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Luz de otoño, en las palabras de Miguel Carlos Vidal

En estos días de pesadumbre con el silencio señoreando las calles, llega a mis manos un libro de poemas editado con gusto y sensibilidad, con el escueto título de Poesía (1956-2018), (Santiago de Compostela, Ed. Follas Novas, 2020), de Miguel Carlos Vidal, a quien leía yo en la revista Aturuxo, de la que él era codirector. Me la prestaba Isidro Conde Botas, colaborador de la misma. El libro me devolvió a mis ayeres juveniles en los que aquella celebrada publicación ferrolana me abría a horizontes poéticos que deslumbraban a un aprendiz del gay trinar.

El epígrafe que encabeza este artículo bien puede servirnos como resumen de una poética del tiempo ido, que solo es ya evocación y recuerdo. El libro del que nos ocupamos es de una rara belleza, y de un exquisito virtuosismo. Hay una constante voluntad de estilo en el tratamiento del poema y una continua búsqueda de perfección. A veces descubrimos que el exceso formal enfría la emoción que subyace en el texto. Es poesía muy elaborada a pesar de su aparente y engañosa sencillez. No puedo obviar la factura del libro, cuya impecable y cuidada edición convierten a la obra en su mismidad material en un hermoso volumen.

Un elemento esencial de estos poemas es el misterio. Ese desdibujado ocultamiento de una realidad que se va perfilando en sus límites y materializando en una figuración de la memoria, iluminada por la luz de la palabra que conforma el ámbito donde los recuerdos son vivencias íntimas y secretas, arcanos con los que se vive y que se entregan al lector en forma de poema, pero lejanos a todo exceso sentimental. Son instantes eternos que resplandecen con el temblor de lo rememorado, luces que parpadean en los atardeceres del presente.

El poeta, celoso de su experiencia sentimental y ya en la atemporalidad del recuerdo, guarece el tema en la distancia significante del poema, abriendo lindes protectoras –la frialdad formal– en las que al lector se le permite contemplar una belleza que nos acerca a lo íntimo de la vivencia poética: un Yo lírico prisionero en lo más hondo y verdadero de la casa habitada por la memoria.

Miguel Carlos Vidal construye un espacio cerrado, un hortus conclusus donde habita un pasado iluminado por el recuerdo , inundado por la materialidad de realidades precisas que configuran la casa: el salón, la ventana, el jardín y las pequeñas cosas como las fotos, las porcelanas, las flores y las rosas ocupando el aire en su espacialidad. El poeta rememora la estancia familiar, iluminada por el sol de las palabras y la belleza que hermosea las figuras de un paisaje indeleble que se recrea en la memoria insomne que no se agosta con el quebrarse de los días. Y el sol como símbolo vital para iluminar los recuerdos de una infancia donde la luz perdura en el pasillo del tiempo y la casa levantada sigue abierta como refugio entre el silencio y las flores.

Juego de espejos, emoción fluctuante entre pasado y presente, entre evocación y nostalgia. Memoria y palabra se unen en este universo íntimo de instantes que iluminan la vida de recuerdos. Un libro secreto, escrito en el jardín de la melancolía, para leer en cualquier tiempo.

24 feb 2021 / 01:00
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