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Viendo nacer y morir estrellas

    SUPONGO que no tendrán muchas ganas de ver las fotografías del firmamento si lo que hay que ver es la galaxia inextricable de la factura de la luz. Pero hagamos un esfuerzo, porque puede ser la alegría del verano.

    Por una vez, lo macro es lo verdaderamente bello. Siempre pienso que la macroeconomía nos resulta inalcanzable (aunque también pienso que la factura de la luz es realmente micro, incluso sus cifras lo son para los ojos cansados de los pensionistas, también para los míos, pero el gigantismo de las eléctricas retumba alrededor). El telescopio James Webb, esa maravilla, se zambulle precisamente en lo grande, en lo inalcanzable, incluso en lo que ya no existe, si se puede decir de esta torpe manera. Por supuesto, la microfotografía también puede ser asombrosa, faltaría más. Ahora, esta visión del universo, sea lo que sea, ese vislumbre de la luz que emitían las primeras estrellas después del estallido, resulta realmente incomparable.

    Así que deberíamos pasarnos el verano admirando galaxias. Ya sé que muchos salen en la noche a admirar las Perseidas, ya sé que, huyendo de la contaminación lumínica, muchos buscan lugares del campo donde, a simple vista, como Tycho Brahe, puedan sentir esa presencia de lo inabarcable. Me recuerda las noches de la infancia (otra vez), el paso de los meteoros, aquel asombro en medio del minimalismo rural. Aunque las estrellas verdaderamente fugaces de todo esto somos nosotros. Y llevamos camino de serlo todavía más. Gran cura de humildad que no queremos aprender.

    A Tycho Brahe el James Webb le hubiera venido de perlas. Pero, en fin, el tiempo, nunca mejor dicho, lo marca todo. Fue el matemático Kepler quien heredó todo ese poder de observación. Con mis pobres ojos (es mi mayor parecido con Joyce, en este año de gozosa celebración: por algo se empieza... o se termina) siempre he sido un observador mediocre, en general, no digamos ya de las estrellas (de todo tipo), pero en cambio creo que se me da bien inventarme las observaciones. Afortunadamente, el Webb te las trae a la pantalla del móvil y del ordenador con tal nitidez y tal grandeza que no es necesario inventarte nada. Más allá de su valor científico, a buen seguro extraordinario, está la belleza. Para los profanos, y también para los astrónomos. También a ellos les inspira la belleza, aunque amen los datos sobre todas las cosas.

    Claro que esa belleza que brilla en las fotografías del Webb, suele responder a grandes cataclismos, a brutales explosiones o colisiones. Lo sublime, que decían los Románticos. También en el nivel micro se dan cosas terribles. La naturaleza se abre camino así. Lo que vemos nos habla del origen del universo y nos enseña qué ocurre con él. No lo sabemos todo, ni del universo ni del cerebro... y quizás sean las dos cosas más importantes para entender todo lo demás. Ayer, por ejemplo, el Webb nos sirvió la galaxia Rueda de Carro, cuyos anillos denotan, cómo no, una primigenia colisión. Y seguro que llegarán otras maravillas que quizás contemplemos menos que otras imágenes vulgares.

    No me gusta demasiado (quizás lo he hecho yo mismo) esa invitación a no mirar los horrores del mundo, que hierve ahora mismo en varios sentidos, y dirigir nuestra mirada a los cataclismos del universo, esa belleza terrible. No: si no somos conscientes del dolor cercano seguro que se multiplicará. El universo, por su parte, ya va a lo suyo. No le importamos nada.

    05 ago 2022 / 01:30
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