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¿Por qué debemos odiar a los rusos?

COMENCEMOS por un principio ajeno a Marx, cierta espiritualidad que nos puede resultar turbadora. Si leemos solamente El beso de Chéjov, enseguida tropezaremos con una variación anímica muy difícil para nosotros. La complejidad intrincada de ese breve cuento es tal, los giros de lenguaje y de estados de ánimo, la profundidad de los personajes es tal que pronto acabaremos embelesados y a la vez confusos, probablemente con una idea completamente equivocada –por escolar y didáctica– de lo que el autor quiere contarnos.

Hagan la prueba, atrévanse solo con ese cuento. Sea a como sea, este abrupto carácter cultural, esta metafísica sentimental que es producto de una laberíntica historia y de una naturaleza que va –diez mil kilómetros– de Kalinigrado hasta Ratmánov, no ha dejado de influir en la admiración y el asco que, desde que derrotaron a Suecia, generan en nosotros los eslavos que tanto admiró Nietzsche. Eslavos, esclavos: ¿esclavos de sus pasiones? Es curioso, en todo caso, el aparente parentesco etimológico de las dos palabras.

Pues bien, sobre esta singularidad histórica, antropológica y literaria, generadora de alianzas y enemistades sin fin en Occidente, se han depositado desde la Segunda Guerra nuevos argumentos demonizadores. Incluso el sublime HitchcockCortina rasgada– cae en la trampa de los tópicos. Y el resultado de la guerra mundial, hasta el año de gracia de 2022, no dejó de garantizar en Europa la primacía militar, política y cultural de los Estados Unidos. Cada vez que esa preeminencia está en duda, o cada vez que la santa alianza angloamericana tiene problemas internos –como ahora– siempre está cerca el diablo ruso para resucitar la dependencia política y militar que convierte a Europa en un culto jardín, vicario del “amigo americano”.

Si leen en estos días los artículos de Teresa Aranguren o Rafael Poch se enterarán con detalle de cómo esta “guerra”, que probablemente nunca pasará del terreno teatral, ha sido preparada minuciosamente por la industria armamentística estadounidense y los poderosos medios de comunicación asociados. Solo a Biden se le ocurre, después de que la OTAN y la UE derribaran hace años un gobierno ucraniano “pro-ruso”, aunque establecido democráticamente, llevar los misiles de una Alianza Atlántica agónica, necesitada imperiosamente de enemigos para justificar su existencia, hasta las puertas mismas de Moscú. Y esto en una Ucrania que, no lo olvidemos, ha sido cuna histórica de la Rusia más profunda. Pero los estadounidenses saben poco de historia, ya se sabe. Y les va bien así, pues un vaquero no tiene mucho que pensar si se trata de disparar.

¿Es Putin de fiar? ¿Acaso un demócrata convencido? Ni por asomo. Es un político. Y líder además de una de las naciones más difíciles del mundo. A diferencia de Biden y Johnson, no está sin embargo en horas bajas, cayendo en las encuestas. No necesita subir puntos en popularidad con otra batalla exterior. Pero Rusia, igual que se dice Israel, tiene derecho a defenderse. Y no hemos dejado de provocarla desde que pensamos que ha perdido potencia.

Para aborrecer tanto a Putin no deja de ser curioso cómo le reforzamos en su autoridad moral, regalándole una y otra vez la popularidad de responder a lo que los rusos entienden como agresiones. Las amenazas de Moscú son puramente defensivas. Se contentarían con que la Ucrania que les hemos ganado forcejeando, casi arrancado, pasase a ser un territorio neutral, libre de amenazas ofensivas.

Pero no, a pesar de algunas sabias intuiciones alemanas o francesas, para EE.UU. y el Reino Unido es necesario estresar de nuevo al continente europeo. Así la administración estadounidense y británica tienen un fácil chivo expiatorio en el que descargar sus problemas internos. De paso que refuerzan su poder “moral” y militar sobre un continente dividido y amedrentado. El problema es que esta partida de ajedrez, aun siendo básicamente teatral, puede resultar peligrosa.

Rusia no es la URSS, pero sigue siendo temible. No solo es la quinta parte de la tierra, sino que sienten que están defendiendo su territorio. Tal vez deberíamos pensarnos mejor, siguiendo el ejemplo de Alemania, unas bravatas yanquis que pueden salirse del tablero de juego. Los angloamericanos arriesgan poco, pues viven aislados en su distancia. Nosotros, los europeos, podemos perder algo más.

08 feb 2022 / 01:00
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