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Literatura y soledad en tres etapas del camino

Valentina Martínez Ferro / Diputada del PP por A Coruña, secretaria Internacional del PP y Portavoz de Relaciones Exteriores en el Congreso de los Diputados

Decía Steiner que a Europa la definen cinco axiomas: los cafés, una tierra caminable a escala humana, las calles y plazas con nombres de artistas, escritores, científicos o políticos del pasado, la doble herencia de Atenas y Jerusalén, y finalmente, nuestra aprensión al último capítulo, el miedo de Europa a su propio fin.

Hoy vivimos tiempos recios, turbulentos y banales en los que lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer, en donde la necesidad de soledad de los hombres y mujeres modernos es más urgente que nunca. La del camino, quienes lo hemos recorrido lo sabemos, es una soledad muy especial. Una soledad contemplativa y al mismo tiempo activa, no sólo por lo que tiene de desafío personal sino también por las propias consecuencias de esta decisión individual. Es la suma de soledades y propósitos personales lo que ha contribuido a configurar nuestra compleja y rica identidad europea.

La soledad del camino comienza en las sendas escarpadas de Roncesvalles donde, si se afina el oído, aún resuena el eco del destino trágico de Roland. También allí descansa otro héroe de tiempos medievales, el rey Sancho. Literatura, historia y vida van llenando de sentido los pasos decididos a Santiago.

Al bajar a los campos de Castilla ya no acompaña el cantar de gesta sino la poesía sobria, sabia y contenida de Machado alumbrando esa inmensa extensión solitaria que es, al mismo tiempo, árida y luminosa. Atraviesas plazas de hombres ilustres que albergan ermitas y capillas románicas, en demasiadas ocasiones cerradas, como testigos mudos y perennes de una cultura y del afán de eternidad que la configuró. Hombres y mujeres que supieron ir más allá -ultreia- sólo con la fuerza del espíritu que les movía.

Quizás por ello, más de mil años después, los reconocemos en silencio como fundamento de lo que somos mientras nos invade a gritos la cultura de lo inmediato, de lo efímero y de lo fugaz, incapaces de levantar nada sólido que nos eleve.

Hoy, que desde las instituciones europeas se debate sobre el futuro de Europa, tendríamos que comenzar por buscar sillares firmes, piedras angulares, en las que sostenernos y que nos permitan construir pensando en las próximas generaciones. Como hicieron los padres fundadores de la Unión Europea.

Es en ese andar solitario hacia Santiago, enraizados en Atenas y Jerusalén, donde podemos experimentar la novedad de lo tantas veces visto, cómo se siente al enfilar el último tramo de llegada oteando la Catedral.

Sea Santiago el mejor, que no el último, café de Europa y compartamos en torno a él las mejores reflexiones e ideas que eviten que el fuste de la humanidad continúe torciéndose.

24 jul 2021 / 19:41
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