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¡Que no todo son leyes!

Nos aprieta la soga del queda restringido/ permitido/prohibido...

Tanto ordeno y mando normativizado, so pena de, vaya a saber qué, llega desde las altas instancias (reglas que antes aparecían en bandos municipales y ahora en Dogas y similares), desde el próximo entorno (el vecino aprendiz de Sherlock Holmes o la lengüetera vieja del visillo) y hasta con todo eso cargamos incluso en los apacibles senderos y paseos, donde, se supone, buscamos recreo y disfrute de los rayos solares.

Lo que a unos agrada, para otros es un estorbo, una amenaza o un sinsentido. Siempre ha sido así, pero hoy parece más acentuado y menos asimilado. ¿Será el efecto rebote de la crispación que se cuela de lo alto a lo profundo del valle? Lo que parece evidente es que se quiere marcar y tener bien determinadas las propias lindes, un mundo perimetrado y cuasi señalizado con un círculo o cuadrado, tal cual reflejo del arte pandémico, en el que no tienen cabida nada ni nadie más que lo que se le antoje al feliz pertrechado. Poco importa lo que queda al margen de ese cubículo tan armoniosa y artificialmente creado.

Semeja extraña contradicción esa cerrazón en tiempos en los que se busca un bucólico reencuentro con la naturaleza, una vida al estilo de los antepasados, etc. Con los smartphones de ahora, claro, que, si falla la pantalla o la wifi, ya no somos nadie. Y se entiende, porque complicado parece ya concebir otro modo de saber vivir (o ¿querer vivir?).

Este panorama no es un invento del ahora. Hay cosas que no cambian por muchos milenios que sume nuestro viejo globo terráqueo ni por poco o mucho que duren las delimitadas parcelas antivirales.

La retahíla de regulaciones ya va siendo tan extensa e intrincada que se equipara –para quienes somos profanos– a los complejos índices bursátiles. Imposible retener en la cabeza tanto sube y baja.

Y eso pese a que algunos, siendo del siglo pasado (entiéndase, s. XX) aprendíamos de críos conceptos y textos que parecían inabordables. Y aquí estamos. Muchos recordarán las tablas aritméticas, las reglas de la gramática (española, claro), los ríos y afluentes... Y también aquellas oraciones que de niños nos entraban como por ósmosis. Memorizar el Avemaría, cosa fácil; el Padrenuestro, nivel medio, la Salve... uf, ya casi para nota. Los Diez Mandamientos, bueno, todavía sin problema, aunque mejor los Siete Sacramentos, que eran tres menos. Las Bienaventuranzas y Obras de Misericordia, harina de otro costal: había que hincar los codos y ponerle empeño.

A pesar de todo, las ideas madre quedaban retenidas de modo indeleble en la mente. Eran como la levadura o fermento del pan que, si es bueno, contiene la misma masa madre de siempre, de la auténtica barra o mollete. Entre padres y maestrillos y librillos de distinto cariz, la cadena de ese bagaje de formación inicial, natural y humana, solía calar y sin traumatizar a nadie.

En tiempos revueltos o más aturullados, es difícil pararse a distinguir el trigo de la paja. Al intentar asumir tanta exigencia nos topamos con otras cuestiones que suscitan –es la cruda realidad– no poca controversia. ¿Sabemos sopesar bien, por caso, qué está permitido?... Matar al no nacido porque no tiene voz ni emite palabras; promover el fin de quien es un lastre insostenible porque ni razona ni siente; dejar que los menos favorecidos (¡dichosos eufemismos que meten a todos en el mismo saco!) no nos perturben ni el sueño, ni el bolsillo y, menos aún, la conciencia (¿existe? ¿dónde anda?); permitir que los jóvenes vayan de vicio en vicio que luego, o antes o de pronto, catalogarán como nuevas enfermedades; confundir ocio con cultura, arte con esperpento, música con ruido...

Volviendo al principio, entre tanta normativa parece que se cuelan no pocos intereses, empezando por los personales. Y somos tantos y tan dispares que, si no ampliamos el prisma, anteponemos prioridades, sin tergiversar falsos y egocéntricos privilegios, difícil lo tenemos.

Esto no va solo de leyes ni de consignas ni eslóganes, sino de remar en pro de... sin andar sorteando el so pena de... Viene de antiguo.

¿No sería más acertado apelar a la responsabilidad (individual y colectiva), a la solidaridad (fraterna o empática) y buscar sintonía ante tan abultado y mudable, además de irritante e irritado, corpus pseudo-legislativo?

19 abr 2021 / 01:00
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