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Georges Bernanos: una historia de dolor, desamparo y miseria

La primera mitad del pasado siglo XX contempla la entrada (analizada por Gaëtan Picon, notable historiador de la literatura gala) de una relevante generación de escritores destacados sobre todo en el terreno de la novela: François Mauriac, Jules Romains, Georges Duhamel, R. Martin du Gard, André Maurois, Georges Bernanos y los posteriores exponentes del existencialismo (Sartre, Camus) se sitúan en un largo período de entreguerras que recoge la herencia de Zola y Flaubert, que representa la eclosión de las vanguardias, pero también de un tipo de novela de factura tradicional que bebe aún del naturalismo y la narrativa psicológica; de la novela – río, del absurdo y la tragedia, del pensamiento cristiano y los textos de cuidada forma y estilo. Es, en suma, una etapa que mira más bien al pasado y de escritores valorados como clásicos. Uno de ellos, Georges Bernanos, integrante de la generación que surge entre 1920 y 1930 con acusadas inquietudes éticas (y, en su caso, de ascendencia española), indagador en lo sobrenatural, en la búsqueda de Dios, en la dualidad del Bien y el Mal o en el misterio de la existencia, es actualidad por la reedición en español de su novela Mouchette (Ed. Periférica, 2022), en traducción de M. Copé y publicada en 1937. Se trata de una modélica novela de personaje situada en un terrible escenario rural de un primitivismo desolador; con una naturaleza de bíblica violencia, feroz y desatada, y una técnica narrativa poco o nada innovadora, heredada de fines del siglo XIX y una historia en la que convergen tierra –ser humano en un brutal choque y que está regida con eficacia por el clásico narrador único, omnisciente.

Mouchette es un texto narrativo desgarrador e impactante, un “tranche de vie” (fragmento de vida) que sigue la huella de una mísera campesina entre adolescente y mujer, inmersa en un infierno familiar de maltrato, abandono, hambre y frío y pobreza, degradación y muerte. El narrador sigue, cercano y tenaz, a su “mosquita” protagonista, de agónico y turbador psiquismo y perfiles cercanos a la locura; criatura de conducta desequilibrada, por momentos lindante con la condición animal; una resistente (burlada y castigada por una sórdida y violenta comunidad, abocada a un trágico destino y víctima del dolor y la humillación ante los que defiende, sin embargo, el acoso de su insoportable existencia.

Otros personajes de áspera y elemental humanidad y una escenografía agresivamente aldeana, hosca y sombría, recargan la asfixiante atmósfera, las negras tintas de esta desoladora novela en cuya trama indaga el narrador, que nos comunica lo cerrado de un degradado microcosmos en el que la vida es una condena y la muerte una redención liberadora. La prosa se reviste de una fría dureza expresiva que es poco o nada comunicativa, acaso un torpe remedo verbal sobrepujado por una tronante voz narrativa que nos conduce por las abruptas zonas internas y externas de conductas, sucesos y personajes. Lejos estamos de los planteamientos espiritualistas del autor del Diario de un cura rural (1937), el gran logro narrativo de Bernanos, o de las interrogantes de alcance metafísico; y muy cerca, por contra de algunos residuos naturalistas, de la caída del ser humano, de la impronta crítico – ética. Hay, sí, misterio y tentativa y ataduras telúricas y búsquedas fracasadas. Y mucha, muchísima miseria. Eran malos tiempos –tiempos de guerras– en la vieja Europa y también en Francia. Y de nuestra Guerra Civil (1936–1939) que Bernanos trató en Los grandes cementerios bajo la luna (1938) cuando tenía lugar.

01 jul 2022 / 00:00
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