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Patatas del siglo XXI

    ENTRE 1845 y 1849 Irlanda sufrió la llamada crisis de la patata, por la peste del mildiu, también conocida como la gran hambruna. Tuvo un coste en vidas superior a los dos millones y una cantidad similar de emigrantes forzosos, principalmente a Estados Unidos. Todavía, 175 años después, el país no recuperó la población que era de unos 8 millones de habitantes por aquel entonces, siendo de 6,8 millones en la actualidad, incluyendo la de los seis condados bajo obediencia británica.

    Irlanda, en aquel período, era una colonia de los ingleses, quienes en absoluto sufrieron nada parecido, pero que, al modo de los señores feudales, veían como crecían sus trigales, cuya cosecha iba destinada íntegramente a la metrópoli, mientras los nativos que los cultivaban se morían de hambre ante la indiferencia de sus colonizadores.

    El inglés Anthony Giddens, defensor en los 90 de la fracasada tercera vía y de la ahora extendida globalización, abogaba por un industrialismo que constituiría una verdadera división internacional del trabajo al que las industrias locales progresivamente se irían incorporando. No imaginaría que uno de sus efectos sería que la pobre Irlanda en la actualidad más que duplique el PIB per capita del Reino Unido, no gracias al trigo o a los tubérculos, sino a las tecnológicas que allí se implantaron.

    Pero, quizás, tampoco adivinaría que uno de los principales sectores industriales europeos, el automóvil, se vería obligado a parar su producción no por la falta de acero, caucho o plásticos, sino de algo tan diminuto como los chips informáticos, imprescindibles para las múltiples ayudas electrónicas que incorporan nuestros coches.

    Al parecer solo dos fabricantes, la coreana Samsung y la taiwanesa TSMC, concentran el 43% de la capacidad mundial de producción y dan preferencia al sector de la telefonía móvil o a sus propios fabricantes de vehículos antes que a los europeos y, también, para atender la creciente demanda de la minería de criptodivisas.

    Mientras, en Europa, las únicas fábricas que producen chips se sitúan en Irlanda y Alemania, pero son incapaces de atender la demanda más próxima y se dice que una nueva planta requiere al menos cuatro años para su desarrollo.

    Para que, como los irlandeses del siglo XIX, no nos quedemos sin las patatas de una de nuestras principales industrias, si, efectivamente, los fondos NextGenerationEU persiguen transformar nuestra economía y crear oportunidades, es imprescindible que la demanda interna europea de un sector trascendental en el presente y futuro, sea en buena parte atendida por productores propios y no quedemos al albur del señor feudal, hoy sud asiático.

    14 sep 2021 / 01:00
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