    Aquél día, más allá de la emotividad de los varios actos que se celebraron, hubo un reencuentro lleno de agradecimiento a tantos años de dedicación y entrega a los demás. Desde el obispo de Lugo y el Padre Provincial de los Escolapios, alcalde, exalcaldes, antiguos alumnos, escolapios, su gran familia de Cubillos del Rojo y el agradecimiento en la memoria colectiva de una ciudad que, esta vez sí, pudo brindar la despedida que el padre Esteban siempre merecía. Aquella tarde recién escampada la lluvia de abril se descubrió un impresionante y real busto fiel reflejo de la enorme dignidad y templanza escolapia.

    Cuántas lecciones de humildad y sencillez nos enseñó a lo largo de su vida este escolapio. Cuántos valores atesoró este hombre único e irrepetible. La imagen más fiel a José de Calasanz que he conocido. Cuánta sabiduría, cuánta generosidad e ilusión. Cuanta paciencia, arte de la paz y la ciencia como él repetía en un latín que dominaba como pocos.

    Un gigante de humanidad, un coloso de rectitud y entrega. Jamás una mala cara, jamás un no por respuesta. Solo servicio, todo él entrega y generosidad a los demás, amén de una ejemplaridad y austeridad extrema, sin distingos, sin prebendas de ningún tipo.

    Por qué veinte años después nos seguimos acordando y vive en nosotros este escolapio es un interrogante que muchos nos hacemos. Su bonhomía, su ejemplaridad, su espíritu de servicio, su entrega desinteresada y generosa, su humildad, su sabiduría solo son comparables con ese halo de santidad con que vivió su vida y profesó su fe.

    Recordarle es vivirle en nosotros. Recordar las huellas que solo muy pocas personas nos dejan en la vida, en el corazón y en el recuerdo permanente.

    23 abr 2022 / 01:00
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