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TRIBUNA LIBRE

Albano Afonso: más allá de la presencia corporal

Piezas conceptuales y estimulantes del artista Albano Afonso en la Fundación DIDAC - FOTO: Gallego
Piezas conceptuales y estimulantes del artista Albano Afonso en la Fundación DIDAC - FOTO: Gallego

FÁTIMA OTERO // HISTORIADORA Y CRÍTICA DE ARTE   | 09.06.2019 
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Todo buen arte activa los sentimientos y evoca sugerentes recuerdos. Entre mayo y junio tenemos ocasión de visitar dos escenarios, uno sacro, la Iglesia de la Universidad, y otro profano, la Fundación Didac. Ambos comparten la exposición Vivir nun mundo abstracto", del reconocido artista brasileño Albano Afonso. El escenario sacro ha sido acertadísimo a la hora de intensificar más el gran significado emocional de una obra con connotaciones religiosas y espirituales contenidas en muchos de los juegos visuales a los que el brasileño nos tiene acostumbrados.

Las obras de Albano Afonso (São Paulo, 1964) se presentan con rasgos etéreos, pero desde luego no insustanciales. Si el sagrado paño de la Verónica dejó impreso milagrosamente el Santo Rostro, así quedan atrapadas en ligeras telas que cuelgan del techo palabras relacionadas con la epifanía. Son banderolas que exhiben sutilmente términos sagrados: manifestación, revelación, aparición, presentación o sus respectivos indefinición, imprecisión, disimulación.

Estos últimos penden como contrapunto a modo de pendón, como telas desvaías, en caída celeste evocada por medio de constelaciones en forma de círculos multicolores desplegados ad infinitum. La terminología mística sumada a un modelo expositivo en el que los paneles se antojan vitrales góticos o la instalación de vanitas contemporáneas torna más espiritual la propuesta expositiva, acrecentado por los efectos de luces, reflejos y destellos que estilizan el contenido a mera ilusión altamente reveladora.

El brasileño también aborda el retrato, un género que lejos de agotarse se funge como herramienta idónea a la hora de analizar las circunstancias humanas, los aspectos del entorno que rodean a todo ser. En sus fotografías el cuerpo pierde la masa fisiológica para ser sustancia energética destituida del factor temporal. Su torso deviene luz en la serie Estudio, 2019 Convertido en partículas que explotan y se multiplican infinitamente en el espacio. Recuerda así las desintegraciones atómicas dalinianas, los juegos de luz de Moholy-Nagy o los experimentos con flashes por parte del artista delante de un espejo. También se sirve de cañones de luz sobres superficies traslúcidas, cuyo resultado remite a lejanas iconografías como la conversión de San Pablo. La imagen resultante se desliza desde lo real hacia lo virtual.

Esas capturas ambientales desactivan cualquier noción de corporalidad. Porque el cuerpo se metamorfosea en luz, miríadas de estrellas o fragmentadas presencias que desplazan manidas capturas psicológicas, en beneficio de un deseo de liberar la imagen física de cualquier parecido con la versión real. El resultado es todo menos evidente ya que se adivina como juego puramente imaginativo, conseguido con celofanes o capas de colores superpuestos. A través de luces, planos y contrastes de colores los autorretratos pasan de la mera denotación al ámbito de connotación. Con ello el espectador se abre a la ensoñación de mundos alternativos, con la posibilidad de construir otros modos de vida. El arte como la vida es soñar, como demostraron artistas como Kandinsky o la experiencia simbolista. El artista desobedece las reglas del retrato y acentúa el factor del azar y el juego de la creación artística. El grupo de esculturas en bronce, se torna más figurativo, aunque la figuración no es una finalidad en su trabajo. En la serie de Naturalezas Muertas de 2016 presentadas como fragmentos corporales, manos en bronce o cráneos que recuerdan las célebres calaveras de Damien Hirst o las lámparas maravillosas de cristales de Olafur Elliasson. También sus formas pendulares giran en torno a problemas físicos y ópticos, generando visiones hermosas y excitantes de la luz sobre las sombras oscuras de la pared. Manos al aire, que en el contexto religioso pueden sonar a promesas de salvación o condena, ya que la muerte es lo único que existe verdaderamente desde que empieza la vida. Esta instalación nos enfrenta a la condición de seres vulnerables a la muerte, pero lejos de presentarse como fin, lo hace como luz, se presta a desplegarse en miles de realidades invitándonos a ver lo imperceptible y el placer a través del arte. Así cualquier elemento pulula y baila cual danza de la muerte enajenado, bajo el peso de las circunstancias. En todo caso, se presentan como instalaciones ambiguas, como koan visuales que trascienden el sentido literal del objeto.

El intento de atrapar lo impalpable, de recrear lo que está más allá de la vista, y en definitiva, a vivir de forma fantástica es lo que nos propone Albano Afonso. En esta muestra no vemos completada ninguna imagen. Sutilmente, como un acto de fe, la sentimos como presencia, y desde luego, no es de extrañar que detrás de esta propuesta esté la labor curatorial de David Barro, un valioso pionero en la introducción del arte portugués y brasileño en Galicia.