Opinión | { OPINIÓN }
Llámeme “Madame le Sénateur, s’il vous plaît”
A DÍA DE HOY, en Francia, todavía hay mujeres de la política que optan por el tratamiento en masculino para referirse a su cargo por considerarlo más prestigioso. Es el caso de Pascale Gruny del partido de Macrón, Les Republicains. En su página oficial del Senado aparece como senador en vez de senadora, como ya lo autorizó la Academia francesa en 2018. El “senador” Gruny es la redactora del proyecto de ley aprobado en el Senado francés el 30 de octubre de 2023 que prohíbe la escritura inclusiva con el fin de “proteger la lengua francesa”. El texto extiende la veda a los prospectos, actos jurídicos, contratos de trabajo y otros documentos; en la enseñanza y textos oficiales ya se prohibió en 2021.
Aunque es improbable que el proyecto de ley pase a la Asamblea Nacional para su aprobación definitiva, la iniciativa del Senado francés ha desatado una melé en la que líderes políticos, diputados y diputadas, feministas, lingüistas, historiadores, derecha e izquierda se pelean por el francés.
Y por encima de la melé, el presidente de la República, Emmanuel Macron, que ese mismo día había inaugurado la Ciudad Internacional de la lengua francesa con un discurso engolado y lleno de desdén hacia la escritura inclusiva.
Macron se erigió en adalid de la unidad y pureza de una lengua que aseguró hablan 320 millones de personas en el mundo, y dijo: “No hay que ceder a las modas del momento. En esta lengua el masculino hace el neutro, no necesitamos añadir puntos o guiones en medio de las palabras”. La frase más señalada de su discurso parece apuntar a la joven generación, la que se ha subido al carro del lenguaje inclusivo.
O sea, según Macron, nada de “feminizar” sustantivos tipo diputado-a, porque si en Francia queda algo de sagrado eso es: la lengua. Desde la preescolar (significativamente llamada escuela maternal ) hasta el famoso Bac, sésamo para acceder a la universidad, el aprendizaje para dominar el idioma es asignatura capital.
No tocar a la gramática ni a la sintaxis, eso propugnó el presidente Macron, pues vale. Pero choca que en Francia no sea raro oír “l´écrivain” (el escritor) o “l´auteur” (el autor) refiriéndose a una mujer, y que los derechos humanos sean “les droits de l’Homme” (los derechos del Hombre). Los y las partidarias del lenguaje inclusivo cuestionan la regla por la que el masculino prevalece sobre el femenino y propugnan la concordancia de proximidad, por ejemplo “el senador o la senadora elegida”. Argumentan que la norma actual es una convención y que no fue siempre así en francés.
Y aquí no hay problemas de legibilidad sino de exclusión del femenino, Monsieur le Président.
No es por azar si Macron pronunció su discurso en el castillo de Villers-Cotterêts. Fue allí donde Francisco I firmó en 1539 la ordenanza por la que el latín dejó de ser la lengua oficial administrativa en favor del francés. Una decisión política que menguó el poder de la Iglesia y aupó el francés al lugar que hoy conocemos en detrimento de las otras lenguas de Francia. A lo largo de los siglos fue tomando préstamos del italiano, español, inglés, árabe, hebreo entre otras, y modelada por el uso.
Y así sigue siendo. Los hablantes modifican la lengua y deciden, el poder político también. Una pugna de la que no sabemos todavía quién saldrá vencedor, qué versión del francés será la del futuro.
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