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Villancicos en el camino de Santiago

No es mi afán detenerme a contemplar ni recopilar cantos y villancicos de los caminantes a Santiago. Algunos forman parte de la tradición oral. Otros quedaron recogidos en Cancioneros. En conjunto son melodías, en diferentes lenguas, que inundan el inmenso cielo que los oyeron y llenan inmensidad de archivos.

Desde Roncesvalles, hago un alto en La Calzada y otro en Burgos. Observo que en los templos hay muestras de días de gloria y otras de incertidumbre y dudas. Observen.

En Santo Domingo de la Calzada, en la navidad de 1779, el cabildo decidió cortar por lo sano. Estaba harto y comunicó que, ya que los nuevos villancicos no convencían, se cantasen los del año pasado (ya aprobados), ordenando a su ejecutor -el maestro de capilla- que los presentase con más tiempo para poder enmendarlos si hiciera falta (17-12-1779). Así de fácil parecía.

Pero, en 1799 aún se mantenían. Se criticó su falta de decoro y lo sucedido el día de los Santos Inocentes, fecha en que los niños de coro campaban a sus anchas. Se convocó una reunión para poner fin al desaguisado y resolver lo que más convenga sobre la composición en latín o castellano (1-1-1800). Se optó por el castellano y se le indicó al maestro que compusiera con la mayor seriedad correspondiente a la santidad del templo (31-1-1800).

Incluso hubo un año que la emprendieron con el organista. Se le había pedido igual gravedad, enviándole aviso en el Ofertorio de la Misa, pero resultó multado pues en vista de este recado y despique, había seguido tocando por cinco días como un principiante (22-9-1804). ¡Ni hecho a propósito!

En la catedral de Burgos, en 1768 se hizo mudanza de villancicos en romance por responsorios en latín. Es dato significativo.

Además, se le indicó al maestro de capilla acorte los villancicos de modo que no impidan la solemnidad de los maitines que pide tan gran solemnidad (11-12-1772). Y, años después: que los maitines se echen con toda solemnidad correspondiente, sin defraudar en nada de esta parte esencial y que el tiempo que sobra hasta las 12 se haga de los villancicos que quepan (11-12-1786).

El rellenar con “los villancicos que quepan” venía motivado por la hora del inicio de los oficios nocturnos (hacia las 21 hs) y el atropello que suponía querer cantar todos los villancicos antes de comenzar la misa de medianoche. Era hacer encaje de bolillos, pretendiendo complacer a músicos, clérigos y pueblo fiel.

¿A qué se debe tanta maraña? Sucintamente a las mismas razones por las que, ya rozando el s. XIX, los villancicos, al igual que tonadillas y piezas teatrales del barroco hispano, carecían de su sentido original: servir al culto de los templos.

Las catedrales se convirtieron en auditorios de conciertos cortesanos o de representaciones tildadas, con razón, de vulgares. Las letras, pagadas a sueldo y de calidad incluso, condicionaban -para bien y para mal- la inspiración de los músicos. Más bien se intuye un matrimonio de conveniencia, en el que pueblo y cabildos se veían azuzados por exhortaciones de algunos obispos “ilustrados” y prédicas de clérigos reaccionarios, en contra de prácticas seculares.

Fr. Diego J. de Cádiz, misionero capuchino, fue uno de ellos. Tras recorrer varias ciudades, recaló en Santiago y Mondoñedo. En una carta escribió gozoso a su director: Baste decir que desde que toqué el punto de las Comedias, se acabaron del todo, se ha cerrado la casa, y han salido de Córdoba los Cómicos, dejándolo libre de ponzoña (26-1-1778).

F. J. García Fajer, maestro de capilla de Zaragoza, versado en música y liturgia, con larga trayectoria en Italia en música sacra y profana, salió al paso ofreciendo a los cabildos, hacia 1790, sus propios responsos en latín.

Seguramente el capuchino y “El Españoleto” conocieron la bula Annus qui de Benedicto XIV (1749) que afectó incluso a Mozart. Roma pedía mantener la integridad y la inteligibilidad de los textos, sin concretar cómo hacerlo. Ya en Trento se había debatido, pero nada determinado.

En la catedral de Santiago el 12-11-1796 se acordó suprimir los cantos en castellano, tras pagar: los 15 días de recreación por componer los villancicos según se acostumbra, y que para otro cabildo se trate de este asunto (14-12-1796). Entretanto llegaron las obras de G. Fajer. En 1797, éste bajo la excusa de que la variedad siempre agrada, ofreció como obsequio nueva remesa. Agradecido, el cabildo le envió una medalla del santo Apóstol (7-11-1797).

Desde aquí hubo un antes y un después. Y no fue cuestión de regalos ni reprimendas. Estaba calando un cambio estético, arraigado en ideologías -Francia y sus secuaces- y en prácticas musicales en ciernes.

Ya tardaba. Tres siglos dilatando resolver un problema, merecería hoy un clamoroso estruendo. No fue el fin, pues mutaron, dando inicio a una nueva historia, con nueva sintonía.

28 dic 2021 / 01:00
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