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La persecución de los cristianos en Afganistán

Afganistán fue el hogar de distintas religiones antes de la conquista árabe. Allí se asentó el budismo en el año 305a.C., llegando a ser la más difundida de las religiones preislámicas. También los judíos vivieron en Afganistán durante más de 1.500 años, y el zoroastrismo, que había nacido en la región de Bactriana, fue también una de las religiones dominantes en un país en el que estuvo presente el hinduismo conviviendo con el cristianismo.

Pero en la actualidad solo se reconoce a una religión como la oficial del estado, y esa religión es el islam. Ya no queda allí ningún budista, y la comunidad judía se había reducido a una única persona, que acaba de abandonar el país por razones de seguridad personal, ante la expansión creciente del poder talibán. El zoroastrismo no es reconocido como una religión, pero algunos afganos musulmanes, que se consideran arios y por eso suelen admirar al nazismo y a su líder Adolf Hitler, cuyo libro Mi Lucha tiene bastantes lectores en el país, deciden celebrar y compartir algunos aspectos de esa antigua religión persa. Con todos ellos conviven los hindúes, que son una de las minorías religiosas más perseguidas en Afganistán, y los cristianos, que son un número muy reducido, pero que han vivido su propia historia en esta región del mundo.

Tras la expansión musulmana y la conversión forzosa del antiguo reino de Jorasán al islam, la intolerancia religiosa se impuso progresivamente sobre las demás religiones. A los judíos y a los cristianos se les permitió practicar su fe, pero la inmediata división de Jorasán entre los reinos de Irán y Afganistán hizo que los cristianos afganos tuviesen que sufrir un adverso destino. La mayoría de estos cristianos eran armenios, y habían llegado a Kabul desde Lahore (en el actual Pakistán), pero esa hasta entonces única iglesia cristiana fue destruida por las tropas inglesas durante la segunda guerra anglo-afgana.

Según contaba el reverendo Allen en el año 1842 en ese momento el número de cristianos armenios de Kabul se redujo a 35. Hasta entonces la diócesis de Julfa de Isfahán enviaba sacerdotes para el servicio de esa comunidad, pero a partir del año 1830 ya ningún nuevo sacerdote llegó a Afganistán. En todo el período en el que la iglesia armenia estuvo viva en Kabul se dice que solo un individuo se llegó a convertir el cristianismo. Decían las malas lenguas que en realidad iba a la iglesia a robar, pero cuando fue sorprendido in fraganti se salvó diciendo que a lo que iba era a intentar convertirse en un cristiano.

Cuando, tras largos años de exilio en Asia central, Amir Abdul Rahman consiguió hacerse con el poder en Afganistán, gracias a la ayuda política, financiera y militar del imperio Británico, lo primero que hizo en este sentido fue invitar a los cristianos armenios a que se asentasen en Kabul, pero tras la expulsión de los armenios, que culminaría con su genocidio en la Turquía del siglo XX, el califa otomano Abdul Amid II, escribió al nuevo rey de Afganistán para que expulsase también a los armenios de su país, lo que así hizo en 1897. No consiguió, sin embargo, que ese fuese el fin del cristianismo afgano, porque un reducido número de creyentes continuó practicando su religión en medio de muchas adversidades.

En la actualidad solo queda una única iglesia católica en este país, y se trata de la capilla de la Embajada de Italia, a la que tienen prohibida la entrada todos los habitantes. No se puede saber exactamente cuál es el número de cristianos, pero según diferentes fuentes debe de oscilar entre 3.000 y 5.000 personas que se reúnen en secreto en sus casas de las grandes ciudades del país para practicar su fe. Y esto es así porque, como ocurre en la mayoría de los países musulmanes, en Afganistán se practica una violencia institucional contra los creyentes de las demás religiones y se persigue con saña a todos los que se puedan considerar como apóstatas o conversos a ellas, pero sobre todo si se trata de cristianos. Por eso esas personas están obligadas a llevar una doble vida, fingiendo que todavía son musulmanes. Si una persona se convierte a cristianismo y abandona el islam es considerado como apóstata. Y aplicándole la ley islámica, la sharía, se le pueden confiscar todos sus bienes y es obligado a divorciarse, quiéranlo él y su esposa o no. Por eso los conversos tienen que ocultar su fe ante amigos, ante sus familias y ante la sociedad y seguir cumpliendo de un modo fingido los preceptos del islam.

A comienzos del siglo XX hubo un crecido número de conversiones al cristianismo, y durante algunos años los fieles de las distintas religiones coexistieron pacíficamente, pero todo cambio en el 1973 con el golpe de estado que puso fin a la monarquía, seguido por otro en 1978, que llevó a facilitar el dominio soviético, y por el gobierno de los muyahidines y la guerra civil que se inició en 1990 y culminó con la implantación del dominio talibán. Fue esa la peor época para los cristianos afganos, pues el líder talibán, el mulá Omar, ordenó destruir y arrasar todos los edificios que pudiesen ser utilizados como iglesias. Según cuenta un cristiano superviviente, al que salvó su extraordinaria memoria, pues como se sabía el Corán de memoria y lo recitaba en los interrogatorios pudo hacer creer que era musulmán, muchos conversos cristianos acabaron muriendo en las prisiones cuando los talibanes los torturaban hasta que confesaban los nombres de otros cristianos, que progresivamente iban siendo detenidos y torturados uno tras otro.

Pero lo curioso del caso fue que el fin del dominio talibán no mejoró la situación de esta mínima comunidad religiosa, pues, aunque la constitución nacional reconoce la libertad religiosa, en realidad el islam es la religión oficial y exclusiva, y abandonarla es considerado delito. Están en vigor leyes contra la blasfemia y el mayor enemigo de la libertad religiosa es el propio gobierno, aliado con los grupos extremistas. Los conversos a otras religiones son perseguidos, detenidos, y a veces linchados por sus vecinos. Son torturados al ser detenidos, y como no hay una iglesia oficial, no se conoce el número de conversos. Solo un cristiano sabe quién es también cristiano. Y como eso no se puede decir el culto se practica en secreto, pero nunca en domingo, porque si se hiciese en ese día de la semana podría ser localizado más fácilmente por el vecindario o la policía.

En los últimos años los clérigos musulmanes, que nunca condenan el terrorismo islámico ni los crímenes de los talibanes, han organizado manifestaciones en distintas ciudades para pedir la expulsión del país de todos los que pudiesen ser considerados como misioneros. Así en 2006 el “Festival de la Paz”, que debía durar tres días y estaba organizado por el Grupo cristiano de Solidaridad y Ayuda, de Corea del Sur, fue cancelado y todos los miembros de grupo que habían entrado en el país con un visado de turistas fueron inmediatamente expulsados de él.

En el año 2010 crecieron las protestas en contra de la supuesta predicación del cristianismo y la creciente, e imaginaria, presencia de misioneros. El entonces jefe de la Dirección General de Seguridad, y ahora vicepresidente primero, declaró solemnemente en el parlamento que la predicación del cristianismo se trataba de un “juego de guerra”, planificado por los servicios de inteligencia de los países vecinos, y que no suponía un peligro real. Pero a la vez reconoció que 13 organizaciones no gubernamentales de cooperación eran sospechosas de practicar el proselitismo cristiano y que había que tomar medidas contra ellas.

En el año 2014 cuando Ghani llegó a la presidencia del país, se creyó que su esposa Rula Ghani era una libanesa cristiana, y se pensó que este hecho podría ayudar a mejorar la situación de las minorías religiosas cristianas. Pero en 2015 la mujer del presidente declaró que era de etnia pastún y religión musulmana. Fue todo un jarro de agua fría para la minoría cristiana y todos quienes defienden la libertad religiosa.

Quienes gobiernan ese país, los pastunes, tienen una distorsionada visión del mundo, de sí mismos y de su nación, que les lleva a no saber distinguir lo que es bueno o malo para su país y su propia seguridad. Mientras dejan que los conversos al cristianismo y quienes critican al islam sean detenidos y torturados en prisiones de alta seguridad, liberaron a 5.000 terroristas talibanes, tirando piedras contra su propio tejado. En 20 años han muerto en Afganistán más de 70.000 civiles, más de 74.000 soldados de su ejército nacional, 3.500 de las fuerzas internacionales y más de 82.000 talibanes. Pero no importa. Se ha decidido mirar para otro lado, cuando Occidente da por terminada una misión que ha costado a los EE. UU. más de 1 billón de dólares -a España más de 3.500 millones de euros-, cuando el gobierno, que negocia con los talibanes como partido sensato, a la vez los acusa de asesinar a 87 niñas de entre 11 y 15 años y dejar heridas y mutiladas a 162 en un colegio de Kabul, cosa que ellos niegan, echando la culpa a otros grupos idénticos a ellos mismos, para no deteriorar cara a la galería su imagen de futuros gobernantes con los que las grandes potencias pueden sentarse en conferencias internacionales.

Así continuará la historia, la eterna historia de los verdugos y las víctimas de esa “república del silencio” que es Afganistán, en la que seguirá sin escucharse la voz de los oprimidos, ni tampoco nadie dirá ante la multitud: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados”.

19 may 2021 / 01:00
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