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CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

Portugal luso, Galicia ilusa

25.05.2007 
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La noticia no sería tan amarga si la inversión hubiese emigrado a un país del tercer o cuarto mundo. En ese caso, nos tranquilizaría la explicación de que la empresa fue en busca de mano de obra esclava y de una tolerancia total para sus fechorías contaminantes. Diríamos entonces, con razón, que Galicia no debe competir con territorios donde los derechos laborales no existen, ni existe tampoco respeto por el medioambiente. No habría que sentir ninguna pena por la pérdida de ese proyecto.

Sin salir de nuestro mundo, esta emigración empresarial podría explicarse si el Gobierno anfitrión perteneciese a la derecha o al ultraliberalismo. Ya se sabe que el modelo de desarrollo de esta gente es menos escrupuloso con la ecología, y por lo tanto es lógico que ampare una industria que la izquierda rechaza. La decisión de descartar el proyecto sería discutible, pero no se le podría negar coherencia política.

El problema es que la piscifactoría que no se hizo en Muxía, no va a Madagascar, ni a Angola, ni a Guinea, ni se instala en territorios con menos requisitos medioambientales, ni lo aplaude un presidente derechista. El presidente es socialista, la legalidad europea que protege la naturaleza es la misma que rige en Galicia y el lugar beneficiado está ahí al lado, en Portugal. Así pues, toda la línea argumental seguida para vetar la famosa planta de rodaballo en Touriñán se desmorona. No hay razones ecológicas, ni laborales, ni ­europeas, y ni tan siquiera vale esa penúltima trinchera ideológica, porque es un Gobierno la mar de socialista el que ayer firmó, con toda la pompa, el acuerdo definitivo con la multinacional gallega.

Esa era la penúltima argumentación, porque la última podría haberse basado en el origen foráneo del inversor, y la consiguiente sospecha de que sólo pretendía establecer aquí un enclave para llevarse lejos los dividendos. Resulta que el capital es autóctono y la galleguidad de la empresa tiene más antigüedad que la del Gobierno que se opuso a la inversión. Cuando la autonomía aun era todavía un sueño lejano, Pescanova ya era una realidad.

La noticia de que los ministros vecinos acaban de ratificar el proyecto es amarga. En sus declaraciones, los gobernantes lusos proclaman que esos ciento cuarenta millones de la granja marina fueron internacionalmente muy disputados. Desde luego Galicia no participó para nada en esa disputa. Para sorpresa de los que pelearon por la inversión, las autoridades galaicas hicieron esfuerzos para perderla, como si el suyo fuese un próspero Estado alemán, y no una comunidad que lucha por evitar el descenso. La amargura está justificada.

Y aumenta al comprobar como aquí determinados sectores consideran sospechosa la defensa de un proyecto empresarial que a un paso de la frontera se recibe con entusiasmo. En esos círculos existe una curiosa mentalidad que desconfía por principio de cualquier inversión. Sus componentes ven tramas ocultas en el apoyo a Pescanova, cuando, puestos a desconfiar, podría pensarse que los detractores de la granja del rodaballo querían favorecer al Gobierno portugués o a las empresas rivales.

El Portugal luso le acaba de dar una lección a la Galicia ilusa. La cultura política portuguesa se basa en el realismo, la izquierda de allá sabe que un país excéntrico como el suyo no puede despreciar inversiones por puro capricho. La cultura política de aquí olvida muchas veces lo que somos y dónde estamos. De haberlo recordado, la foto de ayer sería completamente distinta.