El Correo Gallego

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a bordo

Una gestión gaseosa

CARLOS LUIS RODRÍGUEZ   | 05.04.2008 
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Ni los sindicatos, ni los partidos, ni la federación de cofradías, nadie ha salido en defensa de Bernardo Bastida. El largo antroido que protagoniza el personaje llega a su fin, se caen todos los disfraces y queda al natural, como lo que es, un gestor poco escrupuloso y un demagogo redomado, experto en utilizar causas nobles.

Sin embargo, esta soledad del patrón mayor ferrolano contrasta con la devoción que algunos le tenían hace poco. Cuando BB enarbola la lucha contra Reganosa y decide ocupar la ría, no faltan políticos, sindicalistas y activistas que ven en él un héroe. Cuando visita la cárcel de Teixeiro y se declara preso político, se oye un coro de voces que piden su libertad, como si fuera un Nelson Mandela departamental y blanco.

Una parte de la izquierda gestual lo mitifica, sin pararse a examinar su historial, no siempre relacionado con el gas o el marisqueo. Es igual. El caso es contar con un líder social que agite y desafíe a los poderes públicos. Bastida viene como anillo al dedo a quienes se habían quedado huérfanos de referencias movilizadoras.

Curiosamente en las luchas contra la planta de Mugardos coinciden dos hombres que representan dos concepciones muy diferentes del compromiso. De un lado, el que se disfraza para disimular, entre otras cosas, una gestión muy deficiente en la Cofradía; de otro, alguien como Carmelo Teixeiro, que en paz descanse, que se implica en las acciones con el mismo espíritu que había guiado su larga militancia en el socialismo ferrolano. El impostor y el luchador sano que causa admiración, se esté o no de acuerdo con lo que defiende.

Total, que la pregunta es por qué todas las siglas y personas que ahora admiten que la intervención de la Xunta en el pósito es correcta, no denunciaron antes a Bernardo Bastida. Algunos lo hacían en voz baja, admitían en conversaciones reservadas que el patrón estaba utilizando la oposición a Reganosa para tapar sus faltas. Públicamente, sostenían la misma pancarta.

La moraleja de todo esto no es muy alentadora. En el mundo de hoy, es fácil que alguien como Bastida se envuelva en una bandera reivindicativa, provoque incidentes en una ría, traiga en jaque a la administración y embauque a siglas solventes. Le basta con ser audaz. Es suficiente con que asocie las críticas dirigidas a su persona, con un ataque a las reivindicaciones que de forma oportunista está defendiendo.

Es lo que sigue haciendo al considerar la medida de la Xunta como una rastrera represalia por su actitud inconformista. Pretende hacernos creer que la intervención no se debe a la situación de las cuentas de la Cofradía, sino al carácter revolucionario de su patrón. De nuevo se considerará un preso político, aunque no es previsible que Amnistía Internacional pique.

Hay otra consideración amarga que va más allá de la persona, para adentrarse en el funcionamiento de este tipo de organismos. Qué fácil es también que un clan de tipos avispados se haga con el control y los maneje a su antojo, sin que los afiliados rechisten. Hay una dinámica en determinadas organizaciones que hace que la verdadera democracia se pisotee, dejando en su lugar una aristocracia picaresca.

Lo más gratificante del episodio es que se haya roto esa ley del silencio que había en torno al controvertido patrón. Los ingenuos caen de la burra y ya no ven en Bastida al héroe de la lucha gasera, sino alguien que hizo de la Cofradía una cosa parecida al patio de su casa, que es particular.