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Sobre la crianza

Dejar ser, escuchar, querer. Cuidar. “Irse/ dejar orillas”. No es poesía, aunque a veces lo parezca. Es pensamiento en latidos, a golpe de afectos. Sobre la crianza es una sencilla muestra, como algunos momentos de Pound o Watts, de que el humanismo ha de atender finalmente a lo que no es del hombre. Con su estilo bondadoso y tranquilo, el libro de Jesús Rodríguez Ortiz es otra vez un índice de que nada inhumano nos es ajeno. ¿A qué nos pueden recuerdan estas páginas? Qué sabemos, tal vez a la sabiduría piadosa de Machado, de Teresa Aranguren, de Iciar Bollaín. Si la envidia cupiese, la sentiríamos hacia la vida y la sosegada pasión que intuimos ha dado lugar a este objeto de cubiertas marrón.

“Pediatra y padre de cuatro hijos”, reza la contraportada. Que su autor sea sanador, padre y médico le otorga una autoridad específica para hablar de la evolución del cuerpo y las almas, de la crianza propia y de la de los otros. Uno de los defectos del “pensamiento” profesional del experto es que le falta experiencia viva del sufrimiento carnal. También de la elemental alegría de unas mentes que cambian.

Arando se ora, dice un clásico del pasado siglo. Algunos de nuestros testimonios se libran felizmente de la oposición entre el corazón y la inteligencia, la creencia y la ciencia. Entre la experiencia y la formación conceptual, dicho de otras palabras. Estamos ante uno de esos raros objetos, pues todo transcurre en él con la naturalidad de un saber que brota de abrazar lo que le toca, lo que es su objeto de cuidado y estudio. De tal manera que no hay diferencia, en Sobre la crianza, entre el saber y el querer, entre la piedad localizada y las afirmaciones universales. No hay más universalidad que la de la contingencia, se dijo. En esas estamos con Rodríguez Ortiz, ante una disertación que no se distingue de los cuerpos que ama. Por tanto, el libro entero transcurre muy cerca de aquella idea de que lo personal es político. Lejos, por tanto, de cierta corrección puritana que nos ha prohibido mostrar públicamente nuestras querencias.

“Jugar nos sirve para buscar una salida del laberinto, para encontrar una puerta en el círculo, para bajarse de la noria e irse”. Sí, sentiríamos envidia si sirviese de algo. En el comienzo era la danza, el ritmo, una relación con aquello que no poseemos. Es preciosa la forma de sostener en este libro la idea de que las partículas, cada uno de nosotros, es una resonancia distinta de un mismo silencio de fondo. Un silencio que no duerme, diría Lispector. Esta ética del cuidado implica así un constante acto de resistencia ante la impía separación entre lo sagrado y lo profano. Para Jesús Rodríguez no hay nada insignificante, pues la tarea es lograr que cualquier hecho alcance su forma y su ritmo. Si una rama se parte, ahí hay un dios.

Sobre la crianza es un libro adorable. Manejando con soltura contemporánea una sabiduría ancestral de abuelas, contiene verdades comunes que están libres del miedosos encorsetamiento propio de esta época. Perseverando en una ciencia paradójica del ser único, Rodríguez logra incluso un aire naíf que resulta corrosivo. Y esto a pesar de que nuestros prejuicios modernos, y nuestra deformación intelectual, nos haga a veces tan sordos, tan sórdidos.

Al terminar estas casi doscientas páginas, pensé: No sé si tengo que ser otro. No hay nada como tener un infierno para volver a creer en un Dios. La forma de recordarnos que puede existir el tormento es infinitamente suave en Jesús Rodríguez Ortiz. Pero algo debe haber hecho para que al terminar su libro pensemos, con cierta intensidad, que hemos de volver a cambiar. De nuevo.

Todavía no lo he dicho, pero lo pienso. Sobre la crianza nos sirve además para lograr una mundana santidad que puede vencer el miedo, el feroz despotismo de la economía y las humillaciones diarias que sufre nuestro frágil orgullo.

Me refiero a este Yo que ha sido elevado al pedestal para después meternos en una trampa erizada de coacciones. Es de agradecer a Rodríguez Ortiz una minuciosa lección sobre una crianza, la nuestra, que ha de ser perpetua.

24 abr 2022 / 01:01
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