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Pepe Carro, animal social

    su hijo gonzalo me dijo en el Tanatorio de Boisaca que le habría gustado “tener” a su padre diez años más. La muerte repentina es un hachazo, nada que ver con las velas que se van apagando. Pepe Carro era torrente y caudal, imparable si le dejabas coger carrerilla.

    Podía hablar del Apóstol Santiago o de la cura balnearia, de los peregrinos históricos o de la historia de la medicina, de la catedral de los Caminos o de la colegiata de Xunqueira de Ambía... ¡Cómo explicaba esta majestuosa iglesia ourensana una tarde de domingo a embobadas señoras que pasaban por allí! En la cercana localidad de Baños de Molgas, la Real Academia de Medicina y Cirugía de Galicia, que él presidía, había celebrado aquel fin de semana una sesión científica vinculada a los tratamientos con aguas minero-medicinales. “La cura hidrotermal da indicaciones precisas y útiles para el bienestar y alivio de ciertas dolencias crónicas, mejorando las condiciones de salud del paciente”, según destacó.

    Era uno de los muchos conocimientos que había acumulado durante una vida en la que multiplicó sus quehaceres, tal como comentó en la radio el gerente de la Asociación Balnearios de Galicia –Nino Amor–, también presente en la cita de Molgas. Tras la cena de la noche anterior, los tres reímos como nunca las ocurrencias, chascarrillos y epigramas que borbotaban cual manantial de su garganta. También en la radio, el hoy catedrático de Ortodoncia de la USC, David Suárez Quintanilla, rememoraba los viajes a Portugal de los años ochenta en su compañía, y la del catedrático de Griego –Isidoro Millán–, para visitar museos.

    En los prolegómenos de la Navidad pandémica entrevisté al profesor Carro Otero después del acto de presentación de un libro sobre el barrio de San Pedro, obra del salesiano Eugenio González. En el Instituto Teológico Compostelano habló de su tío Benigno Carro, que había ejercido la medicina en Argentina y era salesiano cooperador, subrayando que cuando él mismo visitó aquellas tierras americanas, la gente le hablaba con admiración de la bondad de aquel familiar directo que murió con “fama de santo”, según llegó a reseñar. Sobre su figura estaba nuestro hombre pergeñando una publicación que, ahora, no sé si verá la luz.

    Además de sus numerosos méritos académicos y profesionales, Pepito era ante todo un contador de historias y leyendas, un retórico seductor y un apasionado de Santiago de Compostela: “Tenemos una gran ciudad, hemos de ser sintónicos con ella, colaboradores con ella”, sentenciaba en la última respuesta de nuestra conversación grabada, a modo de legado y exhortación. Su voz, tan reconocible como impetuosa y empática, ya resuena en la Berenguela, donde reside la memoria viva de los santiagueses.

    02 may 2021 / 01:00
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