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Tarde sádica de Toros

El picador destroza con la puya los músculos trapecio, espinoso, los serratos y los transversales del cuello. Las banderillas seccionan vasos sanguíneos y nervios //A partir del ‘rigor mortis’, los toros son conservados en cámaras frigoríficas para que las carnes pierdan rigidez. El sector factura 1.500 millones/año y emplea a 70.000 personas

TEXTO: ROBERTO QUMATA FOTOS: FERNANDO BLANCO  | 31.08.2008 
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Enrique Ponce entró bajo palio y salió a hombros por matar toros de lidia que regaron la arena de sangre.

La plaza, puesta en pie, grita con rabia. Es un bramido arrogante de siete mil racionales, un torbellino de furia y coraje que saluda el supremo momento de la muerte ¿Ira, rencor, odio contra el toro zaíno que vomita sangre y deja su rastro en el albero del coso pontevedrés?
La arena dorada absorbe las arcadas de Palomero hasta formar una amalgama parecida al chapapote. Al chapapote rojo del Prestige.

Un profesor de Filología Hispánica comparte con el periodista asiento en el tendido 6. Muchos años antes, en las dehesas de Salamanca, compartimos meses de mili y de pasión estética por los berrendos y los bragados, por los cárdenos y los burracos, por los sardos y los boquirrubios, toros nobles, toros de lidia.

Viene del patio de cuadrillas. “Cada vez que oigo el cascabeleo de las mulillas me hierve la sangre”. Se acerca el momento de la tortura. Son las siete de la tarde. Plaza de Toros de Pontevedra, Fiestas de la Peregrina. Los bichos de Victorino Martín aguardan estresados en el corredor de la muerte. Palomero sale por la puerta de toriles como un huracán. “¡Qué estampa, qué animal tan hermoso!”.

 El picador, a caballo, ensarta la garrocha en el hoyo de las agujas. Suenan los clarines. La cuadrilla del balear José Antonio Ferrera se encarga de rebajarle los humos al morlaco. Los banderilleros clavan tres pares de arpones, corren y se parapetan en los burladeros. Palomero sangra por el morrillo, por los bajos, por la cruz y el cuello, por la espalda. “¡Ya no trago la saliva! Dios ¿qué pasa por tu cabeza, torito?”. Oles, oles y venga oleeees.

El chapapote rojo del ‘Prestige’

“¿Qué te han hecho, animaliño? No ves cómo le falta el aire. ¿Por qué lo hacéis correr? ¡Bestias, hijos de... !”. ¿Qué culpan tendrán las madres de que sus hijos, toreros, picadores y monosabios, hayan elegido una profesión errática y licenciosa?

 La faena de aliño es más cruel que los destellos de la espada. Corre la sangre en el anillo. Y las lágrimas: los filólogos también lloran. Ferrera, torpe, pincha cuatro veces en hueso. El sable cruje. Los genitales de Palomero, 530 kilos, ya no oscilan. Adiós, bravura, adiós. “¡Verdugos, asesinoooos!”¿Fiesta nacional o anomalía moral?

Ala cuarta va la vencida, el estoque entra hasta la bola. Pasos vacilantes del toro, se rinde, se cae. Acaban de atravesarle el hígado, la pleura, los pulmones... En el caso de Palomero, a juzgar por los chorros de sangre que despide por la nariz y la boca, Ferrera le ha yugulado la gran arteria con una espada de doble filo y de 80 centímetros. Porque los toros tienen memoria, Palomero busca la puerta de chiqueros, quizás la única salida que le devuelva a la libertad de la dehesa.
  
El momento es de una intensidad indescriptible, la sangre lo tiñe todo, la arena, de rojo; la barrera, de rojo; los tendidos de rojo; las peñas taurinas, de rojo. El rojo ahoga el blanco y azul de una diminuta bandera gallega en el palco de la autoridad gubernativa.
   
El puñal del godo, que no es otra cosa que un verduguillo, penetra y desgarra la cervid del animal. Ciertamente parecido al garrote vil puesto que el tornillo del collar aplasta el bulbo y rompe a cervical con corte medular.
 
En marzo de 1974, la última víctima del garrote vil fue el anarquista catalán Salvador Puig An­tich, en la cárcel Modelo de Barcelona. La pena de muerte estuvo vigente en España hasta 1978.
 El último estertor de Palomero queda extinguido por una ovación incomprensible que saluda su muerte entre horribles espasmos. Está muerto. Le han robado la vida a quien corría confiado y gallardo en la persecución de una franela. Murió por jugar con el trapo del engaño.

La carne de los toros lidiados en Pontevedra es vendida en exclusiva por Supermercados Moldes

“No es verdad la lucha entre la inteligencia del hombre y la bravura del animal. Son siete hombres armados contra un toro, la mayor parte de las veces un pacífico y manso rumiante que no quiere luchar. Le engañan con el capote. Fíjate en la suerte de matar: cuando el toro está reventado y se acerca a la tablas para recostarse contra ellas, el torero tiende la muleta en el suelo con una mano y con la otra le clava el estoque en la espalda”.

Las mulillas se lo llevan por los pitones camino del desolladero. Los areneros borran apresuradamente los rastros de sangre. Las gaviotas, que sobrevuelan el gran muladar de la plaza de toros de Pontevedra, huelen la sangre, pero en modo alguno podrán acercarse a un volcán que regurgita pasiones. Abajo, en el coso taurino, a la sombra o al sol, la Fiesta Nacional no se mide por la capacidad de compasión.

Y si esta es la Fiesta Nacional, ¿acaso no convendría exigir por ley mayor destreza a los verdugos de Estado a la hora de manejar varas, arpones y espadas? Para ocupar el puesto de verdugo, lo más sensato sería no matar más, sino matar mejor.
   
En tal caso, lo recomendable sería seguir el ejemplo del más famoso verdugo de Inglaterra, James Berry que mejoró la técnica del ahorcamiento hasta el punto de ahorrar al condenado una larga agonía por asfixia. Por cierto, el arrepentido Berry, tras oficiar un centenar de ejecuciones, predicó entusiásticamente la abolición de la pena de muerte.

El segundo de la tarde se llama Melancólico, lo torea el madrileño Miguel Abellán. En apenas cuatro minutos, la puya y las banderillas convierten al toro en una piltrafa. Suenan las palmas y la música, ésta a campanillas del Viático.

De siete mil almas, ¿no habrá una samaritana en la plaza, un médico sin fronteras, un misionero de Burkina Faso de vacaciones, un delegado de Amnistía Internacional, un espontáneo que salte a la arena para gritar con todas sus fuerzas: ¡Paren esto, por favor, curen a Melancólico!

Verónicas, redondos, naturales, pases de pecho, molinetes... bueno ¿y qué? ¿Para qué tanto desplante? ¿Y por qué tanta arrogancia de Abellán? La hemorragia de Meláncolico es incontenible, por tanto su tortura y muerte no puede considerarse un espectáculo cultural y artístico.

Los helicópteros del 061 no valen, pero si Bush, que es el hombre más poderoso de la Tierra, ordenase el aterrizaje de un Super-Cobra (guerras del Vietnam y del Irak) y evacuase a Melancólico del coso pontevedrés para coagular su sangre, aún podría expiar sus pecados. (Petición cursada en una emisora de radio por un colombiano antitaurino que, pese a sus escasas simpatías por el presidente de EEUU, estaría dispuesto estrecharle la mano de salvar la vida del animal).

Abellán es un pésimo espadachín. Tres intentos para matar. Al filólogo se le sube la sangre. “Tengo presión en las sienes, me siento mal”. El verduguillo termina con Melancólico.
El tercero de la tarde, Bosilero, le toca en suerte al colombiano Luis Bolívar. El matador y su cuadrilla, siete hombres inteligentes contra un bicho testarudo que embiste y empitona a la franela por más que lo pinchen y desgarren.

Bolívar manda, para y templa. Es un señor torero, lástima que tenga que matar. La plaza se derrite en tanto duran los pases, los desplantes y la admiración que reclama para sí. Pero si tú vas a matar, ¿qué admiración puedes demandar?
   
Unesco, 1980: “La tauromaquia es el malhadado y venal arte de torturar y matar animales en público (...) Traumatiza a los niños y a los adultos sensibles. Agrava el estado de los neurópatas atraídos por esos espectáculos. Desnaturaliza la relación entre el hombre y el animal (...) Constituye un desafío a la moral, la educación, la ciencia, la cultura ...”.

El toro salvaje era un fijo en los coliseos de la Roma Imperial

Bolívar entra a matar cuatro veces. Una carnicería. La cal de los anillos de la plaza es blanca, pero no inocente. Aquí no se salva ni el sobrero.

Son las ocho de la tarde. En 65 minutos, los tres matadores del cartel han despachado a tres “alimañas”, según el folleto que patrocina el “Excelentí­simo Ayuntamiento”. A esa hora, hay grupos que dan cuenta de los bocadillos traí­dos en la nevera de playa. Hay estómago para ello. También en el cine aumenta el consumo de palomitas si la película es de terror.

Sale brioso Escuinglo, 585 kilos, el cuarto de la tarde que le toca en suerte a Ferrera. El verdugo se refresca el gaznate, se lava las manos, se seca el sudor. Trata de seguir la liturgia de un cirujano, pero sin guantes.

Aplausos y música, otra vez las campanillas del viático, pasodobles fúnebres. Pero ¿no se cansan? ¿Tres no son suficientes muertos? El carnicero municipal, que­ es un especialista en la mecanización de la muerte, ¿no merece, acaso, más aplausos que un torero? Pero el torero tiene arte, es el enfrentamiento entre el hombre y la fiera, que viene a ser el argumento relamido de los defensores de este pan y circo. También matan, arguyen, los millonarios en los safaris de África. Sí­, hay gente pudiente que se paga el viaje a Tanzania y mata animales salvajes en el Serengeti, pero a los toreros, por lo mismo: por matar, les pagan.

Ferrera clava el estoque hasta la bola en el primer intento. Flamean los pañuelos. El filólogo rechazó el que le habí­an ofrecido al traspasar la puerta del coliseo. No podrá enjugar sus lágrimas de impotencia. La presidencia concede una oreja que un individuo vestido de alguacil le lleva a Ferrera como expresión de reconocimiento necrofágico. ¿Para qué: para conservar en alcohol?

Jaqueton, 622 kilos, es el quinto de la tarde. Al ras del albero, la cornamenta impresiona, pero este toro medio castaño no tiene malas pulgas, si acaso el escozor de los arponcillos de la divisa clavados en su lomo. ¿Cómo demostrar las patadas que recibe en los testículos para estimular su fiereza antes de saltar al ruedo? El toro se despista y el torero se cabrea. Ramón Pedras, el caballista, clava la garrocha.
   
Abellán se lo lleva al tendido cuatro marcando paquete. ¡Pero muchacho, si con un leve roce del astado puede dejarte sin próstata para toda la vida! La cuadrilla mantiene ocultos la espada, las banderillas, el verduguillo y la puntilla. El público no ve lo que no quiere ver.
   
No se dio el caso en la corrida de Pontevedra, pero la puntilla es un puñal de 10 centí­metros y doble filo que entra y hurga en la nuca del animal. Destrozadas las vértebras cervicales atlas y axis se produce la parálisis de los músculos respiratorios. El toro boquea desesperadamente tratando de llevar aire a sus pulmones y muere por asfixia.

‘Jaqueton’ es manso y está cansado, resignado y viejo. Tal vez proceda de una dehesa cacereña de la tercera edad. Embiste poco, pero noblemente. No trastea. Parece una ví­ctima civil de la Georgia envuelta en guerra y que asoma en la portada de El Mundo pidiendo clemencia.
Los toros de hoy son los cristianos de Roma pero con los papeles cambiados. Basta con repasar los Anales de Tácito. Los cristianos eran conducidos al coliseo para ser devorados por las fieras ante el pasmo del público, que los historiadores llaman ‘populacho’.

Picasso es interpretado de diversas formas por los taurófobos. El sufrimiento del toro no es asumido por las sociedades avanzadas

Y luego aparecen documentados los genocidios de animales durante la etapa imperial de Pompeyo, Tito o Trajano. Pompeyo organizó unos juegos a base de matar a 20 elefantes y 600 leones. Tito dispuso unas fiestas para consagrar el anfiteatro de Flavio mediante el sacrificio de 9.000 fieras en cien dí­as. Ya en el año 107, Trajano celebró el triunfo sobre Dacia con la muerte de 11.000 animales.

 El Claudio el dios y su esposa Mesalina, Robert Graves da cuenta de que “en Roma habí­a un excitante espectáculo, alternativa a las habituales cacerí­as de leones y de leopardos. Se llevaba a cabo con toros salvajes (...) La muchedumbre llegó a preferir estas corridas de toros a otros espectáculos, salvo la lucha a espada”.

El picador destroza con la puya los músculos trapecio, espinoso, romboideo, los serratos y los transversales del cuello de Jaqueton. Por tales boquetes mana sangre a borbotones y sobre los mismos quedan enganchadas las banderillas que terminan el trabajo de seccionar nervios y vasos sanguíneos. Abellán ensarta hasta la empuñadura. Oreja.

Cicerón se preguntaba ¿qué placer puede representar para una persona ver cómo un hombre débil es despedazado por una fiera o cómo un hermoso animal es atravesado por una jabalina?
El sexto y último se llama Embustero, 550 kilos. Bolí­var le corta las dos orejas. Sale a hombros por la puerta grande que, salpicado de sangre, viene a ser un honor repugnante.
   
El torero de Cali es realmente un grandí­simo diestro en la destreza –que no arte– de citar y burlar al toro, pero en nada parecido a sus antepasados romanos que, sin necesidad de matar, daban un salto mortal en el aire y aterrizaban a lomos del animal.

Brama la plaza y bufa Melancólico, que tiene la mirada perdida. El estoque de Bolivar interrumpe brutalmente el último de sus pensamientos. Los ayudantes del colombiano le citan con sus capas en cí­rculo para que la espada desgarre todavía más sus órganos. Cae y muere. Otra vez la música, o sea, los lúgubres tañidos de la campana de la Peregrina tan tardí­os como el barroco tardío de su espadaña.
   
El filólogo amigo , desencajado, logra balbucir: “Los torturan, los matan y, encima, les comen los huevos. ¡Hay que joderse!”.


“La carne es roja, fibrosa y sabrosa”, y las criadillas estimulan la virilidad del hombre

La carne de los toros de lidia de la divisa de don Victorino Martín es “roja, fibrosa y sabrosa” según las dependientas de Supermercados Moldes, que venden en exclusiva las canales de las corridas de la Fiesta de la Peregrina. “A la plancha requiere más elaboración. La carne, que ya está reservada, tiene precios que van desde los 6,98 euros para filetes, 14,98 chuletas, 4 para la carne de estofar y 27 euros para el solomillo”. El rabo y las criadillas, que son los testículos del animal, gozan de una notable tradición culinaria en Galicia.
   
En regiones españolas de raigambre taurina se cree que las criadillas, por su poder afrodisíaco, estimulan la virilidad del hombre.
    
Los toros de lidia comen más yerba que pienso y eso, según los degustadores, garantiza un mejor sabor. La carne oscura, de intenso color rojo, es más firme y más seca. Por lo general, el defectuoso sangrado de la canal en el desolladero que principia en la lidia facilita la retención de agua, lo que a su vez dificulta su conservación.
   
A partir del rigor mortis, los toros son conservados en cámaras frigoríficas con el fin de que sus carnes pierdan rigidez.
   
El desolladero que se ocupa del ganado muerto en la Plaza de Pontevedra dispone de dispositivo de lavado y eliminación de vísceras, de una trócola para suspender y descuartizar la res y, entre otros sistemas higiénicos, de un esterilizador para cuchillos y sierras.
    
Hasta que se produjo el mal de las vacas locas, el sacrificio de reses de lidia rozó las 30.000 unidades, lo que supone el 1,4% de los bovinos sacrificados en España. El sector taurino factura unos 1.500 millones de euros al año y da empleo a 70.000 personas.


Juan Carlos Illera: “El toro de lidia padece dolor, pero tiene la gran capacidad de superarlo”

Crecen los detractores de la Fiesta Nacional por más que la jerga taurina haya reunido desde el siglo XVIII a brillantes escritores, cegados por la pasión, la sangre y la muerte. De hecho, la crónica taurina es, con este cóctel de elementos, uno de los mas brillantes subgéneros literarios. De la apología de sus plumas vive la Fiesta Nacional.
   
Pero en el tercer Milenio, la nobleza castellana ya no torea a caballo, ni los maletillas –por necesidad– saltan a la arena para reclamar una oportunidad que supone pasar del hambre al exceso. Ya no caben esos guiones de folletín. Ahora, las sensibilidades son diferentes. La barbarie no es aceptada fácilmente aunque se la disfrace de argumentos maniqueos: hombre versus animal. La terrible inferioridad del toro en la arena, en un hábitat hostil, supone la primera de las humillaciones antes de morir. Juan Carlos Illera, director del Departamento de Fisiología Animal de la Complutense, asegura que el toro castigado por las varas y las banderillas “no tiene sensación de dolor. Como consecuencia de su depuración genética es un animal único. Tiene el tálamo más desarrollado que un toro manso. Su estuctura testicular, cerebral y adrenal son diferentes. Al no tener recuerdo del dolor vuelve a la embestida por su carácter dominante. El toro de lidia padece dolor, pero tiene la gran capacidad de superarlo. Posiblemente en un 90%”.
   
Los taurófobos desprecian las opiniones de este veterinario, pero la cuestión medular no radica en el más/menos sufrimiento del animal, sino de las imágenes de sadismo que transmiten los matarifes con sus aceros, no recomendadas, cuando menos, para menores de 18 años.