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JORDI ROYO I ISACH//Director clínico de Amalgama7

“Ceder o negociarlo todo con los hijos nos puede llevar a la dictadura de la negociación continuada”

{Atención terapéutica y educativa para adolescentes} El también vicepresidente del Clúster de Salud Mental de Cataluña y cofundador de la Sociedad Española para el Estudio de la Violencia Filioparental advierte del grado de tensión que muchas familias viven en el confinamiento con jóvenes conflictivos: “Los adolescentes disruptivos en confinamiento son bombas de relojería a punto de estallar”. Diseño: C. Botana

¿Cómo saber si vivimos con un adolescente con una patología o con una expresión de un déficit de estilo de educación recibida?

En muchas ocasiones el adolescente se expresa por medio de comportamientos oposicionistas y disruptivos: desmotivación escolar, extraescolar, pantallismo, inhibición de las tareas domésticas, desobediencia, irritabilidad, respuestas inapropiadas hacia los padres, conflictos con los hermanos, hábitos de orden y de higiene insuficientes, gastos inapropiados, etc.

Es en estos casos cuando, y en contexto de consulta asistencial, cuando muchas madres y padres nos preguntan: “¿Mi hijo está enfermo, o es un maleducado?”. Sin un diagnóstico especializado, la respuesta en muchas ocasiones es difícil de precisar, dado que este tipo de conductas podrían darse sin ningún tipo de patología clínica previa, o por el contrario, ser la expresión de un trastorno grave.

En todo caso, la mayoría de las veces, enfermos y maleducados precisan de ayuda especializada y sus familias, de un apoyo y asesoramiento profesional.

Los adultos que convivimos con menores y teletrabajamos estamos más estresados que nunca porque nos hemos convertido de repente en sus profesores, psicólogos, entrenadores... ¿Por qué en el colegio son más aplicados y responsables?

Es muy relevante que un chico sea en el colegio más responsable y aplicado que en casa. Este hecho se convertirá en sí mismo en un indicador de buen pronóstico; dado que informa que el adolescente es, en todo caso, un “desaplicado” y un “iresponsable” selectivo. Es decir, pone de manifiesto que : si quiere, puede.

Deberemos replantearnos como padres cuál es nuestro estilo educativo. De una forma simplificada podríamos distinguir entre cuatro estilos: sobreprotector -los padres acabarán haciendo los deberes-, permisivo -tenderán a justificar el incumplimiento de sus hijos y lo achacarán a un sinfín de situaciones-, delegativo -los progenitores parten del supuesto de que la tarea de educar no les corresponde a ellos- y corresponsabilizador -velarán para que sus hijos hagan los deberes escolares y estarán razonablemente disponibles para ofrecerles su ayuda-.

Hemos de considerar que, en muchas ocasiones, los progenitores, vivan juntos o separados, suelen adoptar estilos educativos distintos. Es decir, se convierten en padres asincrónicos. Es común, casi arquetípico, encontrarnos con un progenitor con un estilo educativo basado en el sobreproteccionismo y el otro con tendencia al delegativismo.

¿Cómo puede rebajarse el nivel de tensión en casa?

En ocasiones este objetivo es posible y en otras, no. Hay tres objetivos: El primero es reconducir la relación en el propio espacio de confinamiento familiar. Este objetivo solo es posible si se puede intervenir en un espacio exclusivo con los padres, en un espacio exclusivo con el adolescente y en un espacio conjunto padres e hijo adolescente. Es imprescindible que todas las partes cumplan los acuerdos adoptados.

Obviamente durante este tiempo de confinamiento esta tarea de mediación o de terapia familiar se realiza de una forma telemática.

Si el primer objetivo no es posible, hay que aceptar que la convivencia no es aconsejable, ya que aumentan las posibilidades de escalar el conflicto, y por tanto, de desestabilizaciones emocionales individuales y colectivas. En esta situación proponemos que el hijo adolescente viva su confinamiento en otro espacio de convivencia.

En varios casos, no ha sido posible encontrar un lugar idóneo y alternativo al familiar. Entonces, habría que recurrir a la programación del ingreso en la Escuela Terapéutica y Educativa, en modalidad de centro de día o residencial.

Luego tenemos otra cuestión: los hijos de parejas divorciadas, donde con uno de los progenitores no hacen sus tareas y luego llegan con ansiedad a la casa de quien tiene la custodia. ¿Cómo se maneja esa situación?

Desde el inicio del confinamiento, hemos atendido más de 300 solicitudes por parte de madres y padres de adolescentes. En caso de progenitores separados, en su conjunto, se agrava la situación por dos factores básicos: Por la propia posición del adolescente que suele responder con negativas de ir a la casa del progenitor que le corresponde, o de marchar de la casa del que le corresponde, en reacción, en ocasiones, a quien intenta ponerle límites.

En otras ocasiones se agrava la situación a causa del progenitor que adopta un rol mas permisivo, tolerando, en ocasiones, comportamientos inadecuados del hijo.

Ambas situaciones escalarán el conflicto y harán más difícil que se pueda resolver desde el propio ámbito convivencial.

Otra cosa: se independizan del resto de la familia, pasan mucho tiempo en su habitación al margen del mundo. ¿Es esto normal?

“El deporte en casa”, “la escuela en casa”, “el buen clima familiar”, “hay que facilitar la privacidad del hijo/a”, “hay que ser tolerante respecto del pantallismo”, “tolerancia en la inhibición de los hijos respecto a las tareas domésticas”... Estas son algunas de las recomendaciones, proclamas... que nos llegan desde diversos ámbitos y medios. Su repetición las convierte casi en verdades incontestables.

Lo cierto es que no hay ninguna evidencia científica que determine que la adopción de estas recomendaciones contribuirá al buen clima familiar y potenciar la salud mental de los miembros de la familia.

Al revés, nos podemos encontrar con un efecto contrario. Desde Amalgama7 constatamos que muchos padres -especialmente madres- se sienten confusos. Incluso con sentimientos de ser “malos padres”. Muchos de ellos expresan su supuesta “ineptitud educativa”, dado que no alcanzan el “buen clima” familiar desde el intento de llevar a la práctica estas recomendaciones.

Y es que ser, simultáneamente, la madre, la maestra, la psicóloga, la profesora de Educación Física, el ama de casa, la cocinera y la criada, no es nada fácil, si además asociamos que muchos padres y madres -los que pueden- continúan trabajando desde casa.

En aquellas familias, en que los hijos adolescentes adoptan roles más oposicionistas y disfuncionales, los padres tienden a ceder ante los incumplimientos. Lo hacen con el objetivo de conseguir “un buen clima familiar”.

Desenchufar a los hijos adolescentes de unos hábitos de ocio paralizante que habrán adquirido o aumentado durante el tiempo de confinamiento y bajo una cierta permisividad de los padres será, simplemente, más difícil.

¿Y qué me dice de los que se cansan de la comida habitual y piden nuevos platos? ¡Eso es tener mucha cara, Jordi!

En efecto, algunos conflictos relacionales se producen por motivos como: dificultades de convivencia en los espacios comunes, conflictos y retrasos en las horas de las comidas, negativas o malas contestaciones en relación con el menú preparado, tendencia a querer comer alimentos diferentes a los dispuestos o en otros espacios de la casa o en otras horas del día, etc.

La cuestión esencial es: ¿debemos tolerar lo intolerable? ¿El amor es una garantía, un salvoconducto, una vacuna, un antídoto para el maltrato? ¿Una madre y un padre, en nombre del amor, lo tienen que tolerar todo, incluso que el hijo adolescente los maltrate?

En ocasiones, cuando se produce este maltrato, y en nombre del amor, los padres lo toleran e incluso, en muchos casos, lo justifican, es entonces cuando consideramos que la relación entre padres e hijo/a ha enfermado y por lo tanto hay criterios de violencia filio-parental.

Antes no podían salir de casa, y ahora que pueden... ¡no quieren!

Esta situación es muy alarmante, no debemos ignorarla. Antes del confinamiento a causa del covid-19, ya se daba, en muchos casos, la situación de adolescentes que no querían salir de su habitación online. Probablemente, algunos de los que no quieren salir ahora son los mismos, pero otros quizá también han aprendido a sentirse cómodos en esta reclusión evasionista.

Recientemente ha sido tipificada un síndrome asociado al uso abusivo, en muchos casos adictivo, de las nuevas tecnologias, se la conoce como Síndrome Hikikomori. Este trastorno no sólo afecta a los adolescentes japoneses, sino también a los europeos y a los españoles. En Amalgama7, hemos ingresado hasta ahora a cuatro adolescentes (tres chicos y una chica), que cumplían criterios de este síndrome.

Mundo ficticio

“Ceder o negociarlo todo, nos puede conducir a la dictadura de la negociación continuada. No podemos ceder o negociar ante la negativa de no querer hacer los deberes escolares, o a la inhibición de las tareas domésticas, o simplemente al maltrato. Hay madres y padres que en nombre del amor tienden a querer proteger a los hijos de cualquier adversidad. Esto posibilita que el adolescente se instale en un mundo ficticio y paralelo a la realidad”.

21 may 2020 / 00:45
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