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viernes, 25 septiembre 2020
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Bata de felpa, ese horror incuestionable

{ESCAFANDRA ANTIVIRUS}

Amuermado sobrino, ya sabes que he convertido mi mansión victoriana en una especie de búnker blindado contra todo tipo de virus y aquí pienso permanecer aunque se descubra una vacuna eficaz al cien por cien. Me he vuelto un lobo solitario que siente una creciente aversión por la gente y no pienso salir nunca más de mi morada, donde acabo de instalar un nido de ametralladoras por si alguien osa acercarse a dejar un paquete o la guía de teléfonos, porque yo, como bien sabes, detesto las agendas electrónicas y sigo siendo fiel a las páginas amarillas. También he recuperado del desván la bella escafandra de bronce que heredé de mi tío abuelo sir James Friedmint von Snacker, aguerrido submarinista de la Armada que falleció sin honores al ahogarse en la bañera de su residencia veraniega de la Selva Negra. Según la rumorología familiar, el luctuoso suceso ocurrió mientras nuestro pariente, ya jubilado, estrenaba la primera cabina de ducha dotada con chorros de masaje, justo a los pocos segundos de activar la posición Relax Xtreme, pero yo creo que en realidad se ahogó porque antes de meterse en el agua se había ventilado dos botellas de whisky de Tennessee. Con dicha escafandra, te decía, me paseo por casa sin temer a los bichos víricos que puedan pulular por el aire y solo me la quito para leer este nuestro periódico y los libros que me envían, mediante mensajeros conocidos y convenientemente desinfectados, mis viejos amigos Ubaldo Rueda y Mario Clavell. El primero me regaló la ultima obra ganadora del Premio Novela Europea Camino de Santiago, Tierra de Campos, de David Trueba, al que admiro bastante pese a su aspecto y talante jipi, y el segundo, un libro de su autoría de cuya lectura he disfrutado mucho durante mi confinamiento perpetuo y voluntario. Se trata de Los caracoles también llegan a Santiago, donde el profesor jubilado narra con cierto toque british sus múltiples peripecias en la Ruta Jacobea. Si algún día viene a visitarme, bailaremos una sardana junto a la chimenea y nos zamparemos unos caracoles a la llauna, manjar muy de su tierra, aunque yo personalmente los prefiero cocinados al estilo madrileño. Debatiremos sobre ello ante un buen ron cubano.

{DECORO EN EL PROPIO HOGAR}

Como bien sabes, torpe Damián, en los últimas semanas un sinfín de expertos en Psicología y otras disciplinas nos han bombardeado con mil consejos sobre la conveniencia de vestirnos bien pese a estar enclaustrados en casa y de huir, por lo tanto, de los infames chandales, los pijamas ordinarios y los ropajes de baratillo que la gente vulgar se pone nada más cruzar el umbral de sus moradas. A todos esos especialistas he remitido cartas para aclararles que yo fui un adelantado en dicha temática, hecho que puedo demostrar a través de las múltiples conferencias que he pronunciado en las últimas décadas con títulos tan llamativos como Quítate de una vez el albornoz, pedazo de mamón o La bata de felpa, ese horror incuestionable. Yo, en casa, siempre llevo puesta una capa ligera fabricada en lino egipcio y unas babuchas muy elegantes con pedrería de colores incrustada, aunque últimamente también me pongo a menudo, por ofrecer más protección, la armadura templaria que compré el año pasado en el West End londinense. Mucho me temo que se trata de una pieza falsa y que, más que templaria, es made in Taiwan, pero al menos supongo que sirve para mantener a los virus a raya. He de hablar con el catedrático de Historia José Manuel García Iglesias para ver si sabe datarla con precisión y también con el reconocido epidemiólogo Juan Gestal, no vaya a ser que un simple pijama de mercadillo proteja más que el citado traje de hojalata. Te iré informando de lo que acontezca.

{CAMA RESERVADA EN LA UCI}

También he de contactar de forma rápida con la gerente de nuestro complejo hospitalario, doña Eloína Núñez, a la cual deseo trasladarle la petición de que me reserve de forma permanente, para uso exclusivo, una de las nuevas camas con las que contará el Servicio de Urgencias y su correspondiente equipo sanitario. Otras muchas súplicas similares que le he transmitido en los últimos tiempos no fueron atendidas como yo desearía, pero no pierdo la fe en convencerla de tratar con más tacto a los aristócratas de cuna. Supongo que habrás leído, Damián, de que dicha área va a experimentar una notable ampliación con el fin de evitar posibles colapsos si el covid da la lata más de la cuenta cuando el otoño de mis ventanas vuelva sus mustias brumas a colgar, y yo deseo contar con atención personalizada en esa zona de nueva creación si algo me llegase a suceder. Ya sabes que los muy nobles detestamos ir a los hospitales, más que nada porque lo adecuado es que los médicos vengan a vernos a nosotros, pero últimamente me he vuelto muy aprensivo y prefiero ser atendido in situ donde se encuentran los quirófanos y las salas de cuidados intensivos. Estoy redactando sendas cartas a los doctores Plácido Mayán y Cristóbal Galbán, máximos responsables de la UCI del CHUS, para que también tengan en cuenta mis peticiones de atención preferente y espero darte buenas noticias al respecto en un corto periodo.

{NO ME LLAMAN DEL IDIS}

Una cuestión que me preocupa sobremanera, alelado sobrino, es no haber recibido aún llamada alguna por parte del Instituto de Investigación Sanitaria de Santiago para que me incorpore a su selecto grupo de científicos. Leí el otro día en EL CORREO los muchos éxitos que ha cosechado la institución y los muchos cerebritos que ha fichado en los últimos tiempos, pero parece que no han valorado lo suficiente los trabajos que he realizado sobre cómo afectan diversas enfermedades vulgares a los que no somos jipis y tenemos sangre azul. He de telegrafiar al doctor José Castillo para ver qué ha pasado ahí, pero estas cosas no me gustan, Damián. No me gustan nada.

13 jul 2020 / 01:00
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