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Ni con vientos ni truenos

Hace ya treinta años daba por terminado, o aparcado entonces, un estudio académico de esos que dejan huella. Algunos adivinarán de qué trabajo se trata y a quién fueron dedicados tantos esfuerzos: a la vida y andanzas de un músico italiano, arribado en Santiago en 1770. Tras él, e incluso antes y en su misma travesía, vinieron otros de su misma lengua y aquí, en Compostela, se formó una verdadera colonia de extranjeros.

Ese músico era Buono Chiodi, nacido en 1728 en Salò (Brescia), municipio conocido en casi todo el orbe desde hace unos cien años por haber nombrado ciudadano honorario a Mussolini, detalle que algunos no le perdonan pese a ser cuna y centro de otros muchos episodios bastante más excelsos.

Para mí es la tierra de Chiodi, el lugar en el que nació y, según parece, se formó. Tierra de músicos y poetas, llena de encanto, con un clima privilegiado que propicia que sea visitada en invierno y en verano. Pocos se resisten a la belleza del Lago de Garda que la bordea.

Tengo que admitir que cada vez que vuelvo a ver las partituras originales de Chiodi comprendo su genio y también la incomprensión que a veces genera. A mí misma se me olvida que escribía a vuela pluma, de corrido, o incluso omitiendo aquello que, por prisas o como fruto de su carácter, consideraba accesorio.

Era, o eso da a entender, tan bohemio y desordenado que casi todos sus papeles aparecen con tachaduras y caóticamente presentados, tanto si se trata de largas misas como de pequeños cánticos.

Uno de estos últimos es un «Veni Creator» que no deja de darme sorpresas. Creía (y otros también lo hicieron antes) que no estaba fechado. Nada raro pues el salodiano, no dado en pararse en minucias, no frecuentaba datar sus obras. Es una información que, en este caso, es errónea: fue compuesto -o al menos escrito- en 1773. Así está indicado, con su inconfundible grafía, en uno de sus papeles: en la particella del «tenore».

Reparé en esa obra por ser la única pieza conocida de Chiodi realizada para solo cuatro voces, a capella, sin intervención de ningún instrumento, algo que choca con el resto de su producción y con la gestión que llevó a cabo en la catedral: una labor fundamentalmente centrada en la profunda remodelación de toda la paleta orquestal.

Su texto es el de un himno latino, probablemente realizado a comienzos del s. IX por el teólogo germano, monje benedictino y luego arzobispo de Maguncia, S. Rabano Mauro. Se reza o canta en ocasiones en las que se quiere invocar la ayuda del Espíritu Santo, ya sea en actos académicos o en ceremonias religiosas. Hoy es todavía frecuente escucharlo en algunos centros en el inicio de los cursos universitarios y, más, en las ordenaciones de presbíteros y profesiones monásticas.

Más lejana de esta invocación al Espíritu divino se halla otra que, en la mente de Gustav Mahler (Bohemia 1860-Viena 1911) pretende ser una llamada al espíritu humano.

Son abundantes los datos conservados sobre este compositor, gracias a sus amigos (y enemigos, que también los tuvo) y, sobre todo, a su mujer Alma Schindler, de quien estuvo fuertemente enamorado. Ella se encargó de editar sus cartas, pese a que con Mahler (y otros amantes) tuvo que renunciar a desarrollar del todo sus habilidades artísticas.

En 1906, en apenas dos semanas, el austríaco realizó una composición de imponentes dimensiones: la Octava Sinfonía, mal llamada “Sinfonía de los mil”.

Es una obra engañosa, pues aun siendo una pieza sinfónica, solo tiene dos movimientos. Además, es totalmente cantada, de principio a fin en los casi 80 minutos que dura. Se basa en dos textos completamente diversos en materia y dimensiones. El primero es una adaptación de la secuencia de la víspera de Pentecostés -el «Veni, Sancte Spiritus»- y el segundo, una versión del Fausto de Goethe.

Tan asombrado estaba Mahler al terminarla que escribió a un amigo: Es lo más considerable que he hecho hasta ahora. Su contenido y su forma son tales que no puedo describírselos. Imagine usted el universo entero vibrando y resonando. No se trata ya de voces humanas, sino de planetas y de soles en plena rotación.

El Veni Creator de Chiodi no se interpreta, quizás por ser una menudencia para cuatro voces. La Octava de Mahler tampoco por sus grandes dimensiones, pues requiere ocho solistas, dos coros mixtos y uno de niños, flautines y flautas, oboes y cornos ingleses, clarinetes y requintos, fagots y contrafagot, trompas, trompetas, trombones y tubas, timbales, platillos, bombo, gong, triángulo, campanas tubulares, órgano, piano, armonio, celesta, arpas y mandolinas.

Dos invocaciones al Espíritu que permanecen casi mudas, justo cuando soplan vientos, truenos y tempestades y ya hay revoltura.

Quizás tengamos los bautizados que coger la Biblia y leer el capítulo segundo de los Hechos de los Apóstoles. O reconocer que ni siquiera cumplimos lo que decimos: ni nos acordamos de Santa Bárbara -menos del Espíritu Santo- cuando truena.

23 jun 2022 / 01:00
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