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Aguinaldos a la vieja usanza ante nuevas realidades

Estamos en tiempos de verbos que llevan un “re” por delante: re-avivar, re-distribuir, re-activar... Hay que re-tomar todo lo paralizado, estancado, enmudecido, etc. y re-etc.

Unos cabalgan apurando la vida, otros la re-piensan (pues algo aprenderían), mientras cada cual intenta re-conectar con la nueva realidad.

Re-uniones de amigos y familiares; re-novación de actividades sociales; re-comenzar lo que estuvo en stand by: cestas, comidas y cenas de empresas o de amigos o colegas. Y, por supuesto, re-pescar los chollazos del Black Friday y las requeté-re-bajas de la temida cuesta post-nadal.

Me pregunto por qué no retomamos la tradicional costumbre de pedir el aguinaldo a la vieja usanza.

En pueblos y aldeas, con alegría e ingenio, solía hacerse no por necesidad, sino para divertirse y meterse en el bolsillo unas monedillas o llevarse una vianda por el esfuerzo realizado. Se iba de casa en casa con versos y canciones, rimas y pareados, siempre con guasa y buena dosis de ironía y complicidad.

En las ciudades, sobre todo en las de mayor tamaño, el aguinaldo llegaba en forma de regalos o primas, primero altruistas y luego obligados. Se retribuía a empleados o personas que mostraban buena disponibilidad ante su trabajo. Pero lo que comenzó siendo voluntario y gesto de buena fe se convirtió en un derecho consolidado, un extra de navidad inexcusable.

Tengo grabado a fuego un aguinaldo navideño de mi etapa universitaria. Algunos detalles se han borrado, pero la experiencia en sí es imborrable.

Estaba comenzando el mes de noviembre cuando nos avisan que habría ensayos de canto, para todos obligado, varias horas a la semana. Comenzamos con doble sorpresa: dirigía al piano el director, maestro y docente -ya se ve que polivalente- cátedro más admirado. El repertorio nos dejó boquiabiertos. Nada de motetes, ni arias, ni coros a 4 u 8 voces. Con un mes por delante empezamos con ¡villancicos de navidad! Pensamos ingenuamente que tendrían suma dificultad, pero cuando vimos el Noche de paz, el Adeste fideles, el Hacia Belén va una burra... no dábamos crédito. ¿Ensayos formales para “eso”? ¡Si hasta un infante los conocía desde la cuna!

Ensayamos mucho e intensamente, incluido en el acueducto de la Constitución pues, vacía la facultad de otros alumnos, nuestras canoras gargantas sonaban mejor que nunca.

Llegaron los días del estreno en público, según se nos dijo en el último momento. Entonces nos revelaron el gran misterio: debíamos salir a las calles a pedir el aguinaldo mostrando a la ciudad -jerarcas y pueblo llano- que los “músicos de la universidad” no solo nos dedicábamos a empollar viejas historias de la música y biografías de compositores, sino que también -palabras que entonces había que subrayar- sabíamos y hacíamos música de la buena.

En definitiva, demostrar que la Musicología en las universidades -o Historia y Ciencias de la Música, como se llamó durante algún tiempo- no era capricho de unos cuantos, sino que, como en otros países, su función abarcaba teoría, práctica, análisis, investigación y una todavía corta pero ambiciosa lista de ámbitos inexplorados que revertían en la sociedad, a igual nivel que otros estudios universitarios.

Todo salió bien y llegamos a nuestras casas en nochebuena, ya con la mesa puesta. Al año siguiente se repitió el experimento por dos razones. La primera, pedir el aguinaldo para costear el viaje de fin de carrera. La segunda -no tan grata- porque había otro público algo reticente, lo que motivaba una nueva ronda navideña.

Hace más de dos décadas que la innecesaria y absurda rivalidad entre la musicología universitaria y la de los conservatorios no suscita debate. Incluso se complementan y caminan juntas sin enfrentamientos. Profesores, alumnos y la sociedad española, en general, lo tienen claro.

Cierto es que hay pequeñas cosas que abren puertas a nuevas realidades, aun sea con triquiñuelas, pequeños gestos y grandes sonrisas.

Ahora que lo escribo, esto me suena a algo. Y no es ninguna tonada navideña. Sí: me recuerda a lo que Cecilia en los años ’70 cantaba en Mi querida España. La letra original incluía palabras inoportunas e incluso hirientes entonces: “España muerta”, “Esta España nueva, esta España vieja”, “Esta España en dudas, esta España ciega”. Con argucia pasó la censura y aun ahora es todo un emblema.

Puede que hoy se vea pueril pedir el aguinaldo para conseguir cuatro mazapanes y un cava, pasarlo bien y reír a carcajadas. Hay otras fórmulas para lograr fines semejantes... Aunque conste que a aquella universidad con estudios musicales no le ha ido mal. Ni a la cantautora zamorana.

Con re-intentarlo o re-descubrirlo, nada se pierde. Incluso se gana: frente a gravosas cestas y cenas navideñas, sale de balde.

08 dic 2021 / 01:00
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