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La ciencia, cenicienta de la Historia

    Historia: gustos y conveniencias

    Que la historia gusta a la gente, está fuera de toda duda. Son numerosas las publicaciones periódicas, científicas o de divulgación, que están al alcance del estudioso especializado, del aficionado con formación o del público en general.

    No hay más que ver cómo han proliferado las novelas históricas, las revistas de alta, media y baja divulgación, o las películas basadas en hechos reales.

    Esto contribuye a una mejor formación e información del público y más vale leer estas cosas, en mi opinión, que la prensa rosa o sensacionalista.

    No obstante, se observan algunas cuestiones inquietantes según los diversos autores que se enfrasquen en las diferentes opciones señaladas.

    Pondré algunos ejemplos.

    Por una parte los inefables pseudohistoriadores al servicio de políticas más o menos insólitas, como esos que pretenden convencernos de que Colón, Santa Teresa de Jesús, Miguel de Cervantes, Genghis Kahn y Judas Iscariote eran catalanes. Ni más comentario exige.

    El cine y la televisión

    Son encomiables los esfuerzos que, con carácter general, hacen productores y directores de series y películas históricas para ser respetuosos con vestuario, vehículos, mobiliario y objetos diversos de época, no así el lenguaje, que presenta pintorescos anacronismos.

    Atrás quedan aquellas películas de domingo por la tarde, a las que nos llevaban a los niños, con entrada reducida para militares sin graduación, en las que, de vez en cuando, se veía un afanoso soldado romano liándose a mandobles de espada, luciendo un hermoso reloj de pulsera. O combates masivos en la Grecia antigua en los que destacaba la estela de algún avión que pasaba en el momento de rodar, o un superpetrolero en el horizonte.

    En el tratamiento de algunas cuestiones de ciencia la imprecisión es absoluta.

    En cierta ocasión en la interminable y plúmbea serie de ficción, El secreto de Puente Viejo, se empeñaron, ¡vaya vd. a saber por qué! en introducir la figura real del Dr. Nóvoa Santos que, desde Santiago -la acción transcurría en 1924- se desplazaba al pueblo a atender a una diabética, a petición del médico del lugar. Hasta ahí, bien. Con tal motivo, me consultaron algunas cosas, haciéndome caso omiso. Así, el profesor Nóvoa que era más bien bajo y recio, y disfrutaba de una envidiable cabellera negra, que en el momento de la ficción tendría 39 años, fue representado por un actor alto, completamente calvo y de unos 60 años bien llevados, cuando D. Roberto Nóvoa falleció a los 48 en Compostela, en 1933.

    El dichoso estetoscopio

    Otra obsesión es la de poner un estetoscopio en cuanto ambiente médico se recrea, sea del siglo que sea. Como si lo hubiera inventado Hipócrates en el siglo V a.d.C, en lugar de Laennec en 1816.

    Así se da la paradoja de que en la serie La cocinera de Castamar, actualmente en antena, ambientada en el reinado de Felipe V, que falleció en 1746, haya aparecido un médico auscultando a una de las protagonistas, con un estetoscopio de madera, que inventaría Laennec, al menos unos 70 años más tarde.

    Lo mismo me pasaba en la serie Hospital Real, que transcurría a finales del S. XVIII. Cada vez que entraba en el anfiteatro anatómico del excelente actor Antonio Durán ‘Morris’ tenía que retirar dos estetoscopios monoaurales o “de trompetilla”, desarrollados hacia 1860-1870, porque faltaban más de 80 años para su invención.

    ¡Qué pecado habrá cometido nuestro imprescindible estetoscopio o ‘fonendo’ para los amigos?

    Aficionados de alto riesgo

    La ciencia, como el fútbol, tiene sus hooligans. Historiadores “de fondo norte” que con dos lecturas superficiales, mal digeridas, se tiran a la piscina y nos flagelan con imprecisiones, errores e interpretaciones sesgadas que, desgraciadamente, quedan como palabra de Dios, para quienes desconocen el asunto.

    D. Santiago Ramón y Cajal es una víctima recurrente de estos. Pero no se crean que es cosa solamente de gentes de dos lecturas. El profesor López Piñero (1933-2010) eminente catedrático de Historia de la Medicina de Valencia, en su última e imprescindible biografía de Cajal (Santiago Ramón y Cajal. Eds. UV. 2006), la emprendió a merecidas collejas con, nada menos, que Ortega y Gasset y Severo Ochoa, demostrando contra ambos sabios de otras disciplinas cómo ha existido ininterrumpidamente Histología española desde Crisóstomo Martínez (1638-Ca. 1694) hasta nuestros días, tirando por tierra el necio tópico de la individualidad absoluta e insólita de Cajal.

    Ayudas inestimables

    Afortunadamente hay personas de otras áreas que tienen sensibilidad histórica y hacen aportaciones formidables. Es el caso del profesor Alonso Montero, que tuvo el gran detalle de incluir al final de la obra poética de Leiras Pulpeiro (1854-1912), en la BAG los Apuntes para la geografía médica del distrito municipal de Mondoñedo, que compuso Leiras con su colega el Dr. Pastor Taladrid, publicación rara poco disponible.

    Aficionados de calidad

    Como señalaba el Prof. S. Granjel en la necrológica de Goyanes Capdevila en 1964:

    La historiografía médica no había iniciado todavía entre nosotros su proceso de profesionalización; este concreto quehacer histórico lo cultivaban únicamente médicos que supieron aunar al ejercicio clínico, cumplido egregiamente, a una labor científica en ocasiones muy estimable, inquietudes intelectuales que les llevaron, casi siempre tras haber conquistado las más altas cimas del prestigio social, a adentrarse por los campos de la erudición y la literatura.

    Entre nosotros, no citaré vivos para no polemizar que es muy cansado, cabe señalar la obra histórico-médica de D. Miguel Parrilla Hermida, general médico y académico de la Ramycga y de D. Ramón Baltar Domínguez que, últimamente, anda algo azacaneado en una novela histórica peculiar, con poco de una cosa y menos de la otra.

    Será una delicia cuando todos cumplamos el viejo dicho de: ¡Zapatero, a tus zapatos!

    28 jun 2021 / 01:00
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