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Lo que me queda de mi patria

Después del 15 de agosto ya nada volvió a ser igual en Afganistán para muchísimos miles de personas. La tragedia solo comenzó a ser visible cuando llegaron las imágenes del aeropuerto de Kabul y los miles de personas intentando entrar en él para salvar sus vidas, y las imágenes de los desesperados que pretendieron salir agarrados a un gigantesco avión militar. Miles tuvieron la suerte de poder ser evacuados, pero muchísimos más se quedaron allí, esperando que tenga lugar la “gran venganza” prometida por los talibanes.

Con la caída de Kabul comencé a recibir decenas de mensajes de mis amigos españoles y también de otros países, a los que había podido conocer en mi estancia como estudiante Erasmus. Todos expresaban su solidaridad, su apoyo y su cariño para conmigo, mi familia y para el país del que provengo. Pero también comencé a recibir mensajes de mis amigos de Afganistán que habían decidido quedarse allí. Quiero contar parte de lo que me dijeron.

Un amigo mío, profesor de lengua en el instituto de Herat, que era originario de la provincia de Daikundi en el Hazarayat, me dijo: “allí solo podéis ver las imágenes trágicas de gente que tiene que abandonar sus casas y los bienes que consiguieron ganar con el esfuerzo de toda su vida, pero aquí en Daikundi yo veo a los talibanes tal y como realmente son. Solo puedo decirte que la dureza de vivir bajo los talibanes es muy difícil de explicar.

Siempre van armados, asegurándose de que ninguna mujer vaya a trabajar. Se pasan día y noche buscando a los soldados del ejército y la policía. Desde que anunciaron su amnistía ya han asesinado a doce soldados prisioneros y a cinco civiles. En las aldeas del distrito de Khidir los talibanes piden a los campesinos, o un fusil por cada familia o 100.000 afganís (1.000 euros). En la capital, aunque hay baños públicos en el distrito central de Nili, los talibanes defecan al aire libre, o en la oficina del antiguo gobernador, convertida en estercolero. Un talibán es en realidad un verdadero insulto contra la dignidad de la vida humana”.

Otro amigo, ex empleado del Ministerio de urbanismo y ordenación del territorio, y ahora en paro, dice que, desde el retorno de los talibanes, “todos los días emiten por el canal de la televisión sus éxitos militares, que incluyen sus ataques suicidas, con sus suicidas y sus cinturones bomba, explicando como así consiguen derrotar al enemigo”. Cuando le pregunté qué se siente al vivir en el Kabul de los talibanes, continuó hablando con un nudo en la garganta: “es casi imposible que puedas conseguir imaginarlo. Es muy doloroso, el dolor te atraviesa la sangre, la carne, los huesos y todo tu ser. Los talibanes han saqueado mi antigua oficina. No se ven mujeres en las calles de Kabul. Los bancos , tras dos semanas cerrados, solo dejan sacar 200 dólares a la semana. La ciudad parece muy sucia y huele muy mal, porque han despedido a todo el servicio de limpieza. Ya no es que Kabul fuese una ciudad muy limpia, pero ahora está mucho peor. Escuelas, universidades, casi todas las oficinas, librerías y cafeterías o restaurantes, todo está cerrado. Los soldados y los trabajadores de las ONG están escondidos, o intentan escapar a Pakistán.

No queda mucha esperanza para vivir bajo los talibanes, cuya especialidad es poner bombas en las calles y matar a la gente a discreción. Solo se puede intentar sobrevivir. Cuando subo a las montañas de los alrededores para ver Kabul e intento recordar cómo era, me parece que ha llegado el fin del mundo”.

Las mujeres han desaparecido de la vida pública y los medios de comunicación. Antes las televisiones privadas, como Tolo y Ariana, emitían canciones interpretadas por mujeres, pero tras el 15 de agosto solo hay programas de recitación del Corán o de canciones religiosas de los talibanes, que forman parte de su propaganda. Las radios y televisiones o han dejado de emitir o emiten propaganda talibán.

El 2 de septiembre un grupo de mujeres en Herat salió a la calle para pedir su derecho a participar en la vida pública. Basira Taheri, directora de una escuela femenina y una de las organizadoras de la movilización dijo en una entrevista a Afghanistan International, un canal persa que emite desde Inglaterra y está financiado por Arabia Saudí: “se le ha dicho a las maestras que no podrán dar clase a niños de más de 14 años. Eso significa que muchas se quedarán sin empleo. Las mujeres ven en peligro sus trabajos en la educación. Ni siquiera pueden ir a las delegaciones de educación si no van acompañadas por un varón.

Los talibanes dicen que reconocerán su derecho a trabajar, pero en realidad las marginan más cada día”. Al preguntarle por la situación de las mujeres en Herat, dijo: “en realidad muchas mujeres es como si hubiesen muerto ya. Yo sufro una depresión aguda, al ver cada día más cómo no voy a poder hacer nada y tendré que quedarme en silencio. Pero, a pesar de todo seguiremos protestando para decir que queremos nuestros derechos y que no tenemos miedo, por mucho que nos amenacen”.

Cuando a comienzos de año comenzó la ofensiva talibán en el campo, lo primero que hicieron fue destruir las torres de comunicación para dejar a la gente aislada del mundo exterior. El mundo sabía lo que pasaba en el aeropuerto de Kabul, pero no en docenas de provincias anónimas. Un amigo de la provincia de Ghazni me dijo el 3 de septiembre: “desde su llegada los talibanes han estado extorsionando a la gente de Daikundi, Ghor, Bamian, Ghazni y Urozgan y las demás provincias vecinas. Les quitan la comida y los obligan a pagar un diezmo de sus cosechas, de todo lo que tiene valor, la casa, la motocicleta, el agua, los pozos y los sacos de patatas”. En estas provincias la gente es muy pobre y las aldeas han estado sufriendo un gran sequía y carecen de toda clase de infraestructuras.

Al llegar a Bamian los talibanes destruyeron la estatua del líder hazara Mazari, asesinado por ellos mismos en 1993. En Daikundi también destruyeron la estatua de Shirin Hazara, una niña que escapó de los soldados de Amir Abdul Rahman en 1890 y se arrojó por un barranco de las montañas de Urozgan y es considerada como un modelo de virtud y castidad por los hazaras. Cuando le pregunté a un sociólogo de Daikundi por los motivos de los talibanes, me dijo: “saben que los hazaras no tienen armas y no pueden hacerles frente, pero intentan provocarlos para que se les enfrenten y así poder masacrarlos. Los talibanes son conocidos por odiar a los hazara y a las mujeres.

Por desgracia los programas de desarme de la ONU de 2003-2005 hicieron que entregasen las pocas armas que podían tener. Pero hubiera sido igual, porque los talibanes están mucho mejor armados y son mucho más salvajes. Por eso matan a civiles sin motivo y nadie llega a saberlo porque los medios de comunicación solo emiten el Corán y los cantos de la yihad, y los medios de comunicación internacionales solo hablan del aeropuerto de Kabul y la lucha en el valle de Panjshir”.

Cuando mi amigo me preguntó qué planes tengo, no supe qué responderle. Le dije que no tengo de qué quejarme, porque España es un gran país y las autoridades españolas siempre me han tratado bien. Hace unas semanas estuve haciendo cola con cientos de jóvenes para vacunarme. Todo estaba muy bien organizado, pero eso es solo una pequeña parte de los servicios que el estado presta a los ciudadanos. Me emocioné mucho y pensé que ojalá que Afganistán fuese como España: un estado que funciona y considera a sus ciudadanos iguales ante la ley. Pero ese deseo no se hizo realidad, porque Afganistán no es como España, porque para logra eso hacen falta muchos esfuerzos individuales y colectivos.

Hace un año mis alumnos talibanes me dijeron con una sonrisa sardónica que me uniese a ellos y trabajase para ayudarlos. Ese día sentí que para mí todo había acabado, toda mi vida como una persona crítica, que luchaba contra el islamismo político violento. Me marché de Afganistán, porque pude llegar a España gracias a mis profesores, a su gobierno y a muchos otros amigos y sus familias a los que estaré agradecido toda mi vida.

Desde mi llegada me sentí seguro, acabé un máster, a pesar de haberme incorporado tarde y de mi situación personal y familiar, y escribí decenas de artículos. A pesar de estar aquí siempre seguía pensando en Afganistán, pero sobre todo desde hace tres semanas, cuando vi lo que le había pasado a mi país, y me puse enfermo al ver como mi familia no había conseguido huir de Herat a Irán. Un amigo me dijo que no perdiese la esperanza, y me animó diciéndome que las tres grandes religiones monoteístas alaban la esperanza como un medio para poder llevar la vida. Cuando le pregunté cuáles eran sus planes, me dijo con un nudo en la garganta: “mi plan y el de mi familia es resistir. Resistiré para poder sobrevivir. No tengo planes de irme a ninguna parte. Y si muero, prefiero que la energía de mi cuerpo sea absorbida por las montañas, los árboles y el suelo del Hazarayat”.

Cuando me recordó la importancia de la esperanza, me acordé de lo que dijo el filósofo, judío y alemán, Walter Benjamin: “la esperanza solo se logra desde su búsqueda en la desesperanza”. Yo creo que si, ¡Dios no lo quiera!, algo le pasa a mi familia porque alguien cree que no cumplo los requisitos para lograr el derecho de asilo, y no se me reconoce el derecho a vivir, que ¡por lo menos! se me reconozca el derecho a morir, y si, ¡Dios no lo quiera!, algo le pasase a mi familia, entonces lo único que me quedaría para dar sentido a mi vida sería irme a mi patria para que algún día también a mí me mate un talibán.

07 sep 2021 / 01:00
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