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Quintáns: entre aulas, libros y tertulias

EN UN LUGAR de Galicia, cerca de la villa coruñesa de Santa Comba, nació Manuel Quintáns Suárez, hace ya una jubilación cabal. La aldea en la que pasó sus primeros años, Freixeiro, dio gentes para la emigración a América y para el Seminario compostelano. Este es el caso del profesor Quintáns, que para ilustrarse y llegar a ilustre hubo de batallar primero entre latines y maitines; no tanto que llegase a consagrarse, pues pronto la emprendió con la Universidad de Santiago de Compostela...”. Aprovecho estas palabras de Almudena Quintáns y Andrés Sánchez para comenzar este breve obituario dedicado  –¡Cómo no!– a mi compañero y sin embargo amigo Manuel Quintáns, a quien conocí, allá a comienzos de los años ochenta, no en las aulas del seminario ni en las de la universidad y ni siquiera en las del Colegio Manuel Peleteiro –en las que dejó honda huella– o las del Instituto de Cee por donde ya había transitado... sino en las del recién creado Instituto de Conxo, pronto ‘Eduardo Pondal’, gracias a Dios, porque nos “freían” a llamadas destinadas al sanatorio...

En aulas muy diversas se forjó Manuel Quintáns como alumno y como “profesor Quintáns” de Lengua y Literatura españolas, aunque hubo de licenciarse en Geografía e Historia. En todo caso fue un profesor sin duda más interesado en los alumnos, en entenderlos y ayudarlos, que en cuestiones tan cambiantes como discutibles en el ámbito de la enseñanza. Fue siempre persona tolerante, moderada y de mente abierta. Su amor a Galicia fue creciendo tanto en sus trabajos como escritor (muy interesado en literatura, lengua y cultura populares ) como en el uso cotidiano del gallego).

A la hora de hablar fue más que generoso, locuaz desde luego, pues con las clases alternaba la frecuentación de tertulias en escenarios de cafés compostelanos como el Lilas, el Tío Gallo o, -–últimamente – el Lembranza. A nadie he conocido con tanto gusto por hablar como el que tenía Manuel Quintáns, creador del “monólogo” oral y también del “lírico – bailable” escrito; género, este último, breve, ligero y de compromiso sobre cualquier asunto o motivo. Muchos escribió. En sus charlas sobre esto o aquello Manuel era dúctil y hasta heterodoxo y tanto hablaba de alguna peripecia personal como del día a día municipal, de las ocurrencias de la Xunta, del fragor de lo cotidiano o del fútbol dominguero. Era un aprendiz de humanista, persona modesta al expresarse y cuidadosa y elegante en extremo en el vestir (yo sé bien quién lo ayudaba y orientaba en esto).

Pese a nacer en un país de gentes de baja estatura, Manuel hizo de la suya, privilegiada, siempre discreto y acaso a su pesar, un instrumento de seducción. Aún parece que lo veo en una conferencia que dio en la Universidad de Extremadura, cercado por numerosas damas de muy buen porte que le pedían... el texto de su conferencia, claro. Era también un notable amante de la buena mesa en la que disfrutaba de la cantidad y la calidad de los manjares, cárnicos sobre todo, con manifiesta debilidad por el buen cocido.

Muchas horas de su dilatada y fecunda vida pasó Quintáns entre libros propios o ajenos, conjugando así , equilibradamente, lo volandero de lo que se dice con lo permanente de lo que se escribe. Lengua, literatura, antropología, siempre de referencia gallega, fueron temas tratados ya en diversos libros (el último, sobre el teatro de Roberto Vidal Bolaño, publicado por el Centro Ramón Piñeiro, del que fue colaborador asiduo), ya en numerosos artículos de prensa en las páginas de El Correo Cultural, suplemento de EL CORREO GALLEGO, del que fue cofundador.

A Manuel Quintáns jamás lo recuerdo enfadado. Su vida atravesó, sin embargo, etapas y años difíciles . Tiempos de extrema dureza, de muchas carencias – de hambre y pobreza, dígase con rotundidad– y de no pocas estrecheces. No salió de ellas indemne, pero como tantos otros, se esforzó y “salió adelante”, como se decía. Solo lo quebró el rayo incesante del virus chino, que se lo llevó en breves días, entre el dolor y la sorpresa de quienes lo querían o conocían o habían sido sus alumnos, muchos cientos de alumnos que tuvo. Yo fui su amigo. Tuve esa suerte. Pero la vida es un vaso frágil que antes o después se rompe: siempre se rompe, inexorablemente. Queda –hondo y entrañable– el recuerdo de Manuel Quintáns, que vivirá en el tiempo mientras viva en nuestra memoria.

02 oct 2020 / 00:00
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