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Lorca

Uno de los personajes más interesantes del siglo XX fue, sin duda, Federico García Lorca. Su personalidad, su forma de ver las cosas, su exquisita sensibilidad, atrajeron a lo largo de su vida a todos los grandes creadores que se cruzaron con él. Y con los no tan notables. Pienso en los paisanos de la Vega granadina, donde su padre tenía una finca donde se cultivaba tabaco y remolacha. Les exhortaba a que apretaran sus ásperas manos con las suyas. Santificarían, con su nobleza, las del poeta. Conectaría pronto con gigantes de la ciudad de la Alhambra, como Manuel de Falla, con el que acabaría colaborando en proyectos comunes y en propuestas que venían de lejos, como cuando los dos pusieron en marcha la primera representación en España de la Historia del soldado de Igor Stravinsky. O con la familia Rosales, en cuya casa acabaría siendo detenido para pasar sus últimos días de forma abyecta. En la Universidad fue amparado por el socialista primigenio Fernando de los Ríos, quien, entre otras cosas, facilitó su paso a Madrid y, concretamente, a la Residencia de Estudiantes de Alberto Jiménez Fraud, un hervidero universal de cerebros privilegiados, por donde pasaron especímenes como Einstein, H. G. Wells, Wanda Landowska, Chesterton, Le Corbusier o Madame Curie. Y en donde conocería a Salvador Dalí y a Luis Buñuel...

LA MUERTE. Acaba de aparecer un libro que es, fundamentalmente, tres cosas: asombroso, hermosísimo y necesario. Lo firma Carlos Mayoral, colaborador en Cultura de El Español o en Jot Down, está publicado en Espasa y se llama Yo no maté a Federico. Un volumen que parte de una propuesta que le hace el editor José Anchorena y que se nos aclara al principio: “Conozco la historia del hombre que mató a Lorca y creo que eres el más indicado para contarla”... Hasta ahora, lo que sabíamos sobre ese asunto era más bien vago. Nos relataron la orden de aquél ignominioso botarate que se llamaba Queipo de Llano y que consistiría en un escueto “Que le den café”. Pues bien. Aquí se cuenta, en clave de libro de no ficción, una historia interesantísima la mar de recomendable. Se nos habla, ante todo, de un capitán, José María Nestares, que había servido en África a la órdenes directas de Franco, que se sublevó en Granada, que fue allí delegado de Orden Público, que se encargó de la espeluznante represión en la zona, y que fue el encargado de poner en marcha el centro de detención llamado La Colonia de Víznar, donde Lorca pasó sus últimas horas. Y se nos habla, también, de Germán Monteverde, a quien Federico enseñó a tocar el piano. Y más, mucho más. Absolutamente genial, amigos...

28 mar 2022 / 01:00
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