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La Real Academia de Medicina de Galicia-Asturias en la Epidemia de Cólera Morbo que asoló Galicia en el bienio 1833-34

Llega la epidemia

En aquellos tiempos cuando surgía una enfermedad contagiosa, en cualquier parte, se avisaba de ello enviando correos a las poblaciones vecinas, incluso las más alejadas. Ignorar, entonces, cual era el agente productor y faltando medicamentos curativos eficaces no quedaba otra que prevenir el contagio sometiendo a cuarentenas a quienes llegaban desde las zonas afectadas. Eso se hacía habilitando, para tal fin, edificios de poco o ningún uso situados en lugares geográficos aislados y hasta que se estimaba que había pasado el peligro. Para quienes viajaban en barco se elegían islas o lugares de la costa que tenían fondos marinos cuya profundidad permitía el atraque de los buques. En Galicia el paradigma de estos últimos lazaretos que así se les llamaba era la isleta de San Simón, en la Ría de Vigo. Las cuarentenas, es decir, periodos de cuarenta días de obligado confinamiento, garantizaban, según la experiencia, un tiempo suficiente para que perdieran su peligrosidad de contagio las enfermedades epidémicas.

La Real Academia desde Compostela

En el caso que nos ocupa la noticia del peligro llegó desde la Embajada de España en Lisboa, por oficio del Barón de Ranfort, quien comunicaba la sospecha fundada de que el Cólera Morbo asolaba la ciudad de Oporto y por tanto era evidente el riesgo de que se propagase a las zonas españolas vecinas: Extremadura, Castilla-León y Galicia.

Desde la ciudad de Santiago, donde entonces estaba instalada, la Junta Superior de Sanidad para Galicia, integrada por el Ayuntamiento de la urbe, la Capitanía General, el Arzobispado y la Real Academia de Medicina, creada por Fernando VII en 1831, se actuó inmediatamente acordando que se habilitase un lazareto para los transeúntes. Galicia recibía muchos venidos de otras partes de España (150) y de países europeos (34), a través de los Caminos de la Peregrinación Jacobea. En 1833 llegaron de Suiza, Francia, Portugal, Cerdeña, Italia y numerosísimos lugares de España, Ceuta incluida. También se acordó establecer dos hospitalillos donde pudieran confinarse a los enfermos residentes en la propia ciudad, acordándose que los gastos de tales infraestructuras (obras necesarias, camas y sus ropas, alimentación de los acogidos, gastos médicos, etc.) fueran aportados por las instituciones ciudadanas, sobre todo el municipio y una ayuda muy especial que, como se hacía siempre en casos similares, de resultados positivos, se solicitaba al Sr. Arzobispo, que entonces lo era, desde 1825, Fray Rafael de Vélez.

Para tales instalaciones se eligieron los siguientes edificios: como lazareto la fábrica de papel, propiedad de D. Nicolás Santa Marina, en el lugar de Brandía, en el camino de Santiago a Noia y distante más/menos tres kilómetros de la ciudad, a orillas del río Sarela. Tenía dependencias grandes y aireadas, una zona campestre amena, muy adecuada para sobrellevar el confinamiento, pero todo ello con el quebranto socio-económico de su dueño y empleados.

Para los hospitalillos se pensó en dos edificios ubicados en la zona extramuros de Santiago: uno el cuartel de infantería y caballería ubicado en el barrio llamado Río de los Sapos y el otro en el palacio donde estuvo La Inquisición, en el exterior inmediato de la Puerta de la Mámoa. El primero de estos hospitalillos recibiría a los enfermos en fase aguda y al segundo pasarían los que ya estaban convalecientes.

En ningún caso se hizo uso del famoso Gran Hospital Real, destinado exclusivamente a los enfermos de patologías no contagiosas, que siempre fue su destino.

Propagación del

Cólera en Galicia

Pocos días después de advertirse su presencia en Oporto, exactamente el 15 de febrero de 1833, la enfermedad se detectó ya en algunos lugares del arzobispado y en esos días fue manifestándose en Tui, Vigo, Muros, Corcubión, A Pobra do Caramiñal, etc., circunstancia que urgió la puesta a punto del lazareto y los dos hospitalillos ya mentados y de otros más donde las circunstancias lo aconsejaron.

La Real Academia de Medicina comisionó a dos de sus miembros numerarios más prestigiosos, los Dres. Fernández Mariño y Diego Troncoso para que, con la Junta de Sanidad radicada en Santiago, se hiciera un seguimiento médico de la enfermedad. Para ello, la Academia recibía información periódica de todo lo que a ese efecto ocurría en los lugares más importantes de Galicia y Asturias, a través de los informes que enviaban desde sus Distritos los Académicos Subdelegados, a los que, coordinados con los médicos ejercientes en su Distrito, daban información fehaciente, por escrito y de manera mensual, a la Institución. Sabemos, así, que la epidemia no fue excesivamente intensa que decayó a partir de los primeros meses de 1833 y que fue atenuándose hacia su extinción a finales de 1834.

Focos patológicos

especiales

El 13 de febrero de 1833 se manifestó uno en el barrio del Arenal (Vigo), con 24 enfermos en un día, posiblemente contagiados por la tripulación de un Barco Guarda-Costas, anclado en aquel puerto. En la misma fecha, el Académico Subdelegado de Muros confirmó allí igual patología, quizá derivada del mismo barco, aunque se la atribuyó también, por sus síntomas de vómitos moreneados, defecaciones biliosas, extrema frialdad corporal, miembros rígidos y dolorosos... al consumo de ostras en mal estado. De estos grupos fallecieron 10 personas, “todos ellos indigentes”. Felizmente, la enfermedad decayó pronto en esa zona advirtiéndose eso mismo en otras vecinas, como Pontevedra y Marín.

Es interesante advertir de que, sin embargo, este Cólera Morbo causó grandes estragos en Lisboa y otras ciudades portuguesas lo que, ya en aquel momento, desaconsejó que las ciudades portuarias españolas recibieran barcos de aquella nacionalidad.

En un desagradable paralelismo Francia sufrió una epidemia de Peste Bubónica, que combatieron con rogativas al milagroso San Roque, a quien se atribuían por haberla padecido, poderes milagrosos contra esa tremenda enfermedad, que no pasó a España.

Importancia de las Boticas

Eran, obviamente, las que surtían los medicamentos para estas patologías, en el caso del Cólera, de afectación gastro-intestinal, fundamentalmente antivomitivos, antidiarreicos y calmantes, todos fármacos de acción sintomática, no etiológica o activa contra el agente productor del mal. En Santiago había 9 de tales establecimientos y también tenían uno cada una las siguientes localidades: Pontevedra, Caldas de Reis, Padrón, Rianxo, Noia, Puebla del Deán, Muros, Corcubión, Ponte Maceira, Serra de Outes, Vilagarcía y Cambados.

Todas las boticas debían hacer acopio de 31 fármacos para aliviar los síntomas citados, que figuraban en una lista oficial elaborada al respecto. También abundantes sanguijuelas, entonces muy al uso...

28 mar 2021 / 01:01
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