Martes 09.02.2010
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Actualizado 10.14
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Como estamos en crisis y esas cosas, a buen seguro muchos lumbreras de la economía sostenible pondrán a parir a nuestros siempre estimados munícipes por la decisión que han tomado este año de gastarse unos jugosos dineritos en realizar un buen despliegue de bombillas navideñas, estrellitas intermitentes, campanorrias, bolas multicolores más gordas que las del caballo de Espartero y toda la pesca. Se trata, en suma, de que Compostela no luzca tan sosaina en Navidad como el año pasado y que tanto vecinos como turistas puedan disfrutar de algún atractivo más que de los ridículos pingüinos con leds que algún miembro o miembra del Concello se empeñó en poner para denunciar el cambio climático.
Sí, algunos somos unos horteras sin remedio, unos frikis desnortados y unos carcas pasados de moda que disfrutamos a lo grande con la llegada de la Navidad y viendo esas películas americanas en las que sale Nueva York llena de patinadores, coros de villancicos y limusinas circulando bajo la nieve con los asientos trasero llenos de paquetes. Y también con las ciudades que se plagan de belenes callejeros, de puestos de castañas, de mercadillos y de grupos improvisados que, envueltos en bufandas, entonan cánticos navideños en plena calle sin sentir vergüenza alguna. Todo es consumismo, fachada y dispendio, es verdad, y además la realidad nunca es tan dulce como la pintan las películas yanquilandias y los pedagógicos cuentos de Dickens, pero es necesario combatir de alguna forma, aunque sea plagando de luces todo el cosmos, a quienes se han empeñado en restar cada vez más fuerza a las celebraciones navideñas mediante la invocación de conceptos tales como el laicismo o el respeto intercultural.
Recordemos, por ejemplo, que en los últimos años ha habido directores de colegios muy progres que han impedido montar belenes en sus centros para no herir susceptibilidades entre los niños que profesan una fe distinta a la cristiana, como si con seis, siete o diez años algún churumbel supiese de qué van las vainas y las neuras religiosas de los adultos. Y recordemos también que tal actitud fue acogida con indisimulado júbilo por quienes sólo tienden a respetar las tradiciones ajenas.
Estas Navidades mucha gente seguirá muriendo de hambre e infinidad de personas estarán más solas que la una, como en verano o en primavera, y ese drama no lo evitaremos dejando la ciudad casi a oscuras o cargándonos ciertas tradiciones con muchos siglos de antigüedad, como pretenden ciertos modelnos de todo a cien. Si lográsemos algo con dicha actitud, muchísimos no dudaríamos ni un segundo en mandar el belén, el arbolito, las luces y las campanas a tomar viento. Palabra de zambombero jubilado.