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sábado, 28 noviembre 2020
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Vidas reales e irreales

    COMO ya conté el sábado, no he podido evitar atarme a la cuarta temporada de ‘The Crown’ (Netflix). No es una admiración por los monarcas y sus vidas, reprimidas o exageradas, tal y como se describen, sino por la forma de contarlo. Desde esos títulos de crédito, cuya forma y tema musical remiten a los de ‘Juego de Tronos’ (al final, siempre es el poder, estúpido), hasta las excelentes interpretaciones de las que hablábamos el otro día. La gran virtud de la serie consiste en poner sobre la mesa la realidad imaginada o supuesta, o, en algunos casos, la realidad más o menos conocida, frente a la llamada realidad oficial. Es fácil con los que ya no están vivos, que son muchos, a pesar de su longevidad, pero supongo que no tanto con lo que se encuentran en alguna gala o cóctel con los actores que los han representado.

    La lucha entre la vida doméstica y la vida de cara al exterior es muy rentable para una producción así. Como ya dijimos, nada que no haya sido muy aprovechado por la literatura o por el cine. Lo que anhelamos es conocer el momento en el que el símbolo se desnuda y deja de serlo, en la intimidad. El instante en el que esa convención deja de tener sentido, o, al menos, ya no necesita seguir un guion marcado. Una cosa es lo que esperan los antiguamente conocidos como súbditos y otra muy distinta lo que espera el espectador de un patio de butacas. Lo que esperamos de ‘The Crown’ es que nos deje ver el lado oculto, la vida interior, las experiencias de seres de carne y hueso que han de mantener como sea el relato de su excepcionalidad.

    Desde luego, la vida interior es más auténtica, aunque, como vemos en esta serie, está llena de imposturas y de hipocresías. Nada que no suceda al resto de la humanidad. Recuerdo la mirada despectiva del personaje del Duque de Windsor, ese rey tan breve, contemplando la coronación, televisada contra todo pronóstico, a la que no acudió finalmente porque no se cursó invitación a su mujer, la norteamericana Wallis Simpson. Las palabras que un gran Alex Jennings (que tanto lamentó su sustitución en la serie a partir de la tercera temporada) dedica a Isabel II, a la que describe crudamente como una mujer sin dotes especiales, a la que la historia (y, en el fondo, su propia decisión de abdicar) ha llevado a tan alta posición, revelan cómo suenan las tripas del poder que tantas veces no podemos escuchar.

    En realidad, a pesar de que ‘The Crown’ no se muestra ni mucho menos complaciente con la monarquía, más bien todo lo contrario, tampoco con la política, lo cierto es que deja entrever que a veces parece sometida a una representación de la que no se puede cambiar ni una coma, como demuestra la estupefacción de Churchill ante los intentos presumiblemente modernizadores de Felipe de Edimburgo. La monarquía se dibuja, pues, como una institución atrapada sin remedio en su propia naturaleza simbólica, produciendo un relato oficial y colorista y, al tiempo, una sublectura preñada de morbo y entretenimiento. Sin esto, la serie no tendría sentido. En ‘The Crown’ se nos quiere enseñar lo que no vemos. Y también lo que vemos, sí, pero abriendo el plano para que nada se oculte. O cerrándolo, para que se vean los gestos íntimos, las miradas y las lágrimas.

    23 nov 2020 / 00:00
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